jueves, 10 de enero de 2013

Un pedazo de madera

-Siéntese, joven -dijo el Funcionario.
    -Gracias. -El joven se sentó.
    -Me han llegado rumores sobre usted -dijo, afable, el Funcionario-. Bueno, poca cosa. Su nerviosismo. Que no se siente bien. Me hablaron de usted hace meses, y pensé en llamarlo. Pensé que tal vez le gustaría cambiar de trabajo. ¿Qué le parece ir al extranjero y trabajar en alguna otra Zona de Guerra? ¿El trabajo lo aburre, le gustaría meterse en la vieja lucha?
    -No creo -dijo el joven sargento.
    -¿Qué quiere?
    El sargento se encogió de hombros y se miró las manos. -Vivir en paz. Descubrir que de alguna manera, durante la noche, las armas del mundo se han oxidado, que las bacterias se han vuelto estériles dentro de esas envolturas que parecen bombas, que los tanques se han hundido como monstruos prehistóricos en carreteras que de pronto no son más que fosos de alquitrán. Eso quisiera.
    -Eso es lo que todos quisiéramos, desde luego -dijo el Funcionario-. Ahora déjese de toda esa cháchara idealista y dígame adónde quiere que lo manden. Puede escoger entre la Zona de Guerra Occidental o la Nórdica. -El Funcionario golpeó con el dedo un mapa rosa que tenía sobre el escritorio.
    Pero el sargento hablaba con sus propias manos, haciéndolas girar y mirándose los dedos: -¿Qué harían ustedes, los oficiales, qué haríamos nosotros, los hombres, que haría el mundo si mañana, al despertar, encontrásemos que por arte de magia todas las armas se han averiado?
    El Funcionario vio que tenía que ser cauteloso con el sargento. Sonrió con calma. -Una pregunta interesante. Me gusta hablar de esa clase de teorías, y mi respuesta es que se desataría un pánico general. Cada nación se creería la única nación desarmada del mundo, y culparía a las demás por el desastre. Habría olas de suicidios, caídas de acciones, un millón de tragedias.
    -Pero después -dijo el sargento-, después que comprobasen que era cierto, que todas las naciones estaban desarmadas y que no había nada más que temer, que estábamos todos limpios para volver a empezar, ¿qué pasaría entonces?
    -Volverían a armarse con la mayor rapidez posible.
    -¿Y si se pudiera impedir ese rearme?
    -Entonces, si la situación llegase a ese límite, se golpearían con los puños. En las fronteras nacionales se reunirían inmenso ejércitos de hombres con guantes de boxeo erizados de púas de acero. Y si les quitaran los guantes utilizarían las uñas y los pies. Y si les quitaran las piernas se escupirían unos a otros. Y si les cortaran la lengua y les taponaran la boca con corchos llenarían la atmósfera de tanto odio que los mosquitos se desplomarían y los pájaros caerían muertos desde los cables de teléfono.
    -Entonces ¿usted cree que no serviría para nada? -dijo el sargento.
    -Claro que no. Sería como arrancarle el caparazón a una tortuga. La civilización, boquiabierta, moriría del susto.
    El joven meneó la cabeza. -¿No se estará mintiendo usted, y mintiéndome a mí porque tiene un trabajo agradable y cómodo?
    -Digamos que hay un noventa por ciento de cinismo y un diez por ciento de afán de raciocinio. Guarde su Óxido y olvídese.
    El sargento levantó la cabeza.
    -¿Cómo se enteró usted de que lo tengo? -dijo.
    -¿Que tiene qué?
    -El Óxido, por supuesto.
    -¿De qué está hablando?
    -Yo puedo hacerlo, ¿sabe? Si quisiera podría emplear el Óxido esta misma noche.
    El Funcionario se echó a reír.
    -No lo dice en serio.
    -Sí, lo digo. Quería venir a hablar con usted. Me alegro de que me haya llamado. He trabajado mucho tiempo en este invento, que ha sido uno de mis sueños. Tiene que ver con la estructura de ciertos átomos. Si usted los estudia, descubre que la disposición de los átomos en un blindaje de acero es tal y tal. Yo buscaba un factor de desequilibrio. Usted sabe, me especialicé en física y en metalurgia. Se me ocurrió que hay en el aire, y todo el tiempo, un factor Óxido. Vapor de agua. Tenía que encontrar la manera de provocar un <<colapso nervioso>> en el acero. Luego utilizaría el vapor de agua de todo el mundo. No sobre todo el acero, por supuesto. Nuestra civilización está construida sobre acero, y no me gustaría destruir la mayoría de los edificios. Yo sólo eliminaría las armas de fuego y los proyectiles, los tanques, los aviones, los buques de guerra. Si fuese necesario, también puedo hacer que la máquina actúe sobre el cobre y el bronce y el aluminio. Con sólo acercarme y pasar al lado de esas armas, las eliminaría.
    El Funcionario se había inclinado sobre el escritorio y miraba al sargento: -¿Puedo hacerle una pregunta?
    -Sí.
    -¿Pensó alguna vez que era Cristo?
    -No lo puedo asegurar. Pero he pensado que Dios tuvo conmigo la bondad de permitirme encontrar lo que andaba buscando, si se refiere a eso.
    El Funcionario metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una lapicera cara, con tapa de cápsula de rifle. Blandió la lapicera y escribió en un formulario.
    -Quiero que le lleve esto al doctor Matthews esta misma tarde para que le haga un examen médico completo. No es que yo espere descubrir algo realmente malo, entiéndame. Pero ¿no siente que debería ver a un médico?
    -Usted piensa que lo de mi máquina es una mentira -dijo el sargento-. No es así. Es tan pequeña que se la puede esconder en este paquete de cigarrillos. El efecto se extiende hasta mil quinientos kilómetros. Podría recorrer este país en unos pocos días con la máquina puesta para cierto tipo de acero. Las demás naciones no podrían aprovecharse de nosotros porque les oxidaría las armas a medida que se acercasen. Luego yo viajaría a Europa. Dentro de un mes, el mundo se vería libre de guerras para siempre. No sé cómo encontré este invento. Es imposible. Tan imposible como la bomba atómica. He esperado todo un mes, tratando de reflexionar. Me preocupaba lo que sucedería si yo le quitaba el caparazón, como dice usted. Pero ya me he decidido. Mi conversación con usted ha ayudado a clarificar las cosas. Nadie pensó que un aeroplano volaría alguna vez, nadie pensó que una bomba atómica explotaría alguna vez, nadie piensa que alguna vez habrá Paz, pero la habrá.
    -Por favor llévele ese formulario al doctor Matthews -dijo el Funcionario, impaciente.
    El sargento se levantó. -Entonces ¿no me va a destinar a ninguna Zona nueva?
    -No, no por el momento. He cambiado de idea. Dejaremos que Matthews decida.
    -Entonces decidiré yo -dijo el joven-. Me voy de la Guarnición en los próximos minutos. Tengo un pase. Gracias por dedicarme su valioso tiempo, señor.
    -Vamos, sargento, no se tome las cosas tan en serio. No tiene que irse. Nadie le va a hacer daño.
    -Es cierto. Porque nadie me creería. Adiós, señor. -El sargento abrió la puerta de la oficina y salió.
    La puerta se cerró y el Funcionario se quedó solo. Estuvo un momento mirando la puerta. Suspiró. Se restregó la cara con las manos. Sonó el teléfono. Lo atendió distraído.
    -Ah, hola, doctor. Iba a llamarlo. -Una pausa.- Sí, iba a mandárselo. Dígame, ¿ese joven está en condiciones de andar por ahí suelto? ¿Está en condiciones? Si lo dice usted, doctor. Quizá necesite un descanso, un descanso largo y reparador. El pobre tiene un delirio muy interesante. Sí, sí. Es una lástima. Pero supongo que eso es lo que puede hacerle a uno una guerra de dieciséis años.
    La voz del teléfono respondió con un zumbido.
    El Funcionario escuchó y asintió. -Tomaré nota. Un segundo. -Buscó la lapicera. -Espere un momento. Siempre extravío las cosas. -Se palmeó el bolsillo. -Tenía aquí la pluma hace un momento. Espere. -Apoyó el teléfono y buscó sobre el escritorio y dentro de los cajones. Volvió a revisar el bolsillo de la camisa. Se detuvo. Las manos se le crisparon entrando de nuevo, muy despacio, en el bolsillo. Metió el pulgar y el índice hasta el fondo y sacó una pizca de algo.
    Lo esparció sobre el papel secante del escritorio: un poco de polvo de óxido amarillo rojizo.
    Se quedó mirándolo un momento. Luego levantó el teléfono. -Matthews -dijo-, corte, rápido. -Se oyó un chasquido y el Funcionario discó otro número. -¡Hola, cuartel de la guardia, escuche, en cualquier momento un hombre va a pasar por ahí, usted lo conoce, se llama sargento Hollis, deténgalo, dispárele, mátelo si es necesario, no haga preguntas, mate al hijo de perra, me oyó, habla el Funcionario! ¡Sí, mátelo, ya sabe!
    -Pero, señor -dijo una voz azorada del otro lado de la línea-. No puedo, sencillamente no puedo...
    -¿Qué es eso de que no puede?
    -Porque... -La voz se apagó. Se oía la respiración del guardia en el teléfono a un kilómetro de distancia.
    El funcionario sacudió el tubo. -¡Escuche, escuche bien, prepare su arma!
    -No puedo disparar a nadie -dijo el guardia.
    El Funcionario se desplomó en la silla. Se quedó medio minuto parpadeando, boquiabierto.
    En ese instante allá afuera -no necesitaba mirar, no hacía falta que se lo dijesen- los hangares se desplomaban en suaves nubes de óxido rojo, y los aviones se disipaban en corrientes de aire de color óxido pardo, y los tanques se hundían, se hundían muy despacio en las ardientes carreteras asfaltadas, como dinosaurios (¿no era eso lo que había dicho el hombre?) que se entierran en primordiales fosos de alquitrán. Los camiones se dispersaban en bocanadas de humo ocre, dejando caer al suelo a los conductores: por las carreteras ahora sólo corrían las ruedas.
    -Señor... -dijo el guardia, que veía todo eso, muy lejos-. Dios mío...
    -¡Escuche, escuche! -gritó el Funcionario-. Persígalo, deténgalo, estrangúlelo con las manos, golpéelo con los puños, use los pies, rómpale las costillas, mátelo a patadas, haga algo, pero detenga a ese hombre. ¡Salgo ahora mismo! -Colgó el teléfono.
    Por instinto abrió el cajón inferior del escritorio para sacar su pistola reglamentaria. Un montón de óxido pardo llenaba la funda nueva de cuero. Soltó un juramento y de un salto se puso de pie.
    Mientras salía de la oficina agarró una silla. La madera, pensó. Vieja y anticuada madera, viejo y anticuado arce. Arrojó la silla dos veces contra la pared, y la silla se rompió. Luego recogió una de las patas, la empuñó con fuerza, el rostro encendido, resoplando por la nariz, la boca abierta. Se golpeó la palma de la mano con la pata de la silla, probándola. -¡Muy bien, maldito sea! ¡Allá vamos! -gritó.
    Salió como un ciclón, aullando, dando un portazo.


                                                                                                                 Ray Bradbury

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