martes, 22 de enero de 2013

Un habitante de Carcosa

Existen, pues, diferentes clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en tanto que en otras desaparece completamente a la vez que el alma. Esto no sucede, por lo general, más que en soledad (tal es la voluntad de Dios) y, no habiendo asistido nadie a ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es cabalmente verdad. Pero a veces, la cosa se produce en presencia de varios, cuyo testimonio viene a ser la prueba. Hay una clase de muerte en que el alma muere también, y aún se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchísimos años. Y a veces (poseemos pruebas irrefutables), el alma muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se convirtió en polvo.


Meditando estas palabras de Hali (¡Dios le conceda el descanso eterno!), y preguntándome cuál sería su sentido pleno (como aquel que posee ciertos indicios, pero se pregunta si la verdad no será algo distinta de lo que él ha discernido), no presté la menor atención al paraje donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un soplo glacial que me hizo tomar conciencia del escenario en que me hallaba. Observé con estupor que nada me resultaba familiar. A mi alrededor se extendía una inmensa llanura desierta, barrida por el viento, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa de otoño, mensajera de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, veía unas rocas que emergían del suelo con formas extrañas y fúnebres colores; parecían estar en connivencia y cambiar miradas significativas y ansiosas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola confabulación de silencio y espera. A pesar de la ausencia del sol, me pareció que la tarde debía de estar muy avanzada. El aire era frío y húmedo, pero lo sabía por intuición más que de manera física, puesto que no experimentaba la menor sensación de molestia. Por encima de toda la extensión del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas, suspendidas como una maldición visible. En todo se leía una amenaza y un presagio que sugerían el crimen y anunciaban el juicio. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento gemía en las ramas desnudas de los árboles muertos; la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento turbaba la calma terrible de ese siniestro lugar.
    Observé en la yerba cierto número de piedras erosionadas por la intemperie que, evidentemente, habían sido trabajadas por herramientas. Rotas, cubiertas de musgo, medio hundidas en la tierra, yacían totalmente caídas en el suelo o se inclinaban en ángulos diversos. Sin duda alguna, eran piedras funerarias, pero las tumbas propiamente dichas no existían ya. No se veían túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más macizos marcaban el sitio donde un sepulcro pomposo o un monumento soberbio habían lanzado al olvido su desafío irrisorio. Estos vestigios de la vanidad humana, esos monumentos conmemorativos de piedad y de afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar, incluso, me daba una impresión de descuido y de abandono tal, que no pude por menos de pensar que había descubierto el cementerio de una raza de hombres prehistóricos, de una nación cuyo nombre incluso había desaparecido hacía muchísimos siglos.
    Sumido en estos pensamientos permanecí un momento sin prestar atención al encadenamiento de mis propias aventuras, pero no tardé en preguntarme: <<¿Cómo he venido aquí?>> Un instante de reflexión bastó para proporcionarme la respuesta, así como para explicarme, aunque ello me inquietase aún más el carácter extrañamente sobrenatural con que mi imaginación había revestido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Ahora recordaba que había sufrido un ataque de fiebre repentina, que los míos me habían contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire libre y libertad, y cómo me habían mantenido en la cama a la fuerza para impedir de huyese de casa. A la sazón, habiendo escapado a la vigilancia de quienes me cuidaban, había vagado hasta aquí para ir... ¿para ir adónde? No tenía ni idea. Sin duda alguna me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa. En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana: no se veía ascender ninguna hebra de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo humano socorro? Todo eso, todo sin excepción, ¿no sería una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mi mujer y a mis hijos en voz alta, tendí mis manos hacia las suyas, caminando entre las piedras deshechas y la yerba marchita.
    Un ruido, tras de mí, me hizo volver la cabeza. Era un animal salvaje, un lince, que se me acercaba. Me vino un pensamiento: <<Si caigo aquí, en este desierto, si la fiebre vuelve y las fuerzas me abandonan, esta bestia me destrozará la garganta>>. Salté hacia el lince, gritando. Él, por su parte, pasó a un palmo de mí, con su trote pacífico, y desapareció tras una roca. Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de tierra un poco más allá. Coronaba la pendiente más alejada de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura que se extendía hasta el infinito. Enseguida vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Medio desnudo, medio vestido con pieles de animales, tenía los cabellos en desorden y una larga barba erizada. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante que esparcía un largo penacho de humo. Caminaba lentamente, con precaución, como si temiera caer en una fosa abierta, oculta por la yerba alta. Esta extraña aparición me provocó una gran sorpresa, pero no terror. Me dirigí hacia él y le abordé diciéndole:
    -¡Que Dios te guarde!
    No me prestó atención, y continuó su camino.
    -Buen extranjero -proseguí yo-, estoy enfermo y he perdido mi camino. ¿Tendrías la bondad de indicarme la dirección de Carcosa?
    El hombre entonó una melopea bárbara en lengua desconocida, siguió caminando, y desapareció. Sobre la rama de un árbol podrido un búho lanzó un aullido siniestro y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de un brusco desgarrón de nubes, ¡Aldebarán y las Híadas! Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y sin embargo, yo veía en torno mío, veía incluso las estrellas en ausencia de toda oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía hacerme ver ni entender. ¿Qué espantoso sortilegio presidía mi existencia?
    Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Persuadido de mi locura buscaba, no obstante, un motivo para dudar de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
    La gruesa raíz del árbol gigante contra el que cual me apoyaba, estaba abrazada y oprimía una losa de granito que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. La piedra, aunque muy deteriorada, se encontraba de esta suerte al abrigo de las inclemencias del tiempo. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada y hollada por unos surcos profundos. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Esta piedra había señalado, indudablemente, una sepultura que el árbol había empujado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida. Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramitas acumuladas sobre la losa. Distinguí entonces los caracteres, cincelados en bajorrelieve, de su inscripción, y me incliné a leerla. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre, con todas las letras! ¡La fecha de mi nacimiento! ¡Y la fecha de mi muerte!
    Un rayo horizontal de luz sonrosada iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!
    Un coro de lobos aullantes saludó la aurora. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos o en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias la extensión desértica que se habría ante mis ojos y se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.

Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.


                                                                                                                  Ambrose Bierce

No hay comentarios:

Publicar un comentario