domingo, 23 de diciembre de 2012

La religión tradicional de Judá


Los libros de los Reyes son explícitos en su descripción de la apostasía que tantas desgracias trajo al reino de Judá. El informe sobre el reino de Roboán lo expone con un pormenor característico:

Los de Judá hicieron lo que el SEÑOR reprueba. Provocaron sus celos, más que sus antepasados, con todos los pecados que cometieron; construyeron ermitas en los altozanos, erigieron cipos y estelas en las colinas elevadas y bajo los árboles frondosos; hubo incluso prostitución sagrada en el país; imitaron todos los ritos abominables de las naciones que el SEÑOR había expulsado ante los israelitas. (1 Reyes 14:22-24).

De la misma manera, en tiempos del rey Acaz, unos doscientos años más tarde, la naturaleza de los pecados parece ser sustancialmente idéntica. Acaz fue un infame apóstata que siguió los pasos de los reyes de Israel y hasta sacrificó en la hoguera a su hijo (2 Reyes 16:2-4).
    Los biblistas han demostrado que no se trata de prácticas paganas arbitrariamente aisladas, sino que forman parte de un conjunto de ritos destinados a atraer los poderes celestes en favor de la fertilidad y el bienestar de las personas y el país. En su forma externa, se parecían a las prácticas de los pueblos vecinos dirigidas a honrar y obtener las bendiciones de otros dioses. De hecho, los hallazgos arqueológicos de figurillas de barro cocido, altares para quemar incienso, recipientes para libaciones y estrados para ofrendas que aparecen por todo Judá dan a entender, simplemente, que la práctica religiosa era muy variada, estaba geográficamente descentralizada y, sin duda, no se reducía al culto exclusivo a YHWH en el Templo de Jerusalén.
    De hecho, en el caso de Judá, con su burocracia estatal y sus instituciones nacionales relativamente subdesarrolladas, los ritos religiosos se realizaban en dos escenarios distintos -que unas veces actuaban de manera concertada y, otras, en abierto conflicto-. El primero era el Templo de Jerusalén, sobre el que abundan las descripciones bíblicas de diversos periodos pero casi ningún testimonio arqueológico (dado que su emplazamiento fue arrasado en posteriores actividades constructivas). El segundo foco de práctica religiosa se encontraba entre los clanes dispersos por la zona rural. Allí, todas las fases de la vida, incluida la religión, estaban dominadas por redes complejas de relaciones de parentesco. Los ritos para la fertilidad de la tierra y las bendiciones de los antepasados daban a la gente esperanza respecto al bienestar de sus familias y santificaban la posesión de los campos y pastizales de sus aldeas.
    El historiador bíblico Baruch Halpern y el arqueólogo Lawrence Stager han comparado las descripciones bíblicas de la estructura de los clanes con los restos de los asentamientos de la Edad del Hierro en la serranía y han identificado un modelo arquitectónico de complejo residencial para familias extensas cuyos habitantes realizaban, probablemente, ritos a veces muy diferentes a los del Templo de Jerusalén. Las costumbres y tradiciones locales insistían en que los judíos habían heredado sus casas, su tierra y hasta sus tumbas de su Dios y sus antepasados. Se ofrecían sacrificios en santuarios situados dentro de los complejos residenciales, en las tumbas familiares y en altares al aire libre de toda la zona rural. Esos lugares de culto no fueron casi nunca objeto de mal trato, ni siquiera por parte de los reyes más <<piadosos>> y agresivos. No es de extrañar, por tanto, que la Biblia observe reiteradamente que <<los altozanos no fueron suprimidos>>.
    La existencia de altozanos y otras formas ancestrales y domésticas de culto divino no significaba -como dan a entender los libros de los Reyes- una apostasía respecto a una fe anterior y más pura. Formaba parte de la tradición intemporal de los colonizadores del territorio serrano de Judá que veneraban a YHWH junto con una diversidad de dioses y diosas conocidos o adoptados de los cultos de los pueblos vecinos. YHWH, en resumen, era venerado en una amplia variedad de formas -y representado a veces con un séquito celeste-. Por las pruebas indirectas (y señaladamente desfavorables) de los libros de los Reyes sabemos que los sacerdotes de las zonas rurales quemaban también habitualmente incienso en los altozanos en honor del Sol, la Luna y las estrellas.
    Dado que los altozanos eran, probablemente, zonas abiertas o cimas naturales de colinas, no se han identificado de momento restos arqueológicos definidos pertenecientes a ellos. Así, la prueba arqueológica más clara de la popularidad de que gozaba este tipo de culto por todo el reino es el descubrimiento de centenares de figurillas de diosas de la fertilidad desnudas en todos los yacimientos de la época de la monarquía del reino de Judá. Aún son más sugerentes las inscripciones halladas en el yacimiento de Kuntillet Ajrud, en el Sinaí nororiental, fechado a comienzos del siglo VIII -un lugar que muestra lazos culturales con el reino del norte-. Las inscripciones parecen referirse a la diosa Asera como consorte de YHWH. Y, por si alguien supone que la condición matrimonial de YHWH no era más que una alucinación pecadora del norte, en una inscripción de la época monárquica tardía procedente de la Sefela de Judá aparece una fórmula parcialmente similar que habla de YHWH y su Asera.
    Este culto, profundamente enraizado, no se limitaba a las comarcas rurales. Existe amplia información bíblica y arqueológica de que el culto sincretista a YHWH floreció en Jerusalén incluso en épocas tardías de la monarquía. La condena de varios profetas judaítas deja bastante claro que YHWH era venerado en Jerusalén junto con otras divinidades como Baal, Asera, las huestes celestiales y hasta las divinidades nacionales de los países vecinos. La crítica de la Biblia a Salomón nos informa (en un probable reflejo de ciertas realidades de la monarquía posterior) sobre el culto tributado en Judá a Malcón (de Amón), a Camós (de Moab) y a Astarté (de Sidón) (1 Reyes 11:5; 2 Reyes 23:13). Jeremías nos dice que el número de deidades veneradas en Judá era igual al de los puestos del bazar de la capital (Jeremías 11:13). Además, en el Templo de YHWH, en Jerusalén, se habían instalado objetos de culto dedicados a Baal, Asera y la hueste celestial. Ezequiel 8 describe con detalle todas las abominaciones practicadas en el Templo de Jerusalén, entre ellas el culto al dios mesopotámico Tamuz.
    Así, los grandes pecados de Acaz y los demás reyes malvados de Judá no deberían considerarse, en absoluto, excepcionales. Aquellos gobernantes se limitaban a permitir que las tradiciones rurales continuaran sin ninguna traba. Ellos y muchos de sus súbditos expresaban su devoción a YHWH con ritos realizados en un sinnúmero de tumbas, capillas y altozanos de todo el reino y, de vez en cuando, rendían, además, un culto secundario a otros dioses.


                                                                          Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman

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