domingo, 30 de diciembre de 2012

África: el antepasado y el vivo


La tendencia más evidente de las religiones del África negra es mantener un estrecho contacto con la naturaleza. El <<templo>> será siempre un elemento natural. Por ejemplo, si una tribu venera cierta fuente como símbolo del renacimiento y de la resurrección, ésta acogerá tanto los ritos para obtener lluvia como el alma de los muertos, cuyo retorno será ilustrado por el agua que brota de la tierra. Pero los lugares sagrados serán también piedras, montañas, árboles, encrucijadas... Y al igual que en la naturaleza todo se renueva cíclicamente, la muerte es preferida por el africano como una etapa en la renovación del hombre. La existencia humana, ligada a la naturaleza en una profunda simbiosis, no tiene fin. Sencillamente está marcada por las distintas etapas que la jalonan.
    De este modo, la muerte física no se considera una verdadera muerte mientras los vivos -los del clan y los de la familia- recuerden al muerto y puedan pronunciar su nombre. La existencia está vinculada al nombre. Cuando no existe ya nadie para pronunciar el nombre de un difunto, entonces, efectivamente, éste está muerto. La muerte es el anonimato.
    Los lejanos ancestros de los que nadie sabe ya el nombre son considerados muertos, mientras los antepasados más próximos, evocados por su nombre y honrados por los vivos, se mantienen, todavía y en cierto modo, con vida. La tradición es pues el medio de comunicar a los muertos una forma de existencia. Actuar de acuerdo con la tradición es actuar como lo hicieron los padres y antepasados, que transmitieron a los vivos la prudencia y el saber. ¿Quién puede entonces afirmar que estén muertos?
    El más allá africano es sólo un lugar de tránsito, no retiene al ser difunto sino que le autoriza a regresar a la tierra y reiniciar un nuevo círculo vital. La mayoría de las tribus africanas reconoce la doctrina de la transmigración en una u otra forma. El africano, cuando cree en su creador, mantiene con él, en unión mística con lo invisible, vínculos de familiaridad, de confianza y de abandono que desdramatizan la muerte.
    Pero no todos los difuntos se convierten en antepasados. Para convertirse en antepasado es necesario responder a ciertas características, en especial a las de integridad física y psíquica. Biológicamente, afirma Louis-Vincent Thomas, el gran especialista de la muerte en África, el difunto debe pasar del desorden de la podredumbre, marrón y blanda, al orden del esqueleto, blanco y duro. Y sólo cuando el período de luto ha terminado el alma abandona sus peregrinaciones y se integra en la colectividad de las almas ancestrales.
    Este paso a la ancestralidad se debe también al estricto respeto de los ritos post-mortem. Es preciso <<morir bien>>, es decir, morir entre los suyos y en armonía con los antepasados.


                                                                                                            Hélène Renard

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