viernes, 10 de mayo de 2013

TAUMATURGIA: Adivinos

       Hombres que adivinan y predicen las cosas futuras. En un siglo tan ilustrado como el nuestro, hay aún personas que creen en los adivinos y aparecidos, y frecuentemente estas personas tan crédulas han recibido una educación que debiera elevarlas más allá de las preocupaciones vulgares.
      Dos señoritas de distinguida clase oyeron hablar de una adivina para quien no estaba oculto el porvenir, resolvieron consultarla, y se encaminaron a su casa al ir al teatro, es decir, con todos sus adornos. Las alhajas que llevaban deslumbraron a la adivina: "Señoras -les dijo-; si queréis ver en el porvenir es necesario os arméis de valor. Sabed que todos tenemos en este mundo un espíritu que nos acompaña sin cesar, pero que no se muestra a nosotros sino cuando a ello le fuerza un poder superior. Sólo me es dado a mí el procurar una conversación particular con el vuestro; pero de ningún modo cederá a mis conjuros si no aceptáis algunas condiciones absolutamente necesarias". Las señoras preguntaron con afán cuáles eran éstas. "Vedlas aquí -prosiguió la vieja-; debéis despojaros de los vestidos que os cubren y quitaros por un momento estas obras de lujo, que prueban bien cuánto se ha pervertido el linaje humano. Adán estaba desnudo cuando hablaba con los espíritus".
      Las señoras vacilan; y viénenles tentaciones de retirarse; pero cobran valor, y la curiosidad las arrastra. Los vestidos y las joyas son depositados en un cuarto y cada una de las señoras conducidas a dos gabinetes separados. En ellos permanecieron más de dos horas con una impaciencia difícil de expresar. En fin, no viendo comparecer al espíritu, empiezan a creer que han sido engañadas. Se apodera de ellas el espanto, dan agudos gritos; sus gentes y los vecinos acuden, y las sacan de su prisión. La pretendida adivina, después de haberlas encerrado, se había ido de su casa con los vestidos de ellas y los suyos.
      Habiendo sido hurtado de la casa de un gran señor un  plato de plata, el que estaba encargado de la vajilla, se fue con un compañero suyo a ver una vieja que ganaba su sustento adivinando. Creyendo haber ya hallado el ladrón y recobrado el plato, llegaron al amanecer a la casa de la adivina, que notando al abrir que habían llenado la puerta de lodo y basura exclamó encolerizada: "Si supiera quién ha sido el pícaro que aquí ha puesto esto, se lo echaba todo por las narices". El que iba ha consultarla mirando a su compañero: "¿Por qué -le dijo- vamos a perder el dinero? ¿Podrá acaso decirnos esta vieja quién nos ha robado, cuando no sabe adivinar tan siquiera las cosas que a ella le tocan?" (...)

Collin de Plancy; Diccionario infernal.

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