miércoles, 20 de noviembre de 2013

Reprimenda a los escoceses por haberles agriado el carácter a sus fantasmas y duendes








Irlanda no es el único lugar en el que aún existe la creencia en los duendes. El otro día, sin ir más lejos, supe de un granjero escocés que creía que el lago que había delante de su casa estaba encantado por un caballo acuático. Tenía miedo de él, y rastreó el lago con redes, y luego intentó vaciarlo con una bomba. Mala cosa habría sido para el caballo acuático si lo hubiera encontrado. Un campesino irlandés hace mucho que habría llegado a un entendimiento con la criatura. Porque en Irlanda hay algo de atemorizado afecto entre los hombres y los espíritus. Se maltratan los unos a los otros sólo dentro de lo razonable; cada uno admite que el otro tiene sentimientos. Hay puntos más allá de los cuales ninguno de los dos irá. Ningún campesino irlandés trataría a un duende apresado como lo hizo el hombre del que habla Campbell. Capturó a una yegua acuática, y la ató a la grupa de su caballo. Era fiera, pero él la obligó a estarse quieta clavándole una lezna y una aguja. Llegaron a un río, y la yegua se puso muy agitada, temerosa de cruzar el agua. El hombre volvió a clavarle la lezna y la aguja. La yegua exclamó: <<Atraviésame con la lezna, pero no me metas esa miserable [la aguja] delgada y fina como un cabello>>. Llegaron a una venta. Él alumbró con la luz de un farol a la yegua; al instante ésta se desplomó <<como una estrella fugaz>>, y se convirtió en una masa de gelatina. Estaba muerta. Ni tampoco tratarían los irlandeses a los duendes como se trata a uno en un antiguo poema de las Tierras Altas. Un duende amaba a una niñita que solía cortar turba en la ladera de una colina encantada. Todos los días la mano del duende asomaba por la colina con un cuchillo encantado. La niña solía cortar la turba con el cuchillo. No tardaba mucho, al estar el cuchillo embrujado. Sus hermanos se preguntaban por qué terminaba tan rápidamente. Por fin decidieron espiar, y averiguar quién la ayudaba. Vieron la pequeña mano salir de la tierra, y a la niña cogerle el cuchillo. Cuando la turba estuvo toda cortada, la vieron dar tres golpecitos con el mango en el suelo. La pequeña mano salió de la colina. Arrebatándole el cuchillo a la niña, los hermanos cortaron la mano de un tajo. Nunca se volvió a ver al duende. Devolvió su ensangrentado brazo al interior de la tierra, creyendo, según consta, que había perdido la mano por la traición de la niña.
    En Escocia sois demasiado teológicos, demasiado tenebrosos. Hasta al Diablo lo habéis hecho religioso. <<¿Dónde vive usted, señora, y cómo está el pastor?>>, le dijo a la bruja al encontrársela en la carretera, como se reveló en el proceso. Habéis quemado a todas las brujas. En Irlanda las hemos dejado en paz. Claro que la <<minoría leal>> le sacó el ojo a una con el troncho de una col el 31 de marzo de 1711, en el pueblo de Carrickfergus. Pero resulta que la <<minoría leal>> es medio escocesa. Habéis descubierto que los duendes son paganos y malvados. Os gustaría llevarlos a todos ante el magistrado. En Irlanda los belicosos mortales se han mezclado con ellos, y los han ayudado en sus batallas, y ellos a su vez han enseñado a los hombres gran destreza con las hierbas, y a unos pocos les han permitido escuchar sus melodías. Carolan durmió en un rath encantado. Desde entonces las melodías de los duendes le rondaron la cabeza, e hicieron de él el gran músico que fue. En Escocia los habéis censurado desde el púlpito. En Irlanda los curas les han permitido que les hagan consultas acerca del estado de sus almas. Desdichadamente los curas han decidido que no tienen alma, que se secarán completamente como tanto vapor traslúcido en el día final; pero lo han decidido más con tristeza que con ira. A la religión católica le gusta seguir en buenos términos con sus vecinos.
    Estas dos distintas maneras de ver las cosas han influido en cada país en el mundo entero de las hadas y trasgos. Para sus actuaciones alegres y graciosas hay que ir a Irlanda; para sus hazañas terroríficas a Escocia. Los terrores de nuestros duendes irlandeses tienen algo de mentirijillas. Cuando un campesino se pierde en una casucha encantada, y se le obliga a pasarse la noche entera dándole vueltas a un cadáver en un asador delante del fuego, no nos sentimos preocupados; sabemos que despertará en medio de un campo muy verde, con su abrigo viejo cubierto por el rocío. En Escocia es totalmente distinto. Habéis agriado el carácter naturalmente excelente de los fantasmas y trasgos. El gaitero M'Crimmon, de las Hébridas, se echó su gaita al hombro y se adentró en una cueva marina, tocando muy fuerte, y seguido de su perro. Durante un rato largo la gente pudo oír la gaita. Debía de haber recorrido cerca de una milla cuando oyeron un ruido de lucha. Luego el sonido de la gaita cesó de golpe. Transcurrió algún tiempo, y a continuación el perro salió de la cueva completamente desollado, demasiado débil hasta para aullar. Nunca salió nada más de la cueva. Luego está el cuento del hombre que se zambulló en un lago en el que se creía que había un tesoro. Vio una gran caja de hierro. Al lado de la caja había un monstruo, que le aconsejó que se volviera por donde había venido. Salió a la superficie; pero los curiosos, al oír que había visto el tesoro, lo convencieron de que se zambullera otra vez. Se zambulló. Al poco rato su corazón y su hígado ascendieron y se quedaron flotando, tiñendo de rojo el agua. Nadie volvió a ver nunca el resto de su cuerpo.
    Estos trasgos y monstruos acuáticos son corrientes en el folklore escocés. Nosotros también los tenemos, pero nos los tomamos mucho menos a la tremenda. En el río Sligo hay un agujero frecuentado por uno de estos monstruos. Muchos creen ardientemente en él, pero eso no impide que los campesinos bromeen con el tema, y lo rodeen de fantasía deliberada. Cuando yo era chico, un día estuve pescando congrios en el agujero del monstruo. Ya de regreso a casa, con una anguila enorme al hombro, la cabeza colgándole y bailándole por delante, la cola barriendo el suelo por detrás, me encontré a un pescador que conocía. Me puse a contarle un cuento sobre un congrio inmenso, el triple de grande del que llevaba, que me había roto el sedal y había escapado. <<Era él -dijo el pescador-. ¿Has oído contar alguna vez cómo hizo emigrar a mi hermano? Como sabes, mi hermano era buzo, y sacaba piedras para el Consejo del Puerto. Un día se le acerca la bestia, y le dice: "¿Qué andas buscando?". "Piedras, señor", dice él. "No te parece que es mejor que te largues?". "Sí, señor", dice él. Y por eso emigró mi hermano>>.


                                                                        William Butler Yeats (1893)

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