martes, 3 de septiembre de 2013

HEURÍSTICA: Leyes de Clarke


1. Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, es casi seguro que está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado.

2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.

3. Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Arthur C. Clarke.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Pincelada de Egwene al'Vere

"Quien se niega a oír un grito se esfuerza por escuchar un susurro."

De naturaleza espirituales

Nuestra naturaleza es ser espirituales. Nacemos a la especie contando ya con un depósito de tradición y de conocimientos compartidos, facilitado por el uso del lenguaje, que nos permite trascender las necesidades inmediatas. Somos cultura. Y a través de la pertenencia a una sociedad desarrollamos la conciencia del yo. El interés por dejar un legado en forma de obra científica o literaria o de descendencia biológica, además del sentimiento religioso, se explican en parte por la necesidad de trascendencia característica del reconocimiento de la propia individualidad.
    En la dialéctica con las religiones, los laicos hemos cedido tanto terreno que ahora hablar de espiritualidad laica parece un oxímoron. No obstante, gran parte de nuestra actividad como seres humanos (los debates políticos e ideológicos, la solidaridad, el disfrute del arte o del deporte, el desarrollo de la ciencia o la creación artística) está basada en valores, creencias y expectativas que trascienden el mundo físico. El cerebro humano es un maravilloso producto de la evolución. Los humanos, así como la materia de la que estamos hechos y la actividad racional sostenida por ella, somos parte de un mundo natural con impresionantes logros espirituales. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, uno de ellos, es espiritualidad laica en estado puro. Y sabemos además que nunca lo sabremos todo. Es una falacia el intento de suplir la ignorancia con hipótesis ad hoc. Ese procedimiento, si bien ofrece consuelo ante el terror que produce el misterio, no nos acerca un ápice a la comprensión de lo que somos.
    Una trampa en la que caemos al hablar de espiritualidad es suponer que la ética está vacía si no se fundamenta en la creencia en un ser externo al individuo que dicta lo que es correcto. Sin embargo, la ética que emana de nuestra conciencia de seres autónomos representa un estadio superior en nuestro desarrollo como seres humanos. El imperativo kantiano condensa la esencia de la racionalidad madura, que exige la toma de decisiones y la asunción de sus consecuencias. Cuando colocamos fuera de nosotros (en los padres, en la Conferencia Episcopal o en Dios) la fuente de los valores, extendemos a toda la vida un comportamiento propio de la infancia. Nada ganamos echando mano del pensamiento mítico y cerrando los ojos a nuestra naturaleza como seres espirituales, responsables de nuestro destino individual y colectivo, y capaces de conservar el asombro inquisitivo ante una realidad complejísima que no necesita de la existencia de fantasmas.


                            María José Frápolli; La Vanguardia / Temas de debate, 1 del 9 de 2013

viernes, 30 de agosto de 2013

Apuntes en torno a la Guerra de las Castas

Hablando de la situación en Yucatán en la época en que se inició la Guerra de las Castas (1847-1848), expresa la mejor autoridad sobre el tema [Nelson Reed]:
Sabemos que el país estaba dividido por la raza, pero mayor aún era la escisión debida a las concepciones opuestas de un mundo común. El maíz, que para el blanco es un simple bien de consumo, era sagrado para el maya; para el blanco la tierra sin cultivar no era más que tierra baldía, pero para el maya era la legítima morada de los dioses de la selva.
Por supuesto, hay que recordar que los mayas habían aceptado con total sinceridad el cristianismo. La notable síntesis de ideas cristianas y bíblicas con los vestigios de la estructura social maya, erigida sobre el complejísimo y casi místico sistema de calendario que se remontaba a épocas anteriores a Cristo, asumió un carácter profundamente escatológico en los libros mayas de Chilam Balam. Estos libros proféticos y apocalípticos habían sido conservados y estudiados en secreto desde el tiempo de la Conquista, y en ellos se aludía al justo castigo que habría de recaer sobre los conquistadores llegados desde el sol naciente, no porque fueran cristianos sino, precisamente, porque no eran cristianos.
    Es curioso ver el fervor con que, al mismo tiempo, algunos de los profetas mayas aceptaban el mensaje de Cristo y rechazaban, por indignos, a los mensajeros (aun admitiendo la necesidad de sacerdotes católicos como mediadores). En el libro de Chumayel, del Chilam Balam, leemos la siguiente evaluación de la conquista:
Los hombres <<más cristianos>> llegaron aquí con el verdadero Dios; pero ese fue el comienzo de nuestra desdicha, el comienzo de los tributos, el comienzo de la <<caridad>>, la causa de que salieran a la luz secretas discordias, el comienzo de las luchas con armas de fuego... el comienzo de la esclavitud por deudas y de las deudas cosidas en los hombros...
    Tal fue el Anticristo sobre la tierra, el tigre de los pueblos, el gato montés de las naciones, que se bebía la sangre de los pobres indios. ¡Pero se acerca el día en que las lágrimas de los indios llegarán a Dios y en que la justicia de Dios descenderá sobre el mundo con un golpe aplastante!
A mediados del siglo XVIII había tenido lugar una breve rebelión, que fue brutalmente sofocada. En ese momento, dado el fermento de inquietud y cambio, los mayas empezaban a evaluar la nueva situación en sus propios términos, que eran los del Chilam Balam. Sabemos que el libro estaba nuevamente en circulación (la edición española impresa del Chilam Balam de Chumayel está basada en un manuscrito que cambió de dueño en 1831) y que los indios estaban reinterpretando su rol en el mundo revolucionario de la época: debían afirmar una vez más su propia identidad y repudiar la perversa sociedad de los conquistadores, y quizás incluso prepararse para el juicio de Dios. Más aún, podía resultar que fueran ellos mismos los instrumentos de ese juicio. Evidentemente, tales ideas eran objeto de las secretas cavilaciones de unos pocos y no se les daba amplia publicidad, pero ejercían su efecto.
    A los ojos de los mayas, el carácter <<no cristiano>> de la sociedad ladina se hacía evidente no tanto por su falta de ortodoxia formal como por su desprecio por el hombre, por las cosas que viven y crecen, por la tierra, por la sagrada planta de maíz -el don de los dioses- y por el propio indio. Un portavoz de los indios mayas resumió las razones por las cuales se proponían resistir a los blancos, con la violencia si era necesario:
Nosotros, los pobres indios, nos damos cuenta de lo que están haciendo los blancos para dañarnos, de cuántos males cometen en contra de nosotros, e incluso de nuestros hijos y de nuestras indefensas mujeres. Tanto perjuicio sin base alguna nos parece un crimen... Si los indios se levantan, es porque los blancos les dieron motivos; porque los blancos dicen que no creen en Jesucristo, porque han incendiado los campos de maíz. Ellos han dado justa causa para las represalias de los indios, a quienes ellos mismos han matado...
(La declaración continúa diciendo que no importa qué fuerzas usen los blancos en contra de ellos, los mayas no abandonarán la lucha porque...)
Somos los sacrificios de Dios. Ellos tendrán que decir si Dios les dio permiso para asesinarnos a todos, sin que nosotros tuviéramos decisión en el asunto... Por lo tanto, si morimos a manos de los blancos, paciencia. Los blancos piensan que estas cosas están terminadas, pero eso nunca ocurrirá. Así está escrito en el libro de Chilam Balam, y así lo ha dicho también Nuestro Señor Jesucristo sobre la tierra y más allá, que si los blancos se vuelven pacíficos, nosotros también lo seremos.


                         Thomas Merton; Los luchadores de la cruz

miércoles, 28 de agosto de 2013

PSIQUE: Juramento hipocrático


"Juro por Apolo, médico, por Esculapio, Higías y Panacea y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia.

Tributaré a mi maestro de Medicina el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y los socorreré si lo necesitaren; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa.

Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan bajo el convenio y juramento que determine la ley médica, y a nadie más.

Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos.

Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla.

En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos.

Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos.

Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria."


Atribuido a Hipócrates (s. V a. C.)

Tartesos (2ª parte)

(...)
La historia clásica nos ofrece distintas hipótesis. Desde la evolución de los indígenas neolíticos, la llegada de unos metalúrgicos orientales, o la presencia de ciertos pueblos después de la caída de Troya. En el estado actual de nuestra ciencia histórica, no es posible contestar con firmeza. Se precisarán muchos más datos arqueológicos, históricos, lingüísticos. Una opinión podría ser, la de que Tartesos se formó en su aspecto racial con un sustrato de gentes orientales, sobre la que se impuso una aristocracia de origen griego-arcaico. Uno de los numerosos "pueblos del mar", que bien pudo ser aqueo, pelasgo o anatólico. Y esta comunidad, que posteriormente conocemos como tartesos, debió tener, en principio, escasísimas aportaciones étnicas de tipo ibérica o céltica. Si bien la presencia del ibérico se pierde en España en la noche de los tiempos, y la llegada de los pretartesos orientales hizo que probablemente se replegaran hacia el interior del país. La concentración urbana de los marinos orientales, se llevó a cabo en la faja costera. Gracias a la mitología podemos conocer algunos de los reyes fabulosos de Tartesos: "Sol", "Gargoris", "Habis", "Norax". Argantonio es el primero que podríamos considerar histórico. Los griegos idealizaron a este soberano, atribuyéndole toda clase de virtudes. Su dilatada existencia transcurrió entre el año 650 a. de Cristo y el 550. Parece que después de este monarca, la dinastía entró en una época de decadencia, a la que no fueron ajenos los cartagineses. Pese al silencio púnico, conservamos los nombres de otros príncipes tartesos y turdetanos que irán apareciendo en los anales romanos. El Rey Koliches, traducido también por Culcas, fue aliado de Publio Cornelio Escipión en la batalla de Ilipa. El Rey Luxinio reinaba sobre Almuñécar, Málaga y otras urbes del litoral. El Rey Attenes, Theron, etc., figuran entre los caudillos militares en las guerras de conquista romana.
    Para el ocaso de Tartesos se han dado varias explicaciones. ¿Hubo un grandioso colapso debido a una catástrofe geológica? ¿Fue destruida por otro pueblo? ¿Se produjo un debilitamiento político que la llevó a una fragmentación en pequeños reinos? El profesor Schulten, nos dirá que la ciudad en decadencia, aún existía en el siglo V a. de Cristo, pero que fue aniquilada por los cartagineses. Para Maluquer que también trató esta cuestión la pregunta es: ¿Por qué desapareció Tartesos? Es evidente responde, que la historia contesta con un silencio de tres siglos, que coincide con la presencia cartaginesa en el sur de España; que el estaño perdía mercado por diversas razones: como el generalizado uso del hierro; o que los mismos púnicos inician una explotación propia de la "Ruta del Estaño". También pudo suceder que Tartesos no desapareció. El propio Schulten defensor de la destrucción violenta de esta ciudad-estado, cree que Tartesos perduró como concepto geográfico. Seguramente ocurrió que la monarquía que imperaba en el sur se fue transformando en un mosaico de principados taifas que trataron de asimilarse unos a otros. En este proceso de relaciones tendría importancia primordial la política de los cartagineses. El sentido monárquico de los turdetanos, descendientes de los tartesos, subsistió durante mucho tiempo, aunque el autor de la Oda Marítima, Avieno, nos cuenta que la urbe estaba pobre y arruinada. El desafortunado cierre del estrecho por los púnicos, nos impedirá conocer la realidad. La falta de noticias, sin embargo, se interpretó por algunos historiadores de la antigüedad como prueba de la desaparición. Cuando Tartesos se eclipsa, Cádiz, su vieja rival se agiganta rápidamente, extendiendo sus actividades a toda la comarca. Su impulso industrial la llevó hacia nuevas experiencias: construcción de barcos, salazones, pesca de altura en el Atlántico, etc. Y todo ello sin perder de vista sus famosas exportaciones de plata, caldos, esclavos, vinos.
    Existe en la actualidad un creciente interés por la cultura tartésica, al que contribuye el hecho de no haberse encontrado su misteriosa ciudad. Multitud de opiniones la sitúan en puntos dispares de la península, pese a los accidentes geográficos que limitan su ubicación en los alrededores del río Guadalquivir. Ya que según todas las probabilidades estuvo entre dos de sus brazos, o ramales, antes de desembocar en el mar. A lo largo de los años, las opiniones de los eruditos se dividieron en dos bandos. Los que afirmaban que el brazo oriental se hallaba al este de Sanlúcar, y los que por el contrario se declaraban partidarios de la tesis de un brazo desaparecido hacia el poniente. La hipótesis de que el brazo perdido se situase en los alrededores de Rota podría definirse como la escuela española. Historiadores andaluces de los siglos XVII y XVIII habían aludido en algunos escritos a numerosos testimonios sobre cauces en esa zona. El profesor Schulten, después de oír las explicaciones de los geólogos buscó la ciudad de Tartesos en el occidente. En las marismas que constituyen el parque nacional del Coto de Doñana. El hecho de que allí se extendiera durante kilómetros el fondo seco del lago Ligustino no era sino un acicate más, pues sólo en lugares semipantanosos y desérticos podían haberse mantenido incógnitas las ruinas de la urbe. Sus excavaciones no fueron coronadas por el éxito.
    Sin embargo, entre las noticias que los autores clásicos dejaron sobre Tartesos, hay determinadas descripciones que se salen del ámbito literario para entrar en el científico. Es decir, se pueden utilizar como medidas concretas para determinar una situación geográfica. Sitúan la ciudad dentro de unas coordenadas capaces de establecer distancias más o menos exactas, de las referencias topográficas. Los datos que aparecen en la Geografía de Estrabón aseguran que la isla fluvial de Tartesos se hallaba a 18 kilómetros del mar. Noticia que por carecer de sentido para muchos investigadores ha sido interpretada de manera muy diversa. Es también muy interesante la noticia que da Estrabón sobre las distancias que había entre las dos bocas del río Guadalquivir. Sobre la Oda Marítima, del poeta Avieno se han hecho numerosos estudios, pero a mi juicio sólo hay un dato seguro: que del río Tartesos al golfo o seno tartésico había un día de navegación. Otro autor que nos ha legado cifras concretas sobre las bocas del Guadalquivir y las ciudades interiores fue Marciano de Heraclea. Que en su periplo indica la distancia desde el estrecho de Gibraltar a la ciudad de Asta. También Escimno de Quíos, que tomó sus datos al parecer de fuentes jónicas y cartaginesas aclara que desde la ciudad de Cádiz a la de Tartesos había dos días de navegación. Ptolomeo fue otro de los científicos de la antigüedad que dejó números precisos sobre la topografía andaluza. Situó en sus famosas tablas las desembocaduras del río Guadalquivir, calculándolas en grados y minutos. Todas estas medidas, aunque no tan exactas como las que puede hoy en día brindarnos la geografía, sí sirven para no disparatar acerca de la ubicación de la desaparecida ciudad.
    Tartesos no ha entregado aún restos asombrosos al estilo de Troya o Pompeya. Los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre el lugar donde podría hallarse enterrada. Los arqueólogos tampoco son muy optimistas a la hora de catalogar lo que simboliza esta civilización. El misterio, pues, de Tartesos continúa, entre la indiferencia de algunos, las fábulas de otros y la escasa excavación de nuestro patrimonio. Pero sobre los secos esteros al norte de Jerez de la Frontera, duermen las ruinas de Asta Regia. La ciudad del Lago, según los romanos, que tuvo adonde ahora no hay más que polvo, un puerto comercial al que acudían docenas de naves del imperio latino. Destruida durante las guerras civiles árabes, unos pequeños trabajos de desescombro, han entregado multitud de objetos de todas las civilizaciones desde el neolítico. Y quizás espera al audaz que acabe con el enigma de Tartesos.


                                                  Historia de España (presentación); Editorial Genil, S.A.

martes, 27 de agosto de 2013

El nacimiento de la fiesta

Un tema interesante es el conocer cómo comenzaron la mayoría de los festejos populares, y hay muchas versiones diferentes.
    Al principio, en la Antigüedad, a los toros los cazaban en el monte y los bajaban al poblado; seguramente lo hacían con dos sogas llevados pacientemente por los componentes de la tribu o cazadores. Una vez ya capturadas las reses, a las grandes se las comían y les quitaban las pieles, y a las más pequeñas las domesticaban para utilizarlas en las labores camperas, y al mismo tiempo, también las utilizaban para las celebraciones festivas soltándolas para divertirse. Lo único que tenía que hacer el pueblo era conseguir un motivo para poder realizar alguna celebración, que bien podía ser la de algún día de caza importante, una boda, o cualquier acontecimiento social que les motivara para ello.
    Pero hay una cuestión que llama poderosamente la atención, y son las diversas formas que tenía el pueblo a lo largo de la historia para que les sirviera como motivo para poder soltar toros. Y desde luego que se calentaban la cabeza para salirse con la suya.
    Conforme avanzaron los siglos y con los diferentes reinos ya establecidos, unas veces soltaban toros para celebrar algún acto importante, como el nacimiento de un príncipe, el coronamiento de un rey, el triunfo en una batalla, y otras veces, tal vez buscaban cualquier suceso que pudiese servir de excusa para poder soltar las reses a la calle.
    Otros festejos empezaron porque hubo una peste, se sacó el santo pertinente y la peste paró de hacer estragos, y desde entonces se hizo la promesa de que todos los años por ese tiempo se correría un toro para rememorar aquel milagro.
    Pero hay una particularidad que llama poderosamente la atención, y es que todas las fiestas taurinas se celebran siempre al amparo de una celebración religiosa, bien sea en honor de un santo o en honor de alguna virgen. Lo que quiere decir que el pueblo siempre se acercó a las festividades que celebraba la Iglesia para poder soltar toros, y en otros, fue la Iglesia la que se arrimó al pueblo en las fiestas taurinas para ir arropada con ellos. Esta sí que ha sido una larga historia de amores y odios, tanto, que a lo largo de los siglos, la Iglesia llegó a prohibir correr toros en varias ocasiones, muestra de ello son las conocidas bulas que emitieron los Papas Pío V y Sixto V en el siglo XVI.
    Pero sin duda, la época más gloriosa de la fiesta taurina fue a partir del siglo XV, donde ya se empiezan a reseñar en libros y a tener constancia de los hechos y gastos de los señores en cuanto a celebraciones taurinas se refiere.
    Esa época tuvo gran repercusión para el toreo porque fue cuando los caballeros, militares y la realeza tomaron participación directa en la fiesta y empezaron a lancear toros en las plazas de los pueblos, o incluso en la Plaza Mayor de Madrid, con la ayuda de sus lacayos.
    Desde entonces hasta el día de hoy han pasado muchas cosas. La primera de todas fue que esos lacayos fueron tomando posiciones en la fiesta, adaptándola a sus gustos y circunstancias y así contar con un extensísimo abanico de fiestas, cada una con su peculiar forma de desarrollarlas y vivirlas.


                                                                        Espasa Calpe S.A.; Cossío / Los toros