miércoles, 13 de noviembre de 2013

Dejad a los muertos en paz

¡No intentéis jamás despertar a los muertos!
Que de niebla los muertos cubren la faz del día;
pues ya sobre esta tierra ninguna luz envía,
lo que en la tumba yace con los párpados yertos.
¡Que en su estrecho ataúd duerman eternamente!
Los muertos con voz pútrida desde el sepulcro llaman
y envenenan la sangre de los seres que aman;
ni los rayos del sol, ni el rocío paciente,
ni el mágico perfume de dulces primaveras,
han de hacer que su sangre se renueve de veras.
Si una vez de la vida fue apartada una cosa,
de la vida enemiga siempre va a resultar;
el necio que despierte al que en sueños reposa,
a la paz de su alma deberá renunciar.

Ernst Raupach; Traducción de Ricardo Ibarlucía

martes, 12 de noviembre de 2013

De "El Giaour"

Pero primero sobre la tierra, como vampiro enviado
Tu cadáver de su tumba será arrancado;
Entonces atrozmente rondarás el lugar natal
Y chuparás la sangre de toda tu raza;
Allí de tu hija, hermana, esposa,
A medianoche agotarás la corriente de la vida;
Mas abominarás el banquete que por fuerza
Tendrá que nutrir tu lívido cadáver viviente,
Tus víctimas ya aún antes de expirar,
Conocerán al demonio por tu señor;
Así maldiciéndome y tú maldiciéndolas,
Tus flores se marchitan en el tallo.
Pero una que por tu crimen deberá caer,
La más joven, la más amada de todas,
Te bendecirá con el nombre del padre:
Esa palabra envolverá tu corazón en llamas.
Mas tú deberás concluir tu faena y observar
El último tinte en sus mejillas, el último destello de sus ojos
Y la última vidriosa mirada tendrás que ver,
La que se congela sobre su inerte azul;
Luego, con mano impía arrancarás
Las trenzas de su rubia cabellera,
De la que, cuando en vida se cortaba un rizo
Se llevaba la prenda más preciada de cariño,
Pero que ahora tú te llevarás
como recuerdo de tu agonía.
Mas con lo mejor de tu misma sangre gotearán
Tus dientes rechinantes y tus labios lívidos;
En seguida a hurtadillas a tu tétrica tumba
Irás y con monstruos y demonios bramarás
Hasta que ellos horrorizados se aparten
De un espectro más maldito que ellos.


Recogido por John Polidori

domingo, 10 de noviembre de 2013

Thanatopía

-Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria.
    (James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó):
    -Se han reído de mí y de lo que llaman mis preocupaciones y ridiculeces. Los perdono porque, francamente, no sospechan ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William.
    No saben que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de sus risas... Sí, les repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en las horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago: no visito, en ninguna ciudad a la que llego, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.
    Tengo el horror de la que ¡oh Dios! tendré que nombrar: de la muerte. Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Miren: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver... Se han reído, se ríen de mí: sea. Pero permítanme que les diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi padre, el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya pues temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto... Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo.
    Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque... Poned atención.
    (Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, y como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos ciderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.)

-Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paterna a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso para conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en que yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos.
    Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.
    Cuando he tocado este tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna... ¡Oh, cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses... ¿por qué había cipreses en el colegio?..., y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector... ¿para qué criaba lechuzas el rector? Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una medianoche, os lo juro, una voz: "James". ¡Oh voz!
    Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él; alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él.
    Llegó más amable que otras veces; y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad para conmigo. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza... Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:
    -He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además -quería decirte-, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesitaba un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo, pues, vendrás conmigo.
    ¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía... ¡una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del doctor Leen, quizá una espantable blue-stocking, o una cruel sabionda, o una bruja... Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo, o quizá lo sé demasiado...
    No contesté una sola palabra a mi padre y, conforme con su disposición, tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.
    Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera obscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes.
    Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas rojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardas, mudos. Penetramos en el gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.
    Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía.
    -La verás luego... Que la has de ver es seguro... James, mi hijito James, adiós. Te digo que la verás luego...
    Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevaron con ustedes? Y tú, madre, madrecita mía, my sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a cenizas por la llama de un relámpago...
    Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación.
    Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos: apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, se los aseguro: unos ojos como no han visto jamás, ni verán jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo: unos ojos que les harían temblar por la manera especial con que miraban.
    -Vamos, hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.
    Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.
    Ella...
    Y mi padre:
    -¡Acércate, mi pequeño James, acércate!
    Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano... Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: "¡James!".
    Tendí mi mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría... Y la mujer no me miraba. Balbucié un saludo, un cumplimiento.
    Y mi padre:
    -Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale; aquí le tienes; ya es tu hijo también.
    Y mi madrastra me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor... ese olor, ¡madre mía! ¡Dios mío! Ese olor... no se los quiero decir... porque ya lo saben, y les protesto: lo discuto aún, me eriza los cabellos.
    Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:
    -James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca.
    -¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto; que me saquen de aquí!
    Oí la voz de mi padre:
    -¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.
    -No -grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre-. Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!


                                                                                                                   Rubén Darío

viernes, 8 de noviembre de 2013

Una noche de espanto

Iván Ivanovitch Panihidin palideció y, con voz emocionada, empezó a contar su historia:
    -Había una densa niebla que cubría la ciudad, cuando, en la víspera del año nuevo, regresaba yo a mi casa después de haber pasado la velada en la de un amigo. Una buena parte de dicha velada había estado dedicada al espiritismo. Las callejuelas por las que tenía que pasar no estaban alumbradas y había que andar casi a tientas. Esto ocurría en Moscú, donde yo vivía, en un barrio muy apartado. El camino era largo; los pensamientos, pesados; la angustia oprimía mi corazón...
    >>Tu existencia se apaga...; arrepiéntete...>>, me había dicho el espíritu de Espinosa, al que habíamos consultado.
    >>Le pedí que especificara algo más, y entonces no solamente repitió la misma sentencia, sino que añadió: <<Esta misma noche.>>
    >>Desde luego, yo no creo en el espiritismo. Pero las ideas y las alusiones a la muerte me dejan abatido.
    >>La muerte es ineludible e inminente. Pero, a pesar de todo, es una idea que los hombres rehúyen...
    >>En medio de las tinieblas, mientras la lluvia caía incesante y el viento aullaba lastimero, a mi alrededor no se veía ni un ser vivo ni se oía una voz humana; mi alma era presa de un temor incomprensible. Yo, hombre exento de prejuicios, iba a toda prisa temiendo mirar atrás. Tenía la impresión de que si volvía la cara la muerte se me aparecería bajo forma fantasmal.
    Panihidin lanzó un suspiro, bebió un trago de agua y siguió:
    -Este miedo irracional, pero comprensible, no me dejaba un solo momento. Subí los cuatro pisos de mi casa y abrí la puerta de mi habitación. Mi modesto cuarto estaba a oscuras. El viento ululaba en la chimenea, como quejándose de que lo hubiesen dejado puertas afuera.
    >>Si he de creer en las palabras de Espinosa, mi muerte llegará esta misma noche, de la mano de ese ulular... ¡Brrr!... ¡Qué horror!>> Encendí un fósforo. La fuerza del viento creció y el gemido se convirtió en un aullido furioso. Los postigos temblaban como si alguien empujase en ellos.
    >>Desgraciados los que carezcan de hogar en una noche como ésta>>, pensé...
    >>No pude seguir con mis pensamientos, porque cuando la llama del fósforo alumbró el cuarto, un espectáculo inverosímil y pavoroso se ofreció a mis ojos.
    >>Lástima fue que una ráfaga de viento no apagase mi fósforo. Porque de ser así, me hubiera evitado ver lo que me erizó los cabellos... Grité, di un paso hacia la puerta y, lleno de terror y de desesperación, intenté no ver:
    >>En medio de la habitación había un ataúd.
    >>La llama del fósforo ardió durante poco tiempo. Sin embargo, el aspecto del ataúd quedó grabado en mis ojos. Era de brocado rosa, con una cruz de galón dorado en la tapa. El brocado, las asas y las patas de bronce, proclamaban que el difunto había sido adinerado. Por el tamaño y color del ataúd parecía que el muerto era joven y de gran estatura.
    >>Sin detenerme a reflexionar, salí y, como un loco, me lancé escaleras abajo. Todo en la casa era oscuridad. Los pies se me enredaban en el abrigo. No comprendo cómo no me caí y me rompí los huesos.
    >>Al verme en la calle me apoyé en un farol y traté de tranquilizarme. Mi corazón latía vertiginosamente; tenía la garganta seca... No me hubiera asombrado tanto si hubiese encontrado en mi cuarto un ladrón, un perro rabioso, un incendio... Tampoco si el techo se hubiese hundido, si el piso se hubiese desplomado... Todo esto es algo natural y concebible. Pero ¿cómo vino a parar a mi cuarto un ataúd? Un ataúd lujoso, hecho evidentemente para alguien, rico... ¿Cómo había ido a parar a la humilde morada de un insignificante empleado? ¿Estaría vacío o habría un cadáver en su interior? ¿Y quién podía ser la desgraciada que me hizo tan terrible visita?
    >>Si no es un milagro, será un crimen>>, pensé.
    >>Mi espíritu se perdía en un laberinto de conjeturas. En mi ausencia la puerta estaba siempre cerrada, y el sitio donde escondía la llave solamente lo sabían mis mejores amigos. Pero ellos no iban a depositar un ataúd en mi cuarto. Se podía suponer que el fabricante lo llevó allí equivocadamente, pero, en tal caso, no se hubiera marchado sin haber cobrado su importe o, por lo menos, un anticipo.
    >>Los espíritus que me habían anunciado la muerte, ¿me habrían provisto también del ataúd?
    >>Yo no creía, y sigo sin creer, en el espiritismo. Pero hay que convenir que una coincidencia semejante aterra a cualquiera.
    >>Es imposible -pensaba-. Soy un cobarde, un chiquillo. Habrá sido una alucinación. Al llegar a casa, estaba tan impresionado por la sesión de espiritismo, que los nervios me hicieron ver lo que no existía. ¡Está claro! ¿Qué otra cosa puede ser si no?>>
    >>La lluvia me empapaba. El viento quitábame el gorro y me levantaba el abrigo... No podía quedarme allí, mas ¿adónde ir? ¿Regresar a casa y encontrarme otra vez frente al ataúd? No quería ni pensarlo; hubiera enloquecido al volver a ver aquella caja, que probablemente contenía un cadáver. Decidí ir a pasar la noche en casa de un amigo.
    Panihidin se secó la frente bañada por un sudor frío, suspiró y continuó su relato:
    -Mi amigo no estaba en casa. Después de llamar varias veces, me convencí de que se hallaba ausente. Busqué la llave detrás de una viga en que la escondía, abrí la puerta y entré. Quitándome rápidamente el abrigo mojado, lo arrojé al suelo y me desplomé en el sofá. Las tinieblas eran completas; el viento rugía con más fuerza. Saqué los fósforos y encendí uno. Pero la tenue claridad no me tranquilizó. Al contrario, lo que vi me horrorizó. Vacilé unos segundos y huí alocadamente de aquel lugar... En la habitación de mi amigo había un ataúd... ¡de doble dimensión que el otro!
    >>El color marrón le daba un aspecto más lúgubre... ¿Por qué se encontraba allí? No cabía la menor duda: estaba alucinado... Era imposible que en todas las habitaciones hubiese ataúdes. Indudablemente, donde quiera que fuese llevaría conmigo la terrible visión de la muerte.
    >>Sufría yo, al parecer, una crisis nerviosa, provocada por aquella sesión espiritista y las palabras de Espinosa.
    >>Me vuelvo loco -pensaba, aturdido, cogiéndome la cabeza-. ¡Dios mío! ¿Cómo remediar esto?>>
    >>La cabeza me daba vueltas... Mis piernas se doblaban... Llovía a raudales; estaba calado hasta los huesos, sin gorra y sin abrigo... Imposible volver a buscarlos; estaba seguro de que todo aquello era una alucinación y, no obstante, el temor me atenazaba, mi rostro estaba inundado de sudor, los pelos se me erizaban...
    >>Me volvía loco y exponíame a coger una pulmonía. Afortunadamente, recordé que en la misma calle en que estaba vivía un médico conocido mío, que precisamente había asistido a la sesión espiritista. Me encaminé hacia su casa. Como por aquella época aún no se había casado, ocupaba un cuarto de un quinto piso en un gran edificio.
    >>Mis nervios hubieron de soportar todavía otro choque... Al subir la escalera oí un fuerte ruido: alguien bajaba corriendo, cerrando precipitadamente las puertas y gritando: <<¡Socorro! ¡Socorro! ¡Portero!>>
    >>Instantes después vi aparecer una figura oscura que bajaba casi rodando por la escalera...
    >>-¡Pagostof! -exclamé al reconocer a mi amigo el médico-. ¿Es usted? ¿Qué le pasa?
    >>Pagostof se detuvo y me cogió la mano convulsivamente. Estaba muy pálido y respiraba con dificultad; su cuerpo temblaba; sus ojos giraban, desmesuradamente abiertos...
    >>-¿Es usted, Panihidin? -me preguntó con voz ronca-. ¿Es verdaderamente usted? ¡Está más pálido que un muerto! ¡Dios mío! ¿No es acaso una alucinación? ¡Me infunde usted miedo!
    >>-Pero ¿qué le sucede? ¿Qué ocurre?
    >>-¡Amigo mío! ¡Qué suerte que sea usted verdaderamente! ¡Qué contento estoy de verlo! La maldita sesión espiritista me ha trastornado los nervios. ¿No sabe usted lo que se me ha aparecido en mi cuarto? ¡Un ataúd!
    >>Incrédulo, le pedí que me lo repitiera.
    >>-¡Un ataúd! ¡Un auténtico ataúd! -dijo el médico, dejándose caer, extenuado, en la escalera-. No soy un hombre cobarde, pero hasta el mismo diablo se asustaría al verse frente a un ataúd en su cuarto, después de una sesión espiritista...
    >>Entonces relaté al médico, balbuceando, lo de los dos ataúdes que había visto también yo. Durante unos minutos nos quedamos mudos de asombro, mirándonos. Luego, para convencernos de que todo aquello no era un sueño, empezamos a pellizcarnos.
    >>-A ambos nos duelen los pellizcos -dijo por fin el médico-. Esto significa que no estamos soñando y que los ataúdes, el mío y los de usted, no son fenómenos visuales, sino que existen realmente. ¿Qué haremos?
    >>Pasó una hora en conjeturas y suposiciones. Estábamos ateridos de frío, y, por fin, decidimos dominar nuestro temor en el cuarto del médico. Previnimos al portero, y subió con nosotros. Al entrar encendimos una vela y vimos un ataúd de brocado blanco, con flores y borlas doradas. El portero se persignó con devoción.
    >>-Ahora miraremos -dijo el médico, temblando- si el ataúd está vacío o no.
    >>Después de muchos titubeos, el médico se acercó y, castañeteándole los dientes por el miedo, alzó la tapa. Echamos una mirada y vimos que... el ataúd estaba vacío.
    >>No había ningún cadáver dentro de él, pero sí una carta en la que se leía lo siguiente:
    >>"Querido amigo: supongo que sabrás que los negocios de mi suegro van mal; tiene muchas deudas. Un día de éstos le embargarán, lo cual podría significar nuestra ruina y deshonra. Hemos decidido esconder todo lo de más valor, y como la fortuna de mi suegro está en ataúdes (es el de más fama en nuestra ciudad), tuvimos que poner a salvo los mejores. Confío en que tú, como buen amigo, me ayudarás a defender nuestro honor y nuestra fortuna, y es en la seguridad de esto por lo que te envío un ataúd, con el ruego de que lo guardes hasta que pase el peligro. Necesitamos la ayuda de amigos y conocidos. No me negarás este favor. El ataúd no permanecerá en tu cuarto más de una semana. He mandado uno a cada uno de mis amigos, sabiendo de su nobleza y generosidad. Tu amigo. Ichelustin.">>
    >>Después de aquella noche estuve enfermo de los nervios durante casi tres meses. Nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, salvó su fortuna y su honra. Actualmente tiene una funeraria y construye panteones. Pero como sus negocios no prosperan demasiado, cada noche, al volver a mi casa, temo encontrarme, junto a mi cama, un catafalco o un panteón.>>


                                                                                                                 Antón Chéjov

jueves, 7 de noviembre de 2013

Farmacia encantada de M. G., en G. (E.).


M. G. A., de 58 años, farmacéutico en G., declara:
<<Es completamente cierto que han sucedido en mi casa hechos anormales del 10 al 28 de diciembre de 1929, para volver a comenzar de nuevo el 3 de enero de 1930, tras una interrupción de seis días.
    >>Martes, 10 de diciembre de 1929. En el laboratorio cayó un tubo de estufa; intenté colocarlo otra vez en su sitio, pero no tuve éxito. Puse el tubo encima de un mueble que estaba cerca y, por tercera vez, el tubo cayó al suelo sin que pudiera explicarme cómo pudo suceder tal cosa.
    >>Miércoles, 11. Cuando la criada salía de la estancia, las cajas de pastillas y de sellos que estaban sobre una estantería cercana al tubo se cayeron delante de la mujer. Creí que sería debido al portazo, pero las cajas volvieron a caer luego varias veces.
    >>Jueves, 12, hacia las 8 h. Igual que el día anterior, cayeron dos tarros, con una media hora de intervalo, siempre en la misma pieza.
    >>Viernes, 13. En el transcurso del día cayeron 5 ó 6 tarros de la estantería ya citada.
    >>El sábado, día 14, domingo 15 y lunes 16 pasaron sin incidentes.
    >>Martes, 17, hacia las 17 h. La criada estaba haciendo la limpieza en la farmacia cuando cayó detrás de nosotros (mi esposa y yo) un tarro de dos litros. También cayeron al suelo varios tarritos de polvos. La criada seguía en la sala, aunque en el lugar opuesto.
    >>Fui a hablar con el párroco, quien me entregó unas medallas de san Benito, que he puesto sobre las estanterías amenazadas.
    >>Miércoles, 18. En la farmacia, alrededor de las 17 ó 18 h. cayeron los tarros de polvos, a pesar de las medallas. Algo más tarde, en el laboratorio, cayeron sobre la cabeza de la criada dos botellas de a litro, una botellita vacía y un mortero.
    >>Jueves, 19. En el laboratorio cayó un tarro de dos litros, el cual contenía dos kilos de naftalina y que, vacío, pesaba dos kilos. En su caída esquivó un mueble antes de romperse a dos o tres metros de distancia del punto sobre el que hubiera debido caer normalmente. Una botella vacía que estaba en el suelo dio un salto para caer en el mismo sitio, con el consiguiente estrépito. Un tarrito de alcanfor en polvo, que estaba por el suelo, atravesó dos habitaciones para ir a estrellarse contra una puerta situada a cinco o seis metros de su punto de partida. Otro tarrito, que se hallaba sobre una estantería situada detrás de una pila de sacos, saltó por encima de éstos para irse a romper en medio de la pieza. Todos estos hechos parecían tener como objetivo a la criada, que trabajaba en la pieza contigua.
    >>El viernes, 20, el señor párroco de E. bendijo la casa alrededor de las 5 h. Cinco minutos más tarde, un tarro fue a romperse cerca de la puerta de la sala en donde estaba reunido todo el mundo.
    >>El sábado 21 me dirigí a E. Entre las nueve y las cinco, la criada hizo la limpieza de la farmacia; detrás de ella cayeron, de una altura de 1,50 m. y causaron gran ruido, 2 litros de vino de Breyne, unos paquetes y una balanza de precisión metida dentro de una campana de cristal. No se rompió nada. En el laboratorio se abrió un armario, del que cayó gran número de paquetitos.
    >>Lunes, 23. Siempre entre las cinco y las nueve examiné mis tarros y advertí que faltaba uno de dos litros. Lo busqué por toda la casa y lo encontré sobre una pequeña estantería del laboratorio. Había salvado una distancia de 7 a 8 metros.
    >>Martes, 24. Entre las cinco y las nueve cayeron, de golpe, una veintena de botellas vacías, produciendo gran estrépito. Doce de ellas se rompieron. Hacia las 20 h, cayó un tarro en la farmacia mientras la criada subía del sótano, que se hallaba en el otro extremo de la casa.
    >>Miércoles, 25. Hacia las 20 h, un tarro fue proyectado a dos o tres metros, hasta alcanzar el centro de la farmacia.
    >>Jueves, 26. De un armario empotrado salieron proyectados dos embudos y quedaron pulverizados; un mortero de mármol, de 20 kilos de peso, se volcó con su peana. En la farmacia, un tarro de 5 litros salvó una distancia de 4 ó 5 metros, para irse a romper en medio de la pieza, y armó tal ruido, que los vecinos acudieron para ver lo que sucedía.>>
    Fenómenos análogos se produjeron el viernes 27 y el sábado 28 de diciembre, pero sería prolijo detallarlos. Tras una semana sin incidentes, las manifestaciones volvieron a producirse el 3 de enero y el martes 7 de enero. Se sucedieron con una intensidad singular.
    Monsieur G. sigue relatando:
    <<El martes 7 de enero se produjeron treinta y seis manifestaciones. Un rodillo cayó al suelo; lo recogí y lo puse en su sitio. Entré en la farmacia, e inmediatamente el rodillo se proyectó con fuerza hacia la puerta de la farmacia. Volví a recogerlo, y entonces todos los objetos que había en el laboratorio (sombrero, calzado, paraguas, periódicos, etcétera, y, particularmente, mi sombrero) saltaron varias veces. Un taburete puesto contra un armario empotrado, a fin de que éste no se abriera, fue arrojado al extremo opuesto de la pieza. Una silla colocada contra un aparador fue proyectada en el aire, y la criada, que se encontraba en la estancia contigua, la vio saltar a 2 metros de altura.
    >>Mi yerno, L. R., puso en su sitio un bote de malvavisco, así como mi sombrero, y dijo: "Veremos si vuelven a caer." Inmediatamente, el sombrero cayó y fue a parar a sus pies. Cinco minutos más tarde, el bote fue rodando hasta sus pies.
    >>Mi hijo A., que había venido a visitarme, me aconsejó que despidiera a la criada, puesto que los fenómenos parecían producirse por causa de ella. Dos minutos antes de su marcha, la familia, que estaba reunida en la farmacia, vio llegar de un salto mi sombrero. Lo volví a colgar, pero el sombrero dio un nuevo salto y pasó rozando la cara de mi hijo.
    >>Desde que se marchó la criada no se volvió a producir ningún otro incidente y se restableció la calma.
>>Hecha la lectura, lo corrobora y firma.
>>(Firmado: Monsieur G., farmacéutico de G.).


Atestado n.º 29 del 29 de enero de 1930. Brigada de gendarmería de G.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Cuatro en punto

Aproximadamente a las dos de la madrugada supe que iba a suceder. Los inmensos y negros silencios de la profundidad de la noche me lo dijeron y un grillo monstruoso que chirriaba con insistencia demasiado espantosa para carecer de significado me lo confirmó. Iba a ser a las cuatro en punto: a las cuatro de la madrugada, antes del alba, tal como él dijo que sería. No me lo había creído del todo, porque las profecías de los locos con ansias de venganza raramente suelen ser tomadas en serio. Además, no me sentía exactamente culpable de lo que le había ocurrido a las cuatro en punto de aquella otra madrugada; aquella terrible madrugada cuyo recuerdo no me abandonará jamás. Y cuando, al cabo, estuvo muerto y enterrado en el viejo cementerio al otro lado de la carretera que puedo ver desde las ventanas de la parte oriental de mi casa, tuve la seguridad de que su maldición no iba a cumplirse. ¿No había visto su arcilla sin vida sepultada por descomunales paletadas de tierra mohosa? ¿Podía no sentir la seguridad de que sus desmenuzados huesos no contaban con la fuerza suficiente para volcar sobre mí la condenación cierto día a una hora estipulada con tanta precisión? Tales, ciertamente, habían sido mis pensamientos hasta esta perturbadora noche: noche de caos increíble, quebrantadoras certezas y portentos sin nombre.
    Me había retirado pronto con la fatua esperanza de poder entregar unas cuantas horas al sueño a pesar de la profecía que pesaba sobre mi cabeza. Y ya que la hora estaba al caer, hallaba más y más difícil deshacerme de los vagos presentimientos que habían permanecido siempre agazapados en los rincones de mi cerebro. Mientras las frías sábanas proporcionaban tibieza a mi cuerpo enfebrecido, no podía encontrar nada que pudiera acallar la irritante temperatura de mi mente; pero permanecía atenta e intranquilamente en vela, probando ora esta posición ora aquella, en un esfuerzo desesperado por erradicar tajantemente aquella noción tan roedoramente pertinaz: sucederá a las cuatro en punto.
    ¿Se debía mi desasosegada agitación a lo que me rodeaba; a la fatídica localidad en que permanecía desde hacía tantos años? ¿Por qué, me preguntaba con amargura, había permitido que tal circunstancia cerniera su filo sobre mí, especialmente esta noche destacada entre todas las restantes, en esta casa tan llena de recuerdos y esta habitación tan saturada de reminiscencias, cuyas ventanas dan a la solitaria carretera y al viejo cementerio municipal? Para los ojos de mi memoria, todos los detalles de aquella necrópolis alejada de la inmodestia se alzaba ante mí: su blanca tapia, sus fustes de granito semejantes a espectros y los miasmas que exhalaban aquellos sobre los que se cebaban los gusanos. Por último, la fuerza de la imagen concebida condujo mi visión a profundidades más remotas y más prohibidas y vi bajo la hierba descuidada las silentes formas de las cosas que exhalaban los miasmas: los calmos durmientes, las cosas podridas, las cosas que se retorcían frenéticamente dentro de los ataúdes antes de la venida del sueño y apacibles huesos en todos los estadios de la corrupción, desde el esqueleto completo y coherente hasta el pestilente puñado de polvo. Lo que más envidiaba era el polvo. De pronto, un nuevo terror me atenazó cuando la fantasía me llevó a su sepulcro. No me atrevía a traspasar el umbral de aquella tumba y habría gritado de no haber existido un algo que sedujera el poder maligno que arrastraba mi visión imaginaria. Aquel algo fue una repentina ráfaga de viento, brotado de ninguna parte en mitad de la tranquila noche, que sacudió el postigo de la ventana que tenía más cerca, lo lanzó hacia atrás con enérgico envión y descubrió a mi nictalopía anímica el antiguo cementerio que descollaba espectralmente bajo una luna mañanera.
    Hablo de la ráfaga como de algo misericordioso, pese a saber ahora que se trataba sólo de una circunstancia pasajera y burlona. Pues no bien mis ojos se habían acostumbrado al espectáculo y a la iluminación cuando me vi poseído por un presentimiento abrupto, demasiado inconfundible esta vez para considerarlo un fantasma vacuo, agüero que se levantó de entre las resplandecientes tumbas al otro lado de la carretera. Tras haber mirado con aprensión instintiva hacia el lugar donde él yacía convertido en polvo -imagen separada de mis ojos por el marco de la ventana-, percibí con agitación la proximidad de un algo que fluía amenazante de aquella dirección inequívoca; vaga, vaporosa, informe masa de sustancia blanquigris, sustancia de espíritu empero, apagada y tenue y sin embargo creando y aumentando en todo momento una potencialidad espantosa y cataclísmica. Hice lo que pude por alejarlo como un fenómeno meteorológico natural, pero mientras lo hacía su hórrido, portentoso y deliberado carácter hizo crecer en mí con redoblada fuerza nuevos escalofríos de horror y aprensión; tanto que apenas me preparé para la culminación definida, malévola y cargada de intenciones que no tardó en ocurrir. Aquella culminación, trayendo consigo una nauseabunda y simbólica anticipación del final, fue igualmente sencilla e insidiosa. El vapor se densificaba y acumulaba por momentos, acabando por adoptar un aspecto semitangible; mientras, la superficie delantera se iba convirtiendo gradualmente en algo de contorno circular y notoriamente cóncavo; y entonces cesó su avance y quedó espectralmente inmóvil al final de la carretera. Mientras esto ocurría, temblando desmayadamente en el húmedo aire de la noche bajo aquella luna ultraterrena, vi que el aspecto de aquello no era ni más ni menos que el de la pulida y gigantesca esfera de un deforme reloj.
    Nefandos sucesos transcurrieron con orden demoníaco. En la parte inferior derecha de la vaporosa esfera tomó forma una negra y formidable criatura, informe y sólo vista a medias, no obstante poseer cuatro dedos prominentes que bailoteaban glotonamente hacia mí: zarpas que hedían a nociva fatalidad por su contorno y ubicación exactos, puesto que conformaban demasiado a las claras los odiados rasgos y llenaban demasiado inconfundiblemente la posición precisa del numeral IV sobre el trémulo y maldito dial. En aquel momento, la monstruosidad salió o se desgajó de la cóncava superficie del dial y comenzó a acercarse por algún inexplicable medio de locomoción. Las cuatro garras, largas, delgadas, tiesas, eran tan visibles que se perfilaba en sus extremos la existencia de tentáculos desagradables y de aspecto amenazador, todos poseídos de una inteligencia vil que ganaba poco a poco una velocidad que aumentaba hasta el punto de poder percibir desde mi puesto de observación el hiriente vértigo de su movimiento. Y con horror superlativo comenzaron a llegar hasta mis oídos los sonidos crípticos y sutiles que taladraron el intenso silencio de la noche; ampliados un millar de veces y con una voz que me recordaba la abominable hora de las cuatro. En vano intenté cubrirme con la colcha para apagarlos; en vano intenté cubrirlos con mis alaridos. Estaba mudo y paralizado, y no obstante agonizantemente consciente de todos los colores y sonidos antinaturales que habitaban la devastadora quietud maldecida por la luna. En cierto momento quise hundir mi cabeza bajo la frazada -momento en que el chirrido del grillo que afirmaba las cuatro en punto pareció reventar mi cerebro-, pero no conseguí sino agravar el terror haciendo que los bramidos de la detestable criatura me zarandearan como impactos de un titánico acotillo.
    Luego, en tanto sacaba la cabeza de refugio tan inútil, descubrí que un aumentado diabolismo hostigaba mis ojos. Sobre la pared recién pintada de mi cuarto, como evocados por el monstruo tentacular de la tumba, una miríada de seres danzaban grotescamente ante mí, seres negros, grises, blancos, tales que sólo la fantasía de los marcados por Dios podría verlos. Algunos eran de pequeñez infinitesimal; otros cubrían vastas áreas. En sus menores detalles poseían una grotesca y horrible individualidad; en términos generales conformaban en conjunto el mismo espectáculo de pesadilla, a pesar de su tamaño considerablemente variado. Por segunda vez intenté apartar aquellas anormalidades de la noche y por segunda vez me vi abocado al fracaso. Las cosas que bailaban en la pared crecían y menguaban en magnitud, avanzando y retrocediendo a medida que recorrían el tracto de su morbosa y amenazadora medida. Y el aspecto de todos era el de algún demonio con rostro de reloj con una hora eternamente señalada: la odiosa y sentenciadora hora de las cuatro.
    Frustrado ante la tentativa de apartar aquel delirio cercador y perpetuamente móvil, miré una vez más hacia la ventana abierta y contemplé otra vez al monstruo que había venido de la tumba. Había sido horrible; indescriptible era ahora. La criatura, al principio de una sustancia indeterminada, estaba compuesto en aquel instante de un rojo y maligno fuego; y ondulaba repulsivamente sus cuatro garras tentaculares: lenguas sin palabras de llama viviente. Me miraba y remiraba instalado en la negrura; furtiva, burlonamente; ya avanzando, ya retirándose. Entonces, en el tenebroso silencio, las cuatro contorsionadas garras de fuego llamaron con ademán solícito a sus demoníacas y danzantes compañas de las paredes y parecieron marcar el tiempo rítmicamente a la aturdidora zarabanda hasta que el mundo se convirtió en vórtice rotatorio de trasgos que saltaban, hacían cabriolas, volaban, observaban con lujuria, insultaban, amenazaban eternos cuatro en punto.
    De algún lugar, comenzando a retirarse y avanzar sobre el mar semejante a la esfinge y las febriles ciénagas, escuché sollozar el temprano viento de la mañana; suavemente al principio, luego más alto y más alto hasta que su carga incesante se abatió como un diluvio de horrísona y atropellante barahúnda que portaba siempre la nefanda amenaza <<cuatro en punto, cuatro en punto, CUATRO EN PUNTO>>. Creció monótonamente, pasando del apagado susurro al estruendo ensordecedor, catarata gigantesca, para alcanzar por último un punto de culminación y un inmediato descenso. Mientras se amortiguaba en la distancia, dejó en mis oídos una vibración parecida a la que se escucha cuando pasa rápidamente un tren imponderable; esto y un terror absoluto cuya intensidad le prestaba algo de la tranquilidad de la resignación.
    El final está cerca. Toda visión, todo sonido se habían convertido en un vasto y caótico remolino de amenaza letal y clamorosa confundido con todos los fantasmales e insoportables cuatro-en-punto que habían existido desde que los tiempos inmemoriales vieron sus orígenes y con todos los que existirían en las eternidades por venir. El monstruo llameante se acerca en este momento, rozando mi rostro sus tentáculos óseos mientras sus curvas garras rabiosas avanzan hacia mi cuello. Al menos puedo ver su cara a través de los agitados y fosforescentes vapores del miasmático cementerio y con un dolor agudo advierto que es en esencia una espantosa, colosal, gargolesca caricatura de su rostro: el rostro de aquel de cuya inquieta sepultura ha brotado esto. Sé ahora que el anatema que pesaba sobre mí se ha cumplido; que las estrambóticas amenazas del loco fueron verdaderamente las demoníacas maldiciones de un diablo poderoso y que mi inocencia no encontrará protección ninguna contra la maligna voluntad que está a punto de cumplir una venganza sin causa. Está resuelto a pagarme con interés lo que sufrió en aquella hora espectral; resuelto a arrancarme del mundo y arrastrarme a los reinos que sólo conocen el loco y el poseso.
    Y mientras permanezco entre las llamas del infierno y el tumulto de las feroces garras que se acercan criminalmente a mi cuello, oigo procedente de la repisa de la chimenea el débil y zumbante sonido de un reloj; zumbido que me informa de que está a punto de sonar la hora cuya denominación fluye ahora sin cesar de la mortuoria y cavernosa garganta del monstruo graznador, burlón y traqueteante que tengo ante mí: la maldecida hora infernal de las cuatro en punto.


H. P. Lovecraft y Sonia Green

domingo, 3 de noviembre de 2013

Historia de fantasmas

CIPRIANO SE puso de pie y empezó a pasear, según costumbre, siempre que su ser estaba embargado por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente, y recorrió la habitación de un extremo a otro.
    Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: <<¡Qué cosas tan fantásticas vamos a oír!>>.
    Cipriano se sentó y empezó así:
    -Ya sabéis que hace algún tiempo, después de la última campaña, hallábame en las posesiones del coronel de P... El coronel era un hombre alegre y jovial, así como su esposa era la tranquilidad y la ingenuidad en persona.
    >>Mientras yo permanecía allí, el hijo se encontraba en la armada, de modo que la familia se componía del matrimonio, de dos hijas y de una francesa que desempeñaba el cargo de una especie de gobernanta, no obstante estar las jóvenes fuera de la edad de ser gobernadas. La mayor era tan alegre y tan viva que rayaba en el desenfreno, no carente de espíritu, pero apenas podía dar cinco pasos sin danzar tres contradanzas, así como en la conversación saltaba de un tema a otro, infatigable en su actividad. Yo mismo presencié cómo en el espacio de diez minutos hizo punto..., leyó..., dibujó..., cantó..., bailó, y que en un momento lloró por el pobre primo que había quedado en el campo de batalla y aún con lágrimas en los ojos prorrumpió en una sonora carcajada, cuando la francesa echó sin querer la dosis de rapé en el hocico del faldero, que al punto comenzó a estornudar, y la vieja a lamentarse: "Ah, chè fatalità! Ah, carino, poverino!". Acostumbraba a hablar al susodicho faldero sólo en italiano, pues era oriundo de Padua.
    >>Por lo demás, la señorita era la rubia más encantadora que podía imaginarse, y en todos sus extraños caprichos dominaba la amabilidad y la gracia, de manera que ejercía una fascinación irresistible, como sin querer. La hermana más joven, que se llamaba Adelgunda, ofrecía el ejemplo contrario. En vano trato de buscar palabras para expresaros el efecto maravilloso que causó en mí esta criatura la primera vez que la vi. Imaginaos la figura más bella y el semblante más hermoso. Aunque una palidez mortal cubría sus mejillas, y su cuerpo se movía suavemente, despacio, con acompasado andar, y cuando una palabra apenas musitada salía de sus labios entreabiertos y resonaba en el amplio salón, sentíase uno estremecido por un miedo fantasmal.
    >>Pronto me sobrepuse a esta sensación de terror, y como pudiese entablar conversación con esta muchacha tan reservada, llegué a la conclusión de que lo raro y lo fantasmagórico de su figura sólo residía en su aspecto, que no dejaba traslucir lo más mínimo de su interior. De lo poco que habló la joven se dejaba traslucir una dulce feminidad, un gran sentido común y un carácter amable. No había huella de tensión alguna, así como la sonrisa dolorosa y la mirada empañada de lágrimas no eran síntoma de ninguna enfermedad física que pudiera influir en el carácter de esta delicada criatura.
    >>Me resultó muy chocante que toda la familia, incluso la vieja francesa, parecían inquietarse en cuanto la joven hablaba con alguien, y trataban de interrumpir la conversación, y, a veces, de manera muy forzada. Lo más raro era que, en cuanto daban las ocho de la noche, la joven primero era advertida por la francesa y luego por su madre, por su hermana y por su padre, para que se retirase a su habitación, igual que se envía a un niño a la cama, para que no se canse, deseándole que duerma bien. La francesa la acompañaba, de modo que ambas nunca estaban a la cena, que se servía a las nueve en punto.
    >>La coronela, dándose cuenta de mi asombro, se anticipó a mis preguntas, advirtiéndome que Adelgunda estaba delicada, y que sobre todo al atardecer y a eso de las nueve se veía atacada de fiebre y que el médico había dictaminado que hacia esta hora, indefectiblemente, fuera a reposar. Yo sospeché que había otros motivos, aunque no tenía la menor idea. Hasta hoy no he sabido la relación horrible de cosas y acontecimientos que destruyó de un modo tan tremendo el círculo feliz de esta pequeña familia.
    >>Adelgunda era la más alegre y la más juvenil criatura que darse pueda. Se celebraba su catorce cumpleaños, y fueron invitadas una serie de compañeras suyas de juego. Estaban sentadas en un bello bosquecillo del jardín del palacio y bromeaban y se reían, ajenas a que iba oscureciendo cada vez más, a que las escondidas brisas de julio comenzaban a soplar y que se acababa la diversión. En la mágica penumbra del atardecer empezaron a bailar extrañas danzas, tratando de fingirse elfos y ágiles duendes: "Oídme -gritó Adelgunda, cuando acabó por hacerse de noche en el boscaje-, oídme, niñas, ahora voy a aparecerme como la mujer vestida de blanco, de la que nos ha contado tantas cosas el viejo jardinero que murió. Pero tenéis que venir conmigo hasta el final del jardín, donde está el muro". Nada más decir esto, se envolvió en su chal blanco y se deslizó ligerísima a través del follaje, y las niñas echaron a correr detrás de ella, riéndose y bromeando. Pero apenas hubo llegado Adelgunda al arco medio caído se quedó petrificada y todos sus miembros paralizados. El reloj del palacio tocó las nueve: "¿No veis -exclamó Adelgunda con el tono apagado y cavernoso del mayor espanto-, no veis nada..., la figura... que está delante de mí? ¡Jesús! Extiende la mano hacia mí..., ¿no la veis?".
    >>Las niñas no veían lo más mínimo, pero todas se quedaron sobrecogidas por el miedo y el terror. Echaron a correr, hasta que una que parecía la más valiente, saltó hacia Adelgunda y trató de cogerla en sus brazos. Pero en el mismo instante Adelgunda se desplomó como muerta. A los gritos despavoridos de las niñas, todos los del palacio salieron apresuradamente. Cogieron a Adelgunda y la metieron dentro. Despertó al fin de su desmayo, y refirió temblando que, apenas entró bajo el arco, vio ante ella una figura aérea, envuelta como en niebla, que le alargaba la mano.
    >>Como es natural, se atribuyó la aparición a la extraña confusión que produce la luz del anochecer. Adelgunda se recobró la misma noche, de tal modo, que no se temieron consecuencia alguna, y se dio el asunto por terminado. ¡Y, sin embargo, qué diferente fue! A la noche siguiente, apenas dieron las nueve campanadas, Adelgunda, presa de terror, en mitad de los amigos que la rodeaban, empezó a gritar: "¡Ahí está, ahí está! ¿No la veis? ¡Ahí está, enfrente de mí!".
    >>Baste saber que desde aquella desgraciada noche, apenas sonaban las nueve, Adelgunda volvía a afirmar que la figura estaba delante de ella, y permanecía algunos segundos, sin que nadie pudiese ver lo más mínimo, o por alguna sensación psíquica pudiese percibir la proximidad de un desconocido principio espiritual.
    >>La pobre Adelgunda fue tenida por loca, y la familia se avergonzó, por un extraño absurdo, del estado de la hija, de la hermana. De ahí aquel raro proceder, al que ya he hecho alusión. No faltaron médicos ni medios para librar a la pobre niña de una idea fija, que así llamaban a la aparición, pero todo fue en vano, hasta que ella pidió, entre abundantes lágrimas, que la dejasen, pues la figura que se le aparecía con rasgos inciertos e irreconocibles, no tenía nada de terrorífico, y no le producía ya miedo; incluso tras cada aparición tenía la sensación de que en su interior se despojase de ideas y flotase como incorpórea, debido a lo cual padecía gran cansancio y se sentía enferma. Finalmente, la coronela trabó conocimiento con un célebre médico, que estaba en el apogeo de su fama, por curar a los locos de manera sumamente artera (mediante ardides muy ingeniosos). Cuando la coronela le confesó lo que le sucedía a la pobre Adelgunda, el médico se rió mucho y afirmó que no había nada más fácil que curar esta clase de locura, que tenía su base en una imaginación sobreexcitada. La idea de la aparición del fantasma estaba unida al toque de las nueve campanadas, de forma que la fuerza interior del espíritu no podía separarlo, y tratábase de romper desde fuera esta unión. Esto era muy fácil, engañando a la joven con el tiempo y dejando que transcurriesen las nueve sin que ella se enterase. Si el fantasma no aparecía, ella misma se daría cuenta de que era una alucinación y, posteriormente, mediante medios físicos fortalecedores, se lograría la curación completa.
    >>¡Se llevó a efecto el desdichado consejo! Aquella noche se atrasaron una hora todos los relojes del palacio, incluso el reloj cuyas campanadas resonaban sordamente, para que Adelgunda, cuando se levantase al día siguiente, se equivocase en una hora. Llegó la noche. La pequeña familia, como de costumbre, hallábase reunida en un cuartito alegremente adornado, sin la compañía de extraños. La coronela procuraba contar algo divertido, el coronel empezaba, según costumbre, cuando estaba de buen humor, a gastar bromas a la vieja francesa, ayudado por Augusta, la mayor de las señoritas. Todos reían y estaban alegres como nunca.
    >>El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se desvaneció Adelgunda en su butaca..., ¡la labor cayó de sus manos! Levantóse, entonces, el terror reflejado en su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró apagadamente con voz cavernosa: "¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo veis? ¿No lo veis? ¡Está frente a mí, justo frente a mí!". Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese nada, gritó la coronela: "¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un juego de tu imaginación, que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una figura ante ti, ¿acaso no la veríamos nosotros?... ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!". "¡Oh, Dios... Oh, Dios mío -suspiró Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Mirad, extiende hacia mí el brazo, se acerca... y me hace señas!". Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil, Adelgunda se volvió, cogió un plato pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en el aire y lo dejó..., y el plato, como transportado por una mano invisible, circuló lentamente en torno a los presentes y fue a depositarse de nuevo en la mesa.
    >>La coronela y Augusta sufrieron un profundo desmayo, al que siguió un ataque de nervios. El coronel se rehízo, pero pudo verse en su aspecto trastornado el efecto profundo e intenso que le hizo aquel inexplicable fenómeno.
    >>La vieja francesa, puesta de rodillas, con el rostro hacia tierra, rezando, quedó libre como Adelgunda de todas las funestas consecuencias. Poco tiempo después la coronela murió. Augusta se sobrepuso a la enfermedad, pero hubiera sido mejor que muriese antes de quedar en el estado actual. Ella, que era la juventud en persona, como ya os describí al principio, se sumió en un estado de locura tal que me parece todavía más horrible y espeluznante que aquellos que están dominados por una idea fija. Se imaginó que ella era aquel fantasma incorpóreo e invisible de Adelgunda, y rehuía a todos los seres humanos, o se escondía en cuanto alguien comenzaba a hablar o a moverse. Apenas se atrevía a respirar, pues creía firmemente que de aquel modo descubría su presencia y podía causar la muerte a cualquiera. Le abrían la puerta, le daban comida, que escondía al tomarla, y así, ocultamente, hacía con todo. ¿Puede darse algo más penoso?
    >>El coronel, desesperado y furioso, se alistó en la nueva campaña de guerra. Murió en la batalla victoriosa de W... Es notable, muy notable, que desde aquella noche fatal, Adelgunda quedó libre del fantasma. Se dedica por entero a cuidar a su hermana enferma, y la vieja francesa la ayuda en esta tarea. Según me ha dicho hoy Silvestre, el tío de las pobres niñas, acaba de llegar para consultar con nuestro buen R... acerca del método curativo que debe emplearse con Augusta. ¡Quiera el Cielo facilitar esta improbable curación!>>.
    Cipriano calló y también los amigos permanecieron en silencio. Finalmente, Lotario exclamó:
    -¡Ésta sí que es una condenada historia de fantasmas! ¡Pero no puedo negar que estoy temblando, a pesar de que todo el asunto del plato volante me parece infantil y de mal gusto!
    -No tanto -interrumpió Ottomar-, no tanto, ¡querido Lotario! Bien sabes lo que pienso acerca de las historias de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios.


Ernst Theodor Amadeus Hoffmann