viernes, 10 de mayo de 2013

MITOPÓIESIS: Enanos

      ¿Dónde quedaron los tiempos en que a la hora del crepúsculo se ponía ante la puerta el objeto roto en espera de que los enanos lo repararan antes del alba? ¿Qué se hizo de las ofrendas -alimentos o ropas- que iban a poner en el árbol del patio, en el granero o en el establo? Eso era antaño, cuando los enanos todavía tenían trato con los hombres, cuando forjaban espléndidas armaduras y espadas que siempre estaban afiladas, y joyas en las que centelleaban gemas de virtudes maravillosas. En aquel lejano pasado, los enanos devolvían al buen camino al caballero perdido, o por el contrario se burlaban de él y lo humillaban. Iban a buscar a los valientes para que los librasen de un gigante o de un dragón que les hacía la vida imposible. En aquella lejana época, Berta hilaba, Carlomagno temía encontrarse con las hadas, la reina Piedeoca escondía su pie de ansarón en los pliegues de su manto, y san Brandán se lanzaba a la búsqueda del paraíso terrenal. Era la Edad Media. Campos, bosques y arenales, aguas y montes bullían de vida oculta; la naturaleza estaba poblada por mil criaturas, las más de las veces habitantes de la noche, y entre éstos estaban los enanos.
      Gobelins o lutins, elfos y duendes, ¿quién sabría hoy qué fueron en el mundo de antaño antes de convertirse en pequeños personajes de cuentos maravillosos y leyendas? Hace mucho tiempo, cada uno de ellos gozaba de existencia propia y ejercía una actividad reflejada en su nombre, pero han pasado los siglos y se ha hecho notar la erosión del tiempo, de modo que para nosotros los enanos son muy misteriosos. Forman parte de esos vestigios de nuestra antigüedad, el Occidente medieval, de esos restos que acarrea la historia y que los investigadores del siglo XX encuentran a lo largo de los textos.
      La evolución histórica, y sobre todo la cristianización, fue una agresión de la que los enanos no se rehicieron nunca. Confundidos con íncubos, demonios y diablos, las diferentes razas de seres cómodamente designados con el vocablo "enano" ya no formaron más que una sola familia. Viendo en ella la huella de un paganismo execrado, la Iglesia la hizo objeto de anatema, desnaturalizó el conjunto de creencias que tenían que ver con ella y enredó de tal manera los hilos de las diversas tradiciones que el resultado fue una maraña que hizo retroceder a los investigadores.
      Quien intente saber qué son los enanos se quedará con las ganas, y su perplejidad no desaparecerá. Fuera de unos cuantos estudios concretos -ya viejos y muy discutibles porque o bien se apoyan únicamente en la literatura fabulosa antigua, o bien lo hacen en colecciones de cuentos relativamente recientes, como la de los hermanos Grimm-, aparte de algunos artículos de buena factura, no existe ninguna obra reciente y fiable. Sin embargo, los enanos no son unos desconocidos, y cualquiera es capaz de imaginárselos, hombrecillos barbudos de gorro rojo, traviesos y guasones, serviciales y pícaros, industriosos y hábiles. Así es como los vemos en los jardines, sobretodo en Bélgica y Alemania, y más recientemente en nuestro país, pero ¿alguien se ha preguntado nunca qué hacían allí?

Claude Lecouteux; Enanos y elfos en la Edad Media.

jueves, 9 de mayo de 2013

La derecha y la izquierda

Desde 1943 hasta finales de 1944, cuando los convoyes de deportados llegaban al desvío de Auschwitz y se detenían en el andén iluminado después de haber atravesado la cínica pancarta en la que campeaba la divisa <<Arbeit macht frei>> (el Trabajo hace libre al Hombre...), Herr Doktor Josef Mengele se hallaba presente en persona para recibir a los recién llegados. En pie, calmosamente, bajo el brillo azul de los arcos voltaicos, Mengele escuchaba en silencio las voces de mando de los guardas cubiertos con sus cascos de acero ordenando a los prisioneros que se apresuraran a descender de los vagones para alinearlos en el andén. Después, Mengele, pasando lentamente a lo largo de las filas de esta humanidad miserablemente petrificada, hacía, con gestos indiferentes, pasar a unos a la derecha y a otros a la izquierda.
    El lado derecho significaba una muerte en vida en medio de la suciedad, de la miseria, del hambre, de la degradación y de la esclavitud. El lado izquierdo significaba el exterminio inmediato. Solamente los hombres y mujeres jóvenes que aparentaban hallarse físicamente condicionados para trabajar, sobrevivían... si tenían, además, mucha suerte. Todos los demás, niños de corta edad, ancianos, enfermos, eran empujados en tropel hasta las <<salas de desinfección>> con paredes de ladrillo rojo donde incluso las estruendosas sinfonías de Beethoven, transmitidas por los altavoces, eran impotentes para acallar los gritos escalofriantes cuando el gas Zyklon B penetraba silbando a través de las alcachofas de las duchas.
    Los <<fenómenos>> de toda clase constituían la gran especialidad del Doctor Mengele y los coleccionaba con el mismo entusiasmo con que un entomologista colecciona insectos raros. Corcovados, inválidos, enanos, gemelos y otros sujetos insólitos, anormales o monstruosos... todos debían a su anormal condición física un respiro de vida que duraba todo el tiempo necesario para que Mengele estudiara sus características en los laboratorios donde trabajaba por cuenta del Instituto de Biología racial de Berlín.
    Cada arribada de prisioneros a la estación ferroviaria de Auschwitz era sistemáticamente escrutada para tratar de hallar en ella eventuales <<especímenes>>. Los prisioneros que adolecían de alguna deformidad, fuere la que fuere, eran alojados en barracones especiales donde, al contrario de lo que ocurría con los sujetos normales, eran autorizados a conservar sus propios vestidos, se les alimentaba convenientemente y se les proveía de ropa de cama y de facilidades adecuadas para su <<toilette>>. A continuación eran conducidos al laboratorio del Doctor Mengele en donde se les abría una ficha médica, se los examinaba, se los auscultaba, se les efectuaban las pertinentes radiografías y análisis de todas las formas posibles.


                                                                                                          Roger Delorme

martes, 7 de mayo de 2013

Bendice los arbustos floridos


Este año piensa en tus arbustos florecientes del mismo modo que has cuidado a tus jardines. Los arbustos que florecen, como el lilo, la peonia, las especies Viburnum de Corea y las bolas de nieve, son sagrados para los espíritus de la naturaleza. Estas antiguas plantas de primavera garantizan un poco de organización y encanto en tus jardines de brujería. El lilo es un clásico del reino de las hadas, mientras que la peonia sirve de protección, y los arbustos de la familia de las Viburnum te protegen contra la magia funesta. Además, todos estos arbustos producen unas flores preciosas que también puedes recoger para tener una decoración fresca en tu casa.
    Aquí encontrarás algunas normas básicas de cómo recoger flores de un arbusto. El mejor momento para podar un arbusto florecido es por la mañana, temprano, cuando fuera hace frío. De manera parecida, la mejor época del año para podar un arbusto florido es, generalmente, justo después de que las flores se marchiten. Así que no te preocupes si recoges algunas flores del arbusto para hacer un ramo. Naturalmente, deja las flores suficientes como para que el jardín se vea bonito, pero cortar un poco de aquí y de allá no le hará daño al arbusto.
    Para añadir unos tallos leñosos a un arreglo floral fresco, asegúrate de arrancar las hojas de la parte inferior, para que no quede ningún follaje por debajo de la línea del agua del florero. Justo antes de colocar los tallos en el agua, déjalos en una superficie plana y resistente, como una tabla de cortar. Después golpea la parte inferior del tallo leñoso con un martillo, de manera que los extremos se aplasten. De este modo, los tallos leñosos del arbusto florido se beberán el agua del florero y tendrán mejor aspecto durante más tiempo.
    Aquí tienes un conjuro para bendecir los arbustos floridos de tu jardín:

Para los arbustos que florecen en el mes de mayo,
las hadas otorgan una bendición especial.

Lilo, viburnum, bola de nieve y peonia,
combinad vuestra magia como os indico.

Traed protección y encanto a los habitantes de aquí,
y que este jardín mágico viva durante todo el año.


                                                                                       Calendario de las Brujas de Llewellyn

lunes, 6 de mayo de 2013

Asedio a La Casa Roja

Mediado el siglo XVIII tuvo lugar un extraño pleito entre Harper, consejero del municipio de Dublín, y lord Castlemallard, tutor de lord Chattesworth durante su minoría de edad, con motivo de una casa conocida en el lugar como <<La Casa Roja>>, por tener dicho color el tejado.
    Mr. Harper alquiló la casa para su hija en enero de 1753. Como llevaba mucho tiempo sin habitar ordenó hacer las reparaciones pertinentes y amueblarla, gastando una importante suma en su acondicionamiento.
    La hija de Mr. Harper estaba casada con un tal Mr. Rosser, y se estableció en su nueva casa en junio; pero aún no habían transcurrido tres meses cuando la joven pareja, que en este tiempo se había visto obligada varias veces a cambiar el servicio, manifestó que aquella casa era inhabitable.
    Mr. Harper acordó una entrevista con lord Castlemallard para comunicarle que consideraba cancelados los compromisos adquiridos, ya que <<La Casa Roja>> había resultado ser escenario de singulares y desagradables acontecimientos. Dicho de otra manera: la casa estaba hechizada y no se podían encontrar sirvientes que permanecieran allí más de unas pocas semanas. Mr. Harper añadió que después de lo que sus hijos habían padecido, consideraba que no sólo debía rescindirse el contrato de arrendamiento, sino que la casa entera debería destruirse, ya que era refugio del más terrorífico ser que imaginarse pueda.
    Lord Castlemallard apremió a Mr. Harper, por vía legal, a cumplir el contrato; pero el consejero municipal repuso con un detallado informe de los hechos, acompañado del testimonio de siete testigos, y ganó el pleito sin mayores dificultades. Su señoría prefirió capitular antes que llevar el asunto a los tribunales.
    He aquí los hechos que Mr. Harper arguyó en su informe: Una tarde, hacia finales de agosto, en la hora crepuscular, Mrs. Rosser se encontraba sola en una pequeña habitación que daba al huerto, situado en la parte posterior de la casa. Llevaba un buen rato cosiendo, sentada cerca de la ventana abierta, cuando levantó la vista de su labor y vio con toda claridad una mano que se asía cautelosamente en el alféizar de la ventana, como si alguien tuviera intención de escalarla desde el huerto. Era una mano pequeña, bien constituida, blanca y gordezuela; una mano no muy joven, de alguien que se acercara a la cuarentena. Semanas antes, en un castillo de los alrededores, se cometió un robo envuelto en circunstancias particularmente espantosas: los asesinos mataron a la dueña del castillo y prendieron fuego a gran parte del mismo. La policía todavía no había atrapado a los autores. Mrs. Rosser pensó en el acto que aquella mano pertenecía a uno de los asesinos que intentaba entrar en <<La Casa Roja>>. Aterrorizada, lanzó un estridente alarido y la mano se retiró, pero sin denotar la menor precipitación.
    Enseguida se procedió a una minuciosa investigación en el huerto, sin encontrar rastro del desconocido. Incluso se llegó a dudar de la realidad que viera Mrs. Rosser, ya que debajo de la ventana había una hilera de macetas que se hallaban en perfecto orden y nadie hubiera podido acercarse a la pared sin derribar alguna.
    Aquella noche se escucharon en la ventana de la cocina unos tenues pero persistentes golpes. Los sirvientes se asustaron. Uno de ellos, empuñando un atizador, abrió la puerta trasera. Escudriñó en las tinieblas, pero no logró ver a nadie. Sin embargo, justo en el momento en que cerraba la puerta, tuvo la sensación de que alguien golpeaba el batiente con el puño, como si intentase introducirse a la fuerza en la casa. Sintió un profundo temor y, aunque siguieron golpeando en los cristales de la ventana de la cocina, no se atrevió a realizar nuevas averiguaciones.
    El sábado siguiente, aproximadamente a las seis de la tarde, la cocinera, mujer de edad, tranquila y sensata, se encontraba sola en la cocina. De pronto vio la misma mano, leve y aristocrática, con la palma apoyada contra la ventana y moviéndose lentamente de abajo a arriba, como buscando minuciosamente alguna irregularidad en la superficie del cristal. Ante esta visión, la cocinera gritó y se puso a rezar, pero la mano tardó unos instantes en desaparecer.
    Durante los días siguientes se oyó de nuevo llamar a la puerta, al principio con suavidad y después con el puño. El mayordomo rehusaba abrir y reiteradamente preguntaba en voz alta la identidad del autor de las llamadas, pero no obtenía otra contestación que la del ruido de una mano que se deslizaba de derecha a izquierda, con un movimiento suave y vacilante.
    Los Rosser, que pasaban la velada en el saloncito, escuchaban igualmente los golpes en la ventana: unas veces, discretos y furtivos, como si de una contraseña se tratase; otras, tan fuertes y enérgicos que llegaban a temer que los cristales se rompieran.
    Hasta entonces los ruidos sólo tenían lugar en la parte posterior de la casa, que, como se sabe, daba al huerto. Pero cierto martes, hacia las nueve y media de la noche, los golpes sonaron en la puerta principal. Duraron dos horas para desesperación de Mr. Rosser, cuya mujer estaba aterrorizada.
    Transcurrieron varios días sin que sucediese ninguna anormalidad, y ya todo el mundo comenzaba a mostrarse más tranquilo, cuando la noche del 13 de septiembre tuvo lugar un nuevo incidente en la despensa, adonde una de las sirvientas fue a guardar una jarra de leche. La despensa obtenía luz y ventilación por un tragaluz en el que había un agujero destinado a la abrazadera que sujetaba el postigo. Mirando distraídamente el tragaluz, la sirvienta vio cómo se introducía por el agujero un dedo blanco y fofo que penduleaba en busca de asir el pestillo para abrirlo. De un salto retornó a la cocina, donde se desvaneció, y al día siguiente abandonó para siempre la casa.
    Mr. Rosser tenía las ideas muy firmes y presumía de ser un espíritu fuerte; <<la mano fantasma>> le hacía reír y se burlaba del terror de su esposa. Creía con firme seguridad que no se trataba más que de una superchería, de una broma de mal gusto, y ansiaba descubrir al culpable. No se reservó esta opinión y se la comunicó a todos, diciendo que el autor de tal intriga debía ser algún criado despedido.
    No obstante, era ya hora de tomar una decisión, porque los criados, e incluso Mrs. Rosser, tan dulce y pacífica, comenzaban a sentirse inquietos y asustados. Ninguna de las mujeres se atrevía a andar a solas por la casa después del anochecer.
    Cierta tarde, cuando los golpes llevaban más de una semana sin producirse, Mr. Rosser, que se encontraba trabajando en su despacho, oyó llamar con suavidad a la puerta principal. La absoluta calma de la noche permitía oír con toda claridad. Mr. Rosser abrió la puerta de su despacho y salió al vestíbulo con sigilo. La forma de llamar había variado un poco: los golpes eran ahora suaves y regulares, dados con la palma de la mano sobre la puerta. Mr. Rosser se dispuso a abrir bruscamente, pero se contuvo, y tomando las precauciones de antes se dirigió a un armario donde se guardaban los bastones, las espadas y las armas de fuego. Introdujo una pistola en cada bolsillo y empuñó un pesado bastón; llamó a un criado de su confianza y le entregó otro par de pistolas. Los dos hombres, armados hasta los dientes, se dirigieron a la puerta principal, sin hacer el más pequeño ruido. Todo ocurrió como Mr. Rosser había supuesto: el desconocido, lejos de asustarse por su proximidad, arreció en los golpes, que se tornaron cada vez más enérgicos.
    Mr. Rosser abrió la puerta, furioso, impidiendo el paso con el brazo armado con el bastón. No había nadie, pero sintió una fuerte sacudida en el brazo, dada con la palma de una mano, y percibió que algo se deslizaba por su costado. El criado, que nada vio ni oyó, no pudo entender la razón por la que su amo miraba hacia atrás, asombrado, y daba garrotazos en el vacío, al tiempo que cerraba la puerta con la mano izquierda.
    Desde entonces, Mr. Rosser dejó sus burlas y comenzó a sentir la misma preocupación temerosa que el resto de la familia. Su intranquilidad estaba fundada en la seguridad de que al abrir la puerta había dejado entrar al invisible enemigo que les acosaba.
    Aquella noche, Mr. Rosser, que no dijo una sola palabra de lo sucedido a su mujer, se retiró a su habitación más pronto de lo acostumbrado. Antes de meterse en el lecho leyó algunas páginas de la Biblia y, cosa inhabitual en él, rezó. Se mantuvo despierto un buen rato y cuando, a eso de las doce y cuarto empezaba a adormilarse, oyó unos golpes ligeros en la puerta de su cuarto y después el ruido de una mano deslizándose por la parte exterior.
    Saltó del lecho aterrorizado y se acercó a la puerta gritando: <<¿Quién ronda ahí?>> Mas no oyó otra respuesta que el ruido, que él conocía tan bien, de una mano acariciando suavemente la puerta.
    A la mañana siguiente una sirvienta descubrió, temblando de horror, la huella de una mano en el polvo de una mesa en la que aún permanecían diversos objetos del día anterior. Mr. Rosser examinó la huella y fingió concederle menos importancia de la que en realidad tenía; no obstante, hizo que todos los habitantes de la casa pusieran la mano derecha sobre la mesa. De esta forma obtuvo la huella de todas las manos, incluida la de su mujer y la suya propia. La mano desconocida era distinta de todas las demás y respondía a la descripción que de ella habían realizado Mrs. Rosser y la cocinera.
    Estaba claro que el dueño de la mano, fuese quien fuese, se encontraba en el interior de la casa. El nerviosismo general, que ya era inmenso, creció considerablemente.
    Durante las noches siguientes Mrs. Rosser sufrió espantosas pesadillas que la hacían incorporarse bruscamente de la cama, pálida y temblorosa, pero que luego no podía explicar en qué consistían. Al despertarse no recordaba más que una lucha atroz con algo imposible de ser descrito. Y entraba en lo posible que lo que ella consideraba pesadillas no fuese sino una enfermedad producida por el miedo.
    Una noche al entrar en el dormitorio conyugal, Mr. Rosser se sintió atemorizado por el absoluto silencio que allí reinaba; tenía el oído muy fino y, sin embargo, no llegaba a percibir la respiración de su mujer, que se había acostado momentos antes.
    Una luz, colocada sobre una mesa, iluminaba débilmente el lecho, cuyas cortinas, que pendían del dosel, se hallaban corridas como de costumbre. Mr. Rosser, que había estado repasando unas cuentas, llevaba en la mano un pesado libro Diario. Con el corazón oprimido se acercó al lecho y abrió las cortinas. Por un instante creyó que su mujer había muerto; yacía tendida, inmóvil, con la frente perlada de sudor frío, y sobre la almohada, cerca de la cabeza, había algo que confundió por un momento con un sapo, pero que era en realidad la mano blanca y gordezuela, cuya muñeca descansaba en la almohada y cuyos dedos apuntaban hacia la sien de Mrs. Rosser.
    Presa del pánico, Mr. Rosser arrojó el pesado volumen con todas sus fuerzas hacia el lugar donde debía hallarse el dueño de la mano. Ésta se retiró al instante, pero sin precipitación, mientras la cortina se ondulaba ligeramente.
    Mr. Rosser corrió hacia el otro lado de la cama y llegó a tiempo de ver cómo se cerraba la puerta del gabinete contiguo. La abrió y entró en la habitación: estaba vacía. Cerró la puerta con llave y cerrojo, llamó a los criados y entre todos, con grandes esfuerzos, consiguieron que Mrs. Rosser se recuperara de su desmayo. La pobre señora era víctima de una crisis nerviosa.
    Este suceso motivó que los Rosser abandonaran <<La Casa Roja>> para siempre. Una extraña enfermedad atacó de pronto a su hijo, un niño de dos años y medio. Éste pasaba horas enteras en vigilia, presa de un terror paroxístico. Los médicos diagnosticaron un principio de hidroencefalitis, y su madre, llena de inquietud, no abandonaba al niño y, acompañada de una doncella, lo velaba continuamente.
    El lecho del niño se encontraba adosado a la pared, con la cabecera bajo una alacena cuya puerta no cerraba bien. Una cortina blanca lo rodeaba y descendía hasta la almohada.
    Las dos mujeres tardaron muy poco en notar que el niño se tranquilizaba poco a poco cuando le cogían en brazos. Pero una vez que se dormía y era devuelto a la cuna empezaba, a los cinco minutos, a gemir presa de un acceso de pánico. En una de aquellas ocasiones, primero la doncella y después la madre, descubrieron la causa de los horribles sufrimientos.
    Deslizándose por la entreabierta puerta de la alacena, semioculta por la cortina de la cuna, apareció la misma mano blanquecina y fofa, con la palma hacia abajo, sobre la cabeza del niño. Lanzando un grito de terror, la atribulada madre cogió al niño en brazos y, seguida por la doncella, penetró en la habitación donde dormía su marido. Apenas cerraron la puerta tras ellas se oyó un suave repiqueteo al otro lado.
    Al día siguiente los Rosser dejaron la casa para siempre.
    Años más tarde, un tal Mr. Rosser -hombre de aspecto severo y empedernido charlador- narró con gran precisión de detalles la historia de un primo suyo llamado James Rosser. Su primo había dormido siendo niño en la habitación de una casa de tejado rojo de la que se decía que estaba hechizada y que, al cabo de los años, fue demolida. Durante toda su vida, cuando caía enfermo, se encontraba fatigado o sencillamente en estado febril, tenía una penosa visión: se le aparecía un personaje gordo y pálido. Esta pesadilla se le repitió desde su más tierna infancia, y era tan precisa que conocía mejor los rasgos de aquella cara fofa y enfermiza, los rizos de la peluca empolvada y los bordados de su traje negro que la cara y el traje de su abuelo, cuyo retrato, colgado de la pared, presidía todas sus comidas.
    Mr. Rosser contó esto a modo de ejemplo de una pesadilla extrañamente monótona, precisa y persistente, y añadió que su primo, al que se refería llamándole siempre <<el pobre Jimmy>>, estimara especialmente terrible el hecho de que el personaje de la pesadilla apareciera con la mano derecha amputada.


                                                                                             Joseph Sheridan Le Fanu

sábado, 4 de mayo de 2013

METALITERATURA: Superhéroes



            […]
            Decidí aceptar a los personajes de cómic por sus apariencias: no había un Batman en el mundo real y probablemente nunca lo habría, y las posibilidades de que un bebé extraterrestre humanoide creciese en el medio oeste estadounidense hasta convertirse en un hombre maduro con extraordinarios superpoderes eran infinitesimales; se trataban, pues, de criaturas de ensueño, que jamás podrían ser de carne y hueso. Tras la ruptura de la verosimilitud necesaria para que la maquinaria de Watchmen funcionase, todo apuntaba a que cualquier intento futuro de seguir esa línea de pensamiento futuro sería infructuoso.
            Los cómics de superhéroes siempre podrían ser un poco más realistas, de acuerdo, pero eso no significaba añadir escenas de Batman en el retrete o de los X-Men fracasando en su misión de alimentar a millones de africanos hambrientos; significaba reconocer que cualquier cosa que pudiésemos experimentar era real por su propia naturaleza, con el consiguiente rechazo a la idea de que la ficción tenía que comportarse como la carne. La presunción de que los superhéroes podían mostrarnos, literalmente, cómo erradicar el hambre o la pobreza parecía tan ingenua como creer en los cuentos de hadas.
            Eran superhéroes reales, faltaría más: existían, vivían en universos de papel, suspendidos en un continuum de pasta de celulosa, donde nunca envejecían ni morían, a menos que no fuese para renacer mejorados, con un nuevo traje. Los superhéroes reales vivían en la superficie de la segunda dimensión, las vidas reales de los superhéroes reales podían tenerse entre las manos. Eran tan reales que tenían vidas más largas que las nuestras, eran más reales que yo. Dicen que la mayoría de los nombres y las biografías de las personas caen en el olvido tras cuatro generaciones; sin embargo, es muy probable que la vida y la fama de incluso el más desconocido de los superhéroes de la Edad de Oro perduren mientras las marcas comerciales sigan rescatándose.
            No había una Nueva York física en el Universo Marvel, no podías comprar un billete de avión y plantarte allí; lo que sí podías hacer era comprarte un cómic que automáticamente te transportara a la única Nueva York real del Universo Marvel (una simulación de realidad virtual hecha de papel y tinta), situada en las propias páginas del cómic. Ahora, en esa piel de papel de la dimensión que está justo por debajo de la nuestra, existía una copia de Nueva York completamente alternativa y que funcionaba a la perfección: una ciudad poblada por imágenes de Daredevil, Spiderman y los 4 Fantásticos. Esa Nueva York tenía su propia historia de invasiones extraterrestres y tsunamis procedentes de la Atlántida, pero también estaba al día con respecto a las modas cambiantes del mundo “real”, y poseía la capacidad de volverse más compleja y profunda con el paso de las décadas. Su continuidad estaba separada de la nuestra; sus personajes sobrevivían a la gente de carne y hueso, incluyendo a sus creadores. El Edificio Baxter podía aguantar más tiempo en pie que las casas de verdad, construidas con piedras. […]
 
Grant Morrison; Supergods.
(Ilustración de Alex Ross).

viernes, 3 de mayo de 2013

Un fin muy determinado de la raza humana

(...) debemos constatar que existen realmente una serie de concordancias que trazan una línea general que apunta hacia un fin muy determinado de la raza humana: concordante en líneas generales con las profecías originales de la Biblia, y con una sorprendente unanimidad en aspectos que, al parecer, podrían ser dejados completamente a la libertad de sus respectivos autores.
    Estos puntos de coincidencia pueden resumirse en los siguientes apartados:
    -Unanimidad en la fecha. Quizá tras el fracaso del año 1000, o tal vez por otras razones que escapan a un estudio general, o posiblemente por motivos puramente místicos, la fecha de la mayor parte de las predicciones se centra en el año 2000, ya muy cercano a nosotros: concretamente, del 1995 hasta el 2100, aunque con un núcleo muy importante centrado entre el año 2000 y el 2030.
    -Degradación de la humanidad. Antes del fin de los tiempos se producirá una época de relajación de la moral y las costumbres, libertinaje, pérdida de todos los valores... una situación semejante a la de Sodoma y Gomorra antes del castigo divino. La analogía con estas dos ciudades suele ser frecuente.
    -Período previo de falsa paz. El Apocalipsis final vendrá precedido de un período de falsa paz, en el que la gente creerá haber llegado a una era de tranquila seguridad, pero agitado por corrientes subterráneas de efervescencia difícilmente distinguibles para el hombre de la calle.
    -Deterioro de la Iglesia católica. Teniendo en cuenta que la mayor parte de predicciones del fin de la Humanidad han sido formuladas por videntes católicos, éste es un hecho al que se le da gran preponderancia. Surgirán falsos profetas, se crearán nuevas religiones, el poder de la Santa Madre Iglesia será contestado, la Humanidad abandonará la fe. Éste será el paso previo a la:
    -Venida del Anticristo. Éste es el punto más unánime en todas las profecías, pero también el más divergente. La aparición del Anticristo es algo que se halla en todas las profecías sobre el fin del hombre, pero su naturaleza es objeto de las más variadas interpretaciones. El Anticristo <<clásico>> de los tiempos bíblicos, el Anticristo que sería un sosias de Jesucristo paso a paso, es decir que reproduciría su vida y milagros, sólo que orientados al mal, ha dejado paso en los últimos tiempos a un Anticristo más sofisticado, impersonal, más una idea que una entidad física. De hecho, según gran número de profecías, este Anticristo tendría que haber nacido ya, para cumplir la cronología generalmente aceptada que nos conduce hasta el año 2000. Ningún personaje de nuestro mundo actual puede adjudicarse las cualidades descritas para él, aunque algunos se le puedan acercar bastante en determinados aspectos. Por ello, algunos intérpretes de las profecías apocalípticas han sustituido al Anticristo-ser por el Anticristo-idea: no esperemos a un Anticristo de carne y hueso, fácilmente identificable y por lo tanto fácilmente combatible; el Maligno es mucho más astuto que esto. El auténtico Anticristo será una corriente de ideas que nos arrastrará apartándonos de nuestras creencias y nos llevará hacia el pecado y la herejía. Tomado desde este punto de vista, el Anticristo realmente ha nacido ya, y las condiciones de las profecías se cumplen. Este Anticristo es, naturalmente, el comunismo.
    -Conversión de los gentiles. Este punto se halla en todas las profecías religiosas, las procedentes de visiones en las que Jesucristo o la Virgen María han transmitido su mensaje. Tras una etapa en que la Iglesia volverá a sus orígenes, es decir, abandonará pompa y boato para ser de nuevo la sencilla religión de pescadores del inicio, los gentiles abrazarán definitivamente la fe. Muchas profecías explicitan además que será el pueblo judío el que volverá al redil, tras tantos años separado de él.
    -Grandes desórdenes y catástrofes. Inmediatamente antes del fin de los tiempos habrá una época de gran confusión, en que la Iglesia sufrirá persecución, habrá crímenes, asesinatos, motines, imperará la ley del más fuerte, y las ciudades se convertirán en junglas. Luego se iniciará el gran cataclismo: terremotos, inundaciones, caídas de astros... el repertorio es variado, pero siempre tremendo. El mundo se convulsionará, no quedará piedra sobre piedra. Y entonces, finalmente,
    -Segunda venida de Cristo y Juicio Universal. Los impíos serán arrojados al fuego del infierno y los justos gozarán del favor del cielo, <<podrán ver a Dios>>. Esto es interpretado la mayor parte de las veces no como una muerte sino como un renacer de la Humanidad: habrá una criba, una selección, y los supervivientes formarán una nueva Humanidad, que proseguirá nuestra historia por caminos de mayor perfección y paz. Es la esperanza que nos abren muchas profecías apocalípticas, la de que el fin del hombre no será un fin absoluto, que la Humanidad continuará. Y ello tanto en las profecías religiosas como en las profecías laicas.


                                                          Domingo Santos; El enigma del fin de la Humanidad

lunes, 29 de abril de 2013

El hombre muerto


El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas, y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó en consecuencia una mirada satisfecha a los arbustos rozados, y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
    Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
    Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete; pero el resto no se veía.
    El hombre intentó mover la cabeza, en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió, fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.
    La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.
    Pero entre el instante actual y esa postrera espiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos de nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡tan lejos está  la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!
    ¿Aún?... No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo.
    Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura.
    Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevenido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
    Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
    El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!-. Y piensa: ¡es una pesadilla; esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese su bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma de mediodía; pronto deben ser las doce.
    Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda, entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
    ¡Muerto! Pero ¿es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa?
    Pero ¡sí! Alguien silba... No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo del monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
    ¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en su bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo...
    Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos; ni con el bananal, obra de sus propias manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: se muere.
    El hombre, muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar sobre el puente.
    Pero ¡no es posible que haya resbalado!... El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre.
    ¿La prueba?... Pero ¡esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo, en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Y ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas de alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días como ése ha visto las mismas cosas.
    ... Muy fatigado, pero descansa sólo. Deben de haber pasado ya varios minutos. Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: <<¡Piapiá! ¡piapiá!>>.
    ¿No es eso?... ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo.
    ¡Qué pesadilla!... Pero ¡es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
    ... Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y que antes había sido monte virgen. Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.
    Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tajamar por él construido el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja; el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado...
    Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal, como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!-, vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido. Que ya ha descansado.


                                                                                                                   Horacio Quiroga