¡Espíritu del Planeta Veloz, Recuerda!
¡NEBO, Guardián de los Dioses, Recuerda!
¡NEBO, Padre de la Sagrada Escritura, Recuerda!
¡En el nombre de la Alianza jurada entre Ti y la raza de los Hombres,
Te invoco! ¡Escúchame y recuerda!
¡Desde el Pórtico del Gran Dios NANNA, Te llamo!
¡Por el Nombre que me dieron en la Esfera Lunar, Te llamo!
Señor NEBO, ¿quién no conoce Tu Sabiduría?
Señor NEBO, ¿quién no conoce Tu Magia?
Señor NEBO, ¿qué espíritu de la tierra o de los cielos no es conjurado por Tu Escritura mística?
Señor NEBO, ¿qué espíritu de la tierra o los cielos no está obligado por la Magia de Tus Hechizos?
¡NEBO KURIOS! ¡Señor de las Artes Sutiles, abre el Pórtico a la Esfera de Tu Espíritu!
¡NEBO KURIOS! ¡Amo de la Ciencia Química, abre el Pórtico a la Esfera de Tus Obras!
¡Pórtico del Planeta Veloz, MERKURIOS, Ábrete a mí!
¡IA ATHZOTHTU! ¡IA ANGAKU! ¡IA ZI NEBO!
¡MARZAS ZI FORNIAS KANPA!
¡LAZHAKAS SHIN TALSAS KANPA!
¡NEBOS ATHANATOS KANPA!
¡IA GAASH! ¡IA SAASH! ¡IA KAKOLOMANI-YASH!
¡IA MAAKALLI!
sábado, 30 de noviembre de 2013
viernes, 29 de noviembre de 2013
Dos apuntes de Bierce
Fantasma, s. Signo exterior y visible de un temor interior. Para explicar el comportamiento inusitado de los fantasmas, Heine menciona la ingeniosa teoría según la cual nos temen tanto como nosotros a ellos. Pero yo diría que no tanto, a juzgar por las tablas de velocidades comparativas que he podido compilar a partir de mi experiencia personal. Para creer en los fantasmas, hay un obstáculo insuperable. El fantasma nunca se presenta desnudo: aparece, ya envuelto en su sábana, ya con las ropas que usaba en vida. Creer en ellos, pues, equivale no sólo a admitir que los muertos se hacen visibles cuando ya no queda nada de ellos, sino que los productos textiles gozan de la misma facultad. Suponiendo que la tuvieran, ¿con qué fin la ejercerían?, ¿por qué no se da el caso de que un traje camine solo sin un fantasma dentro? Son preguntas significativas, que calan hondo y se aferran convulsivamente a las raíces mismas de este floreciente credo.
Muerto, adj. Dícese de quien ha concluido el trabajo de respirar, de quien ha acabado para todo el mundo, de quien ha llevado hasta el fin una enloquecida carrera y de lo que al alcanzar la meta de oro, ha descubierto que era un simple agujero.
Muerto, adj. Dícese de quien ha concluido el trabajo de respirar, de quien ha acabado para todo el mundo, de quien ha llevado hasta el fin una enloquecida carrera y de lo que al alcanzar la meta de oro, ha descubierto que era un simple agujero.
En el pasaje del dragón (1ª parte)
¡Oh! Vos a quien os arde el corazón por aquellos que arden
en el Infierno, cuyos fuegos vos mismo alimentáis a su vez;
cuánto tiempo suplicaréis: <<¡Tened piedad de ellos, Señor!>>
porque, ¿quién sois vos para enseñar y Él para aprender?
En la Iglesia de St. Barnabé las vísperas habían terminado; el clérigo abandonó el altar; el pequeño coro de niños se arracimó en el presbiterio y se situó en la sillería del coro. Un suizo ataviado con un opulento uniforme desfilaba por la nave sur haciendo sonar su bastón sobre el pavimento de piedra cada cuatro pasos; tras él avanzaba el elocuente predicador y excelente hombre, Monseigneur C-.
Mi asiento estaba cerca de la barandilla del presbiterio, y en ese momento volví la mirada hacia el extremo oeste de la iglesia. El resto de personas situadas entre el altar y el púlpito también se volvieron. Se escucharon unos leves crujidos de ropa y susurros mientras la congregación se sentaba de nuevo; el predicador subió las escaleras del púlpito, y la pieza inicial de órgano cesó.
Siempre me había parecido sumamente interesante la música de órgano de St. Barnabé. Era una ejecución experimentada y científica, demasiado quizás para mis conocimientos, pero que denotaba una vívida aunque fría inteligencia. Además, poseía el gusto francés: este reinaba supremo, comedido, digno y reservado.
Sin embargo, ese día, desde el primer acorde advertí un cambio a peor, un cambio siniestro. Durante las vísperas fue principalmente el órgano del presbiterio el que acompañó al bello coro, pero de vez en cuando, aparentemente de forma bastante caprichosa, desde la galería oeste donde está situado el gran órgano, unos pesados acordes atravesaban la iglesia y la serena paz de aquellas voces cristalinas. Era algo más que dureza y disonancia, aunque no se detectaba falta alguna de habilidad. Tras irrumpir el sonido una y otra vez, recordé algo que había leído en mis libros de arquitectura sobre la costumbre ancestral de bendecir el coro en cuanto se finalizaba su construcción, pero la nave, que con frecuencia se acababa medio siglo más tarde, no recibía bendición alguna: me pregunté ociosamente si ese había sido el caso de St. Barnabé, y si algo que habitualmente no se suponía que debía habitar en una iglesia cristiana pudiera haber penetrado sin ser detectado o haber tomado posesión de la galería oeste. Había leído que cosas similares ocurrían también, pero nunca en obras de arquitectura.
Entonces recordé que St. Barnabé no tenía más de cien años de antigüedad, y me sonreí por la incongruente asociación de supersticiones medievales con aquella alegre y pequeña obra del rococó dieciochesco.
Pero en esos momentos las vísperas ya habían finalizado, y tras ellas se suponía que debían sonar unos cuantos acordes reposados, apropiados para acompañar la meditación, mientras esperábamos el sermón. En su lugar, los acordes disonantes procedentes de la parte baja de la iglesia estallaron cuando el clérigo se marchó, como si ya nada pudiera controlarlos.
Pertenezco a una generación anterior y más simple a la que no le gusta buscar sutilezas psicológicas en el arte, y siempre me he negado a buscar en la música nada más allá que melodía y armonía, pero tuve la sensación de que en el laberinto de sonidos que en esos momentos brotaba de aquel instrumento se estaba dando caza a algo. Lo perseguían de un lado a otro de los pedales, mientras los teclados bramaban con aprobación. ¡Pobre diablo! Quienquiera que fuese, ¡poca ocasión de escapar parecía tener!
Mi malestar nervioso se tornó en ira. ¿Quién estaba haciendo esto? ¿Cómo se atrevía a tocar de esa forma en mitad del sagrado servicio? Miré a la gente que estaba cerca de mí: nadie parecía estar molesto en absoluto. Las plácidas frentes de las monjas arrodilladas, aún vueltas hacia el altar, no perdieron ni un ápice de su devota abstracción bajo la pálida sombra de sus tocas. La elegante dama que estaba a mi lado miraba con expectación a Monseigneur C-. Por lo que su rostro delataba, el órgano bien podría haber estado tocando un Ave María.
Pero ahora, por fin, el predicador hizo la señal de la cruz y pidió silencio. Me volví hacia él aliviado. Hasta el momento no había podido encontrar el descanso que había ansiado cuando entré en St. Barnabé esa misma tarde.
Estaba consumido por tres noches de sufrimiento físico y problemas mentales: la última había sido la peor, y era un cuerpo exhausto, una mente abotargada y a un mismo tiempo sensible, lo que me había llevado a visitar mi iglesia favorita para curarme. Porque había estado leyendo El Rey de Amarillo.
<<Al salir el sol se esconden y se tienden en sus guaridas>>. Monseigneur C- pronunciaba su sermón con una voz calmada y la mirada serena puesta en la congregación. Mis ojos se volvieron, no supe por qué, hacia la parte más baja de la iglesia. El organista salió de detrás de los tubos y pasó junto a la galería de camino a la salida, y lo vi desaparecer por una pequeña puerta que conducía a unas escaleras que llevaban directamente a la calle. Era un hombre delgado y su rostro estaba tan blanco como negro era su abrigo.
<<¡Ya era hora!>>, pensé, <<¡a otro sitio con tu endemoniada música! Espero que tu ayudante toque la pieza final de órgano>>.
Con un sentimiento de alivio, con un profundo y sereno sentimiento de alivio, me volví de nuevo al afable rostro en el púlpito y me dispuse a escuchar. Aquí, finalmente, llegó la tranquilidad de mente que tanto había ansiado.
-Hijos míos -dijo el predicador-, la verdad que el alma humana encuentra más difícil de aprender es que no tiene nada que temer. Nunca llega a entender que nada puede realmente herirla.
<<¡Curiosa doctrina1>>, pensé, <<para un cura católico. Veamos cómo hace reconciliar eso con los Padres de la Iglesia>>.
-Nada puede dañar el alma -continuó con su voz más fría y clara-, porque...
Pero no llegué a oír el resto; mi ojo izquierdo se apartó de su rostro, no supe por qué razón, y busqué con él la parte más baja de la iglesia. El mismo hombre salió de detrás del órgano y atravesó la galería, igual que antes. Pero no había transcurrido suficiente tiempo para que hubiera regresado, y si lo había hecho, debería haberlo visto. Sentí un débil escalofrío, y mi corazón se encogió; sin embargo, sus idas y venidas no eran en absoluto asunto mío. Le miré: no podía apartar los ojos de su negra figura y su blanco rostro. Cuando se encontraba exactamente frente a mí, se volvió y a través de la iglesia me lanzó directamente a los ojos una mirada de odio, intensa y mortífera: nunca había visto nada igual. ¡Ojalá no volviera a verlo jamás! Entonces desapareció por la misma puerta por la que le había visto marcharse hacía menos de sesenta segundos.
Me senté e intenté controlar mis pensamientos. Mi primera sensación era como la de un niño muy pequeño profundamente herido, aguantando la respiración antes de romper a llorar.
Encontrarme de repente a mí mismo siendo el objeto de semejante odio resultaba exquisitamente doloroso: y aquel hombre era un completo extraño.
¿Por qué podría odiarme de esa manera?... ¿A mí, a quien nunca antes había visto? Durante unos instantes todas las otras sensaciones se fundieron en esta única punzada: incluso quedó subyugado por este pesar, y durante unos instantes no vacilé ni un segundo, pero a continuación comencé a razonar, y una sensación de incongruencia vino en mi ayuda.
Como ya he dicho, St. Barnabé es una iglesia moderna. Es pequeña y bien iluminada; puede verse todo casi de un solo vistazo. La galería del órgano recibe una luz intensa desde una hilera de ventanales bajos en el triforio, que ni siquiera tienen vidrieras de colores.
Estando el púlpito en el centro de la iglesia, era lógico que, mientras miraba hacia allí, cualquier cosa que se moviera en el ala oeste no pasase inadvertida a mi ojo. Cuando el organista pasó por segunda vez, no era de extrañar que lo viese: simplemente había calculado mal el intervalo entre su primera y segunda aparición. Había entrado esa última vez por otra puerta lateral. En cuanto a la mirada que tanto me había alterado, no había existido en absoluto, y yo era un idiota histérico.
Miré a mi alrededor. ¡Este era un lugar propicio para albergar horrores sobrenaturales! El rostro diáfano y razonable de Monseigneur C-, sus maneras comedidas y sus gestos pausados y elegantes, ¿no eran justamente un tanto incongruentes con cualquier noción de truculento misterio? Eché un vistazo por encima de su cabeza, y casi me reí. Aquella dama al vuelo que sujetaba una esquina del palio del púlpito, semejante a un mantel de damasco con flecos en medio de un fuerte vendaval, en cuanto un basilisco se posara en el altillo del órgano, le apuntaría con su trompeta de oro y le soplaría arrebatándole cualquier rastro de existencia. Me reí de mí mismo por esta fantasía, la cual, en esos momentos, me pareció muy divertida, y seguí sentado y burlándome de mí mismo y de todo lo demás; desde la vieja harpía en la parte externa de la barandilla que me había hecho pagar diez céntimos por mi asiento antes de permitirme la entrada (ella se parecía más a un basilisco, me dije, que mi organista de tez anémica): desde esa desabrida vieja dama, hasta, ¡ay, sí!, el mismísimo Monseigneur C-. Y es que toda mi devoción se había esfumado. Nunca antes había hecho algo semejante en mi vida, pero ahora sentía el deseo de burlarme.
En cuanto al sermón, no podía escuchar ni una sola palabra, porque en mis oídos resonaban los versos:
Ha logrado emular a San Pablo
predicándonos aquellos seis sermones de Resurrección,
más solemnes que cualquier otro que jamás haya predicado.
...al tiempo que fantaseaba con los pensamientos más irreverentes.
No servía de nada seguir sentado allí por más tiempo: debía salir fuera y sacudirme este odioso estado de ánimo. Era consciente de la descortesía que estaba cometiendo, pero aun así me levanté y abandoné la iglesia.
Un sol de primavera brillaba en la rue St. Honoré mientras bajaba corriendo los escalones de la iglesia. En una esquina había apostada una carretilla llena de junquillos amarillos, pálidas violetas de la Riviera, oscuras violetas rusas, y blancos jacintos romanos, entre una dorada nube de flores de mimosa. La calle estaba llena de hedonistas de domingo. Balanceé mi bastón y reí junto al resto. Alguien me adelantó y pasó junto a mí. No se volvió en ningún momento, pero poseía la misma maldad mortal en su blanco perfil que la que había visto en sus ojos. Le observé hasta que se perdió de mi vista. Su flexible espalda irradiaba la misma amenaza; cada paso que lo alejaba de mí parecía conducirle a alguna misión conectada con mi destrucción.
Avancé arrastrándome, mis pies casi rehusaban moverse. Empezó a invadirme un sentimiento de responsabilidad por algo olvidado mucho tiempo atrás. Empezaba a tener la sensación de que merecía aquello con lo que me amenazaba: se remontaba a mucho tiempo atrás... mucho, mucho tiempo atrás. Había permanecido latente todos estos años, sin embargo, allí estaba, y pronto se alzaría y se enfrentaría a mí. Pero yo intentaría escapar, y avancé con dificultad lo mejor que pude por la rue de Rivoli, al otro lado de la Place de la Concorde, en el Quai. Contemplé con ojos enfermos el sol brillando a través de la espuma blanca de la fuente, derramándose por las espaldas de bronce oscuro de los dioses del río, por la estructura de amatista del lejano Arco, por las innumerables extensiones de grises troncos y ramas desnudas ligeramente verdes. Entonces, lo volví a ver avanzando por la alameda de castaños del Cours la Reine.
(...)
Robert W. Chambers
martes, 26 de noviembre de 2013
Génesis de un mito sintético
La racionalización de las leyendas y los mitos siempre es relativa. Si bien en las ciencias físicas las interpretaciones son limitadas, en las ciencias humanas los análisis están habitualmente teñidos de una visión subjetiva, lo que provoca reticencias a la hora de aceptar diversos estudios sobre temas tan amplios como la antropología o la sociología. Por lo tanto, admitimos la inevitable relatividad de nuestro enfoque esperando que así se aseguren unas tesis lo menos dogmáticas posibles.
Al mostrar los orígenes del mito del vampiro tenemos que profundizar en sus raíces sin contar con los medios contemporáneos o históricos para adentrarnos en la transmisión oral, mucho más arcaica y por ello mucho más cercana al impulso básico que provoca su aparición. Evidentemente también hay que prescindir de la iconografía literaria y cinematográfica de una leyenda tan rica, ya que la influencia de factores sociales e históricos actuales distorsionaría su imagen inicial y primigenia, que es la que nos interesa. En la figura del vampiro confluyen diversos elementos simbólicos que unifican y amplían su mensaje primitivo. Con la tradición oral como base, aparece en los cuentos más primigenios, y por tanto hay que buscar su origen en los mitos más antiguos.
La leyenda de nocturnos devoradores de humanos nos lleva evidentemente a la licantropía y al personaje del ogro. El término "ogro" deriva del nombre de una divinidad maléfica romana, el orco. Con otras denominaciones se remonta al neolítico, siendo su esquema general el de un ente libre de lazos familiares, salvaje y antropófago, con aspecto de hombre o animal. Tras el horror del ogro puede esconderse el miedo a los animales carnívoros como el lobo y el oso, que por su nocturnidad causaban grandes estragos en las diminutas tribus primitivas. Así, se tiende a atribuir aspecto lobuno al devorador nocturno; recordemos que aún hoy en la literatura el vampiro se puede transformar en lobo.
También se puede explotar la vertiente de las sociedades iniciáticas de cazadores que se apartaban de la tribu para vivir en los bosques, practicando la antropofagia. Tal como expone Rodolfo Gil: "Otra hipótesis, próxima a la anterior, es la del homínido selvático, o el hombre primitivo residual, que haya podido cohabitar en vecindad relativa con el hombre, interfiriéndose en sus respectivas vidas". Sin embargo, aunque el mito vampírico se originara porque dormir entre fieras provocó un miedo intrínseco a la noche y a los carnívoros nocturnos, esta explicación no cubriría plenamente toda su riqueza.
Se representa al ogro como un ser basto y de escasa inteligencia. Sin embargo, tales atributos no describen al vampiro. Por su astucia, habilidad y poder mágico parece más emparentado con la ogresa y las lamias latinas. Éstas serían mujeres de gran belleza pero con un apetito sexual y carnívoro de animal. Reúnen el papel de sabia hechicera y lasciva amante, caníbal y mortífera. En el neolítico mediterráneo encontramos estas mismas características en multitud de "diosas blancas" que en los sacrificios sangrientos de las orgías dionisíacas mezclaban símbolos de vida y muerte, sexo y terror. Las diosas arcaicas del amor desempeñaron también este doble papel de sexo y terror. Por ejemplo, los cultos babilónicos y asirios a Ishtar -anterior a la Afrodita griega- a menudo implicaban complicadas fórmulas de iniciación que entraban en el sadomasoquismo más mortífero; posiblemente por excesos en el consumo de alucinógenos naturales. Como bien señala Mircea Eliade, en el norte de África a la alucinógena mandrágora se la denominaba ogra.
Así, en sus orígenes el vampiro es un mito más cercano al elemento femenino que al masculino, y el símbolo de la sangre refuerza esta tesis. La menstruación y el parto en relación a la sexualidad femenina confieren a la mujer un halo de misterio, que el hombre primitivo convierte en potencial mágico. Tradicionalmente, el cuento popular otorga mayor poder sobrenatural a la mujer que al hombre, o bien como hada madrina o bien como bruja. La sangre desempeña la metáfora de líquido vital y sagrado vinculado a la vida en el nacimiento y en la muerte.
El vampiro es un personaje de raíces femeninas que aglutina la fuerza del papel místico de la mujer, tanto en la sociedad neolítica con el terror a los animales de presa y las prácticas antropófagas, como en las primeras civilizaciones agrarias. Se refuerza con el simbolismo de la sangre y la noche, que potencian su carga mítica y en las que subyace el placer sexual. En la síntesis vampírica todos los elementos vehiculan aspectos sexuales, uniéndose el papel de la mujer como activador erótico al de la agresión como imagen de dominio; la sangre, como símbolo vital, y la noche, a la vez terrorífica -por la desprotección ante los depredadores- y plácida, por las relaciones sexuales y los sueños que tenían lugar tras la caza y recolección nómada de frutos.
Sin que, como indicábamos, pretendamos dogmatizar, creemos que en la génesis del mito vampírico se encuentran diferentes símbolos, todos ellos femeninos. Por lo tanto el mito no tiene que ver con los cuentos de iniciación sobre desbroce u ocupación de nuevas zonas naturales, ni con los animales totémicos que en la leyenda de Lohengrin unirían la condición animal y la humana. Más bien debemos hablar de un culto al sexo unido al terror que activa la síntesis vampírica como unificación compleja de instintos entrecruzados.
Nicolás Cortés Rojano; El Espíritu de la Noche
Pincelada de Edward Tylor
"Al ver que ciertos individuos se iban debilitando sin causa aparente y encanijándose de día en día, como si perdieran la sangre, el animismo salvaje hubo de encontrar una causa de este fenómeno e imaginó ciertos demonios o espíritus malignos que devoraban el alma o el corazón o chupaban la sangre de sus víctimas. En la Polinesia se cree que las almas de los muertos 'tii' salen de sus tumbas y abandonan los ídolos y estatuillas colocados en los cementerios, filtrándose de noche en las casas para devorar el corazón y las entrañas a los que duermen, causándoles así la muerte..."
domingo, 24 de noviembre de 2013
Muertos y fantasmas
Los muertos y los fantasmas ocupan un lugar predominante en la tradición popular de Escandinavia y, así mismo, en la tradición vikinga. Si leemos las sagas islandesas observamos que los temibles "draugar" aparecen con frecuencia. Se trata de maléficos "cuerpos vivientes" que defienden sus tumbas de los intrusos y cualquier extraño que se les aproxime. Una de las creencias más extendidas entre los vikingos de la época cristiana era la siguiente: todos los cuerpos de las personas que se han ahogado contaminan a quienes se aproximan a la orilla, con el fin de asegurarse un entierro cristiano digno. Incluso hoy en día, todavía se usa el antiguo término draug para referirse a los ahogados cuyo cuerpo permanece insepulto. Sus cadáveres se convierten en monstruos siniestros cubiertos de algas, que acechan a los barcos para volcarlos y matar a la tripulación.
En todas las lenguas escandinavas existen numerosas palabras correspondientes a fantasma. Aparte de la ya citada "draug" en noruego, existe en islandés el "draugar" muy similar a la anterior, y además el espectro denominado "svipa" y el llamado "voga" o enviado, un fantasma destructor que ha sido levantado de su tumba y actúa bajo las órdenes de algún perverso mago. El último tipo de espectros es el de los "transformadores", éstos no son materiales y se dejan sentir cuando cambian de forma o se vuelven invisibles. Se originan a partir de un cadáver o de un hueso al que un hechicero haya insuflado energía; su comportamiento es descrito con gran realismo en la leyenda "¿Cómo levantar a los muertos?" de Jón Árnason. Cuando alguno de estos fantasmas persigue a una familia se les denomina "fylgja" o "persecutor".
El sueco tiene varias palabras para nombrar a los fantasmas, según explica Klintberg, así tenemos los "gengånger", literalmente "el que camina de nuevo": se trata de un fantasma que vuelve a su familia o amigos porque les tiene que dar un mensaje. Por otro lado están los "gast" o fantasmas: con este vocablo se alude al fantasma de una persona desconocida que embruja caminos, bosques o lugares abiertos; el término "spöke" o aparición, es utilizado cuando el narrador desea remarcar los diferentes modos que tiene el espíritu de aparecer, así por ejemplo, como aparición visual, ruidosa, con gritos e incluso con fenómenos de poltergeist.
Frecuentemente se citan casos de fantasmas relacionados con niños ilegítimos sin bautizar que son abandonados o incluso asesinados por sus madres. Para denominar a este grupo se utiliza el vocablo útburðir en islandés, útboren en noruego y utbölingt o utkasting en sueco, en todos los casos significa "los expulsados". La razón es doble, en primer lugar estos niños no han tenido un entierro cristiano o carecen de nombre por no haber sido bautizados, y por lo tanto, nunca han vivido en la comunidad humana. Repetidamente la leyenda describe con todo lujo de detalles cómo el fantasma de un niño castiga a una madre culpable, bien publicando su nombre ante todo el pueblo, o haciéndola enloquecer de remordimiento y culpa, o incluso se venga cruelmente mamando de la madre hasta provocarle la muerte. La fuerza de estos relatos como aviso moral es evidente.
El único modo de ahuyentar al fantasma era bautizarlo, como se muestra en la leyenda noruega "El lapón que bautizó al fantasma del niño".
La leyenda islandesa "¡Gris es mi cráneo, Garún, Garún!" es una variante terrible del relato extendido por todo el mundo denominado "El novio muerto", así como de la balada germánica romántica llamada "Leonore", escrita por Wilhem Burger en 1773. En la versión germánica, resulta evidente que la chica es culpable de su terrible experiencia, puesto que la enorme tristeza que padece provoca que su amante salga y se levante de la tumba. El folklore frecuentemente desalienta todo tipo de duelo y luto prolongado y apasionado. Este mensaje moralista, sin embargo, no se tuvo en cuenta en Islandia, allí el amante siguiendo la tradición local, cumple el modelo del draugar cruel y activo.
El folklore islandés, por medio de los conceptos del draugar y el "Enviado" ha creado modelos tan terriblemente poderosos como los zombies y los vampiros tan conocidos en otros pueblos.
Edorta González; Leyendas y Cuentos vikingos
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