martes, 26 de noviembre de 2013

Pincelada de Edward Tylor

"Al ver que ciertos individuos se iban debilitando sin causa aparente y encanijándose de día en día, como si perdieran la sangre, el animismo salvaje hubo de encontrar una causa de este fenómeno e imaginó ciertos demonios o espíritus malignos que devoraban el alma o el corazón o chupaban la sangre de sus víctimas. En la Polinesia se cree que las almas de los muertos 'tii' salen de sus tumbas y abandonan los ídolos y estatuillas colocados en los cementerios, filtrándose de noche en las casas para devorar el corazón y las entrañas a los que duermen, causándoles así la muerte..."

domingo, 24 de noviembre de 2013

Muertos y fantasmas

Los muertos y los fantasmas ocupan un lugar predominante en la tradición popular de Escandinavia y, así mismo, en la tradición vikinga. Si leemos las sagas islandesas observamos que los temibles "draugar" aparecen con frecuencia. Se trata de maléficos "cuerpos vivientes" que defienden sus tumbas de los intrusos y cualquier extraño que se les aproxime. Una de las creencias más extendidas entre los vikingos de la época cristiana era la siguiente: todos los cuerpos de las personas que se han ahogado contaminan a quienes se aproximan a la orilla, con el fin de asegurarse un entierro cristiano digno. Incluso hoy en día, todavía se usa el antiguo término draug para referirse a los ahogados cuyo cuerpo permanece insepulto. Sus cadáveres se convierten en monstruos siniestros cubiertos de algas, que acechan a los barcos para volcarlos y matar a la tripulación.
    En todas las lenguas escandinavas existen numerosas palabras correspondientes a fantasma. Aparte de la ya citada "draug" en noruego, existe en islandés el "draugar" muy similar a la anterior, y además el espectro denominado "svipa" y el llamado "voga" o enviado, un fantasma destructor que ha sido levantado de su tumba y actúa bajo las órdenes de algún perverso mago. El último tipo de espectros es el de los "transformadores", éstos no son materiales y se dejan sentir cuando cambian de forma o se vuelven invisibles. Se originan a partir de un cadáver o de un hueso al que un hechicero haya insuflado energía; su comportamiento es descrito con gran realismo en la leyenda "¿Cómo levantar a los muertos?" de Jón Árnason. Cuando alguno de estos fantasmas persigue a una familia se les denomina "fylgja" o "persecutor".
    El sueco tiene varias palabras para nombrar a los fantasmas, según explica Klintberg, así tenemos los "gengånger", literalmente "el que camina de nuevo": se trata de un fantasma que vuelve a su familia o amigos porque les tiene que dar un mensaje. Por otro lado están los "gast" o fantasmas: con este vocablo se alude al fantasma de una persona desconocida que embruja caminos, bosques o lugares abiertos; el término "spöke" o aparición, es utilizado cuando el narrador desea remarcar los diferentes modos que tiene el espíritu de aparecer, así por ejemplo, como aparición visual, ruidosa, con gritos e incluso con fenómenos de poltergeist.
    Frecuentemente se citan casos de fantasmas relacionados con niños ilegítimos sin bautizar que son abandonados o incluso asesinados por sus madres. Para denominar a este grupo se utiliza el vocablo útburðir en islandés, útboren en noruego y utbölingt o utkasting en sueco, en todos los casos significa "los expulsados". La razón es doble, en primer lugar estos niños no han tenido un entierro cristiano o carecen de nombre por no haber sido bautizados, y por lo tanto, nunca han vivido en la comunidad humana. Repetidamente la leyenda describe con todo lujo de detalles cómo el fantasma de un niño castiga a una madre culpable, bien publicando su nombre ante todo el pueblo, o haciéndola enloquecer de remordimiento y culpa, o incluso se venga cruelmente mamando de la madre hasta provocarle la muerte. La fuerza de estos relatos como aviso moral es evidente.
    El único modo de ahuyentar al fantasma era bautizarlo, como se muestra en la leyenda noruega "El lapón que bautizó al fantasma del niño".
    La leyenda islandesa "¡Gris es mi cráneo, Garún, Garún!" es una variante terrible del relato extendido por todo el mundo denominado "El novio muerto", así como de la balada germánica romántica llamada "Leonore", escrita por Wilhem Burger en 1773. En la versión germánica, resulta evidente que la chica es culpable de su terrible experiencia, puesto que la enorme tristeza que padece provoca que su amante salga y se levante de la tumba. El folklore frecuentemente desalienta todo tipo de duelo y luto prolongado y apasionado. Este mensaje moralista, sin embargo, no se tuvo en cuenta en Islandia, allí el amante siguiendo la tradición local, cumple el modelo del draugar cruel y activo.
    El folklore islandés, por medio de los conceptos del draugar y el "Enviado" ha creado modelos tan terriblemente poderosos como los zombies y los vampiros tan conocidos en otros pueblos.


Edorta González; Leyendas y Cuentos vikingos

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Reprimenda a los escoceses por haberles agriado el carácter a sus fantasmas y duendes








Irlanda no es el único lugar en el que aún existe la creencia en los duendes. El otro día, sin ir más lejos, supe de un granjero escocés que creía que el lago que había delante de su casa estaba encantado por un caballo acuático. Tenía miedo de él, y rastreó el lago con redes, y luego intentó vaciarlo con una bomba. Mala cosa habría sido para el caballo acuático si lo hubiera encontrado. Un campesino irlandés hace mucho que habría llegado a un entendimiento con la criatura. Porque en Irlanda hay algo de atemorizado afecto entre los hombres y los espíritus. Se maltratan los unos a los otros sólo dentro de lo razonable; cada uno admite que el otro tiene sentimientos. Hay puntos más allá de los cuales ninguno de los dos irá. Ningún campesino irlandés trataría a un duende apresado como lo hizo el hombre del que habla Campbell. Capturó a una yegua acuática, y la ató a la grupa de su caballo. Era fiera, pero él la obligó a estarse quieta clavándole una lezna y una aguja. Llegaron a un río, y la yegua se puso muy agitada, temerosa de cruzar el agua. El hombre volvió a clavarle la lezna y la aguja. La yegua exclamó: <<Atraviésame con la lezna, pero no me metas esa miserable [la aguja] delgada y fina como un cabello>>. Llegaron a una venta. Él alumbró con la luz de un farol a la yegua; al instante ésta se desplomó <<como una estrella fugaz>>, y se convirtió en una masa de gelatina. Estaba muerta. Ni tampoco tratarían los irlandeses a los duendes como se trata a uno en un antiguo poema de las Tierras Altas. Un duende amaba a una niñita que solía cortar turba en la ladera de una colina encantada. Todos los días la mano del duende asomaba por la colina con un cuchillo encantado. La niña solía cortar la turba con el cuchillo. No tardaba mucho, al estar el cuchillo embrujado. Sus hermanos se preguntaban por qué terminaba tan rápidamente. Por fin decidieron espiar, y averiguar quién la ayudaba. Vieron la pequeña mano salir de la tierra, y a la niña cogerle el cuchillo. Cuando la turba estuvo toda cortada, la vieron dar tres golpecitos con el mango en el suelo. La pequeña mano salió de la colina. Arrebatándole el cuchillo a la niña, los hermanos cortaron la mano de un tajo. Nunca se volvió a ver al duende. Devolvió su ensangrentado brazo al interior de la tierra, creyendo, según consta, que había perdido la mano por la traición de la niña.
    En Escocia sois demasiado teológicos, demasiado tenebrosos. Hasta al Diablo lo habéis hecho religioso. <<¿Dónde vive usted, señora, y cómo está el pastor?>>, le dijo a la bruja al encontrársela en la carretera, como se reveló en el proceso. Habéis quemado a todas las brujas. En Irlanda las hemos dejado en paz. Claro que la <<minoría leal>> le sacó el ojo a una con el troncho de una col el 31 de marzo de 1711, en el pueblo de Carrickfergus. Pero resulta que la <<minoría leal>> es medio escocesa. Habéis descubierto que los duendes son paganos y malvados. Os gustaría llevarlos a todos ante el magistrado. En Irlanda los belicosos mortales se han mezclado con ellos, y los han ayudado en sus batallas, y ellos a su vez han enseñado a los hombres gran destreza con las hierbas, y a unos pocos les han permitido escuchar sus melodías. Carolan durmió en un rath encantado. Desde entonces las melodías de los duendes le rondaron la cabeza, e hicieron de él el gran músico que fue. En Escocia los habéis censurado desde el púlpito. En Irlanda los curas les han permitido que les hagan consultas acerca del estado de sus almas. Desdichadamente los curas han decidido que no tienen alma, que se secarán completamente como tanto vapor traslúcido en el día final; pero lo han decidido más con tristeza que con ira. A la religión católica le gusta seguir en buenos términos con sus vecinos.
    Estas dos distintas maneras de ver las cosas han influido en cada país en el mundo entero de las hadas y trasgos. Para sus actuaciones alegres y graciosas hay que ir a Irlanda; para sus hazañas terroríficas a Escocia. Los terrores de nuestros duendes irlandeses tienen algo de mentirijillas. Cuando un campesino se pierde en una casucha encantada, y se le obliga a pasarse la noche entera dándole vueltas a un cadáver en un asador delante del fuego, no nos sentimos preocupados; sabemos que despertará en medio de un campo muy verde, con su abrigo viejo cubierto por el rocío. En Escocia es totalmente distinto. Habéis agriado el carácter naturalmente excelente de los fantasmas y trasgos. El gaitero M'Crimmon, de las Hébridas, se echó su gaita al hombro y se adentró en una cueva marina, tocando muy fuerte, y seguido de su perro. Durante un rato largo la gente pudo oír la gaita. Debía de haber recorrido cerca de una milla cuando oyeron un ruido de lucha. Luego el sonido de la gaita cesó de golpe. Transcurrió algún tiempo, y a continuación el perro salió de la cueva completamente desollado, demasiado débil hasta para aullar. Nunca salió nada más de la cueva. Luego está el cuento del hombre que se zambulló en un lago en el que se creía que había un tesoro. Vio una gran caja de hierro. Al lado de la caja había un monstruo, que le aconsejó que se volviera por donde había venido. Salió a la superficie; pero los curiosos, al oír que había visto el tesoro, lo convencieron de que se zambullera otra vez. Se zambulló. Al poco rato su corazón y su hígado ascendieron y se quedaron flotando, tiñendo de rojo el agua. Nadie volvió a ver nunca el resto de su cuerpo.
    Estos trasgos y monstruos acuáticos son corrientes en el folklore escocés. Nosotros también los tenemos, pero nos los tomamos mucho menos a la tremenda. En el río Sligo hay un agujero frecuentado por uno de estos monstruos. Muchos creen ardientemente en él, pero eso no impide que los campesinos bromeen con el tema, y lo rodeen de fantasía deliberada. Cuando yo era chico, un día estuve pescando congrios en el agujero del monstruo. Ya de regreso a casa, con una anguila enorme al hombro, la cabeza colgándole y bailándole por delante, la cola barriendo el suelo por detrás, me encontré a un pescador que conocía. Me puse a contarle un cuento sobre un congrio inmenso, el triple de grande del que llevaba, que me había roto el sedal y había escapado. <<Era él -dijo el pescador-. ¿Has oído contar alguna vez cómo hizo emigrar a mi hermano? Como sabes, mi hermano era buzo, y sacaba piedras para el Consejo del Puerto. Un día se le acerca la bestia, y le dice: "¿Qué andas buscando?". "Piedras, señor", dice él. "No te parece que es mejor que te largues?". "Sí, señor", dice él. Y por eso emigró mi hermano>>.


                                                                        William Butler Yeats (1893)

domingo, 17 de noviembre de 2013

El Aquelarre


Francisco de Goya y Lucientes

Zombi

(Haití - Vudú). 1 - Son las almas de los muertos por muerte violenta, que siguen viviendo en la tierra en forma de fantasmas durante todo el tiempo que habrían vivido en condiciones normales. La misma suerte corren las mujeres que mueren siendo vírgenes. Los brujos hábiles pueden encerrar en botellas a estas almas y venderlas, ya que en ellas se concentra un notable poder.
    2 - Más frecuentemente, con la palabra zombi se indica a una persona aparentemente (¿o realmente?) muerta, que un brujo hace regresar a una especie de vida vegetal para explotarla como un esclavo. La visión deformada que el cine ha proporcionado de estos seres, pintados como monstruosos muertos vivientes, sedientos de sangre, no podría estar más lejos de la versión original. El zombi auténtico, en efecto, se distingue por su total abulia y su plena sumisión a la voluntad ajena. Ciertamente, bajo el mandato de esta voluntad podría ser inducido a actuar con violencia; pero en general se le utiliza exclusivamente como peón o esclavo. La mención más antigua de los zombis se encuentra en una novela de 1697, de Paul Alexis Blessepois, llamado Pierre Corneille: Le Zombi du Grand-Perou ou la Comtesse de Cocagne; pero la creencia no se populariza hasta principios de este siglo [(s. XX)], cuando la Hasco (Haitian American Sugar Company), con el incremento de la producción de caña de azúcar, pagaba a peso de oro a quien era capaz de proporcionar operarios para la cosecha. Se dice que entonces los brujos vudú empezaron a suministrar este tipo de trabajadores, que no pretendían quedarse siquiera con un pequeño porcentaje de la jugosa paga.
    El estado de zombi resulta evidente, según afirman presuntos testigos, sobre todo en la mirada: "La cara era inexpresiva y la mirada fija. Los párpados eran blancos, como si los hubieran quemado al ácido" (Hurston, 1939); "la cosa más horrible era la mirada, o mejor la ausencia de mirada. Los ojos estaban muertos, como ciegos, carentes de expresión" (Seabrook, 1971). La innata mansedumbre del zombi se puede transformar en ferocidad sólo en caso de que coma sal, lo cual inmediatamente le da consciencia de su estado y puede llevarle a vengarse cruelmente de su "patrón".
    El nombre zombi todavía no se ha explicado de forma unívoca: podría derivar del congolés nvumbi, cuerpo sin alma, o nsumbi, demonio; o bien de una "revisitación" criolla del francés les ombres, o de un vocablo local del área caribeña, zemi, que indica el espíritu de los muertos o los objetos con los que carga dicho espíritu.
    En tiempos recientes, ante los numerosos testimonios documentados de occidentales que afirman haber encontrado auténticos zombis, han tomado cuerpo algunas hipótesis para explicar la posible base real del mito. Metraux sostiene que se trata a menudo, si no siempre, de seres subnormales, que son odiosamente explotados por personas sin escrúpulos. Seabrook piensa en alguna droga capaz de simular el estado de muerte, que se le suministraría al futuro zombi; luego el brujo que lo ha drogado lo desenterraría y lo utilizaría como esclavo; el escritor recuerda que el Código Penal de Haití, en vigor hasta 1952, todavía prevé penas específicas para un crimen de esta índole. Hoy en día, los experimentos realizados por el norteamericano Davis parecen dar crédito a ambas hipótesis. En efecto, la mayor parte de los casos estudiados por Davis resultan personas afectadas por graves deficiencias mentales, alcoholismo y epilepsia. Pero un cierto porcentaje parecería, en cambio, causado por la ingestión de un veneno nervino, la tetrodotosina, contenido en los peces de la familia de los Tetrodontídeos, capaz de provocar una especie de coma profundo, que se puede confundir con la muerte.


Massimo Izzi; Diccionario ilustrado de los Monstruos

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La bofetada de Carlota Corday

El señor Ledru empezó.
    -Yo soy -dijo- el hijo del famoso Comus, físico del Rey y de la Reina; mi padre, al que su apodo burlesco ha hecho clasificar entre los prestidigitadores y los charlatanes, era un distinguido sabio de la escuela de Volta, de Galvani y de Mesmer. El primero que se ocupó en Francia de fantasmagoría y de electricidad, dando clases de matemáticas y de física en la corte.
    La pobre María Antonieta, a la que vi veinte veces, y que en más de una ocasión me cogió las manos y me abrazó cuando llegó a Francia, es decir, cuando yo era un niño; María Antonieta estaba loca por él. A su paso en 1777, José II declaró que no había visto nada más curioso que Comus.
    En medio de todo esto, mi padre se ocupaba de la educación de mi hermano y de la mía, iniciándonos en todo lo que sabía de las ciencias ocultas, y en una multitud de conocimientos galvánicos, físicos, magnéticos que hoy son del dominio público, pero que en esa época eran secretos, privilegio solamente de unos pocos; el título de físico del Rey hizo que mi padre fuera encarcelado en el 93; pero gracias a algunas amistades que yo tenía en la Montaña conseguí que lo soltaran.
    Entonces mi padre se retiró a esta misma casa en que yo vivo, y aquí murió en 1807, a los setenta y seis años.
    Volvamos a mí.
    He hablado de mis amistades con la Montaña. En efecto, mantuve relaciones con Danton y con Camille Desmoulins. Yo había conocido a Marat más como médico que como amigo. En fin, que le conocí. Por corta que haya sido esta relación que tuve con él, resultó que el día en que llevaron a la señorita de Corday al cadalso, yo me decidí a asistir a su suplicio.
    Dos horas después de mediodía, ya estaba yo en mi puesto junto a la estatua de la Libertad. Era una cálida mañana de julio; el tiempo estaba pesado, el cielo cubierto y prometía tormenta.
    A las cuatro la tormenta estalló; fue en ese momento, según dicen, cuando Charlotte subió a la carreta.
    Habían ido a buscarla a la prisión en el momento en que un joven pintor estaba ocupado en hacerle su retrato. La muerte, celosa, parecía querer que nada sobreviviese a la joven, ni siquiera su imagen.
    La cabeza estaba esbozada en la tela y, ¡cosa extraña!, en el momento en que entró el verdugo, el pintor estaba en el mismo lugar del cuello que la guillotina iba a cortar.
    Los relámpagos brillaban, caía la lluvia, resonaba el trueno, pero nada había podido dispersar al populacho curioso; los muelles, los puentes y las plazas estaban atestadas; los rumores de la tierra apenas cubrían los rumores del cielo. Aquellas mujeres a las que con un nombre enérgico se llamaba chupadoras de guillotina, la perseguían con maldiciones. Oía aquellos ruidos acercarse a mí como se oyen los de una catarata. Mucho tiempo antes de que pudiera percibir nada, la multitud onduló; finalmente, como un navío fatal, apareció la carreta en medio de la multitud, y pude distinguir a la condenada, a la que no conocía, a la que no había visto nunca.
    Era una hermosa joven de veintisiete años, de ojos magníficos, con una nariz de un diseño perfecto y unos labios de regularidad suprema. Se mantenía de pie, con la cabeza alta, menos para parecer dominar aquella multitud que porque sus manos atadas a la espalda la forzaban a mantener así la cabeza. La lluvia había cesado; pero como había soportado la lluvia durante las tres cuartas partes del camino, el agua que había corrido por ella dibujaba sobre la lana húmeda los contornos de su cuerpo encantador; se hubiera dicho que salía del baño. La camisa roja que le había puesto el verdugo daba un aspecto extraño y un esplendor siniestro a aquella cabeza tan orgullosa y tan enérgica. En el momento en que llegaba a la plaza cesó la lluvia, y un rayo de sol, deslizándose entre dos nubes, fue a jugar en sus cabellos, que hizo irradiar como una aureola. En verdad, se lo juro, aunque detrás de aquella joven hubiera un crimen, acción terrible, incluso aunque vengase a la humanidad, aunque yo detestase aquel crimen, no habría sabido decir si lo que veía era una apoteosis o un suplicio. Al divisar el cadalso, palideció: y esa palidez fue sensible, debido sobre todo a la camisa roja que le subía hasta el cuello; pero casi al punto hizo un esfuerzo, y terminó volviéndose hacia el cadalso, que contempló sonriendo.
    La carreta se detuvo; Charlotte saltó a tierra sin permitir que la ayudaran a descender, luego subió los peldaños del cadalso, que la lluvia que acababa de caer había vuelto resbaladizos, tan rápido como se lo permitía la longitud de su camisa que arrastraba y el estorbo de sus manos atadas. Al sentir la mano del ejecutor posarse en su hombro para quitarle el pañuelo que cubría su cuello, palideció por segunda vez, pero en ese mismo instante una última sonrisa vino a desmentir aquella palidez, y por sí misma, sin que se le atase la infame báscula, en un impulso sublime y casi jovial, pasó su cabeza por la horrible abertura. Cayó la cuchilla, la cabeza separada del tronco fue a parar a la plataforma y rebotó. Fue entonces cuando uno de los ayudantes del verdugo, llamado Legros, cogió aquella cabeza por el pelo, y, en una vil adulación a la multitud, le dio una bofetada. Pues bien, les digo que con aquella bofetada la cabeza se ruborizó: la cabeza, no la mejilla, yo lo vi, ¿me oyen? No la mejilla tocada, sino las dos mejillas, y con rubor igual, porque el sentimiento vivía en aquella cabeza y se indignaba de haber sufrido una vergüenza que no podía detener.
    También el pueblo vio aquel rubor, y tomó el partido de la muerta contra el vivo, de la supliciada contra el verdugo. Acto seguido se pidió venganza por aquella indignidad, y acto seguido el miserable fue entregado a los gendarmes y llevado a prisión.
    Yo quería saber qué sentimiento había podido llevar a aquel hombre al infame acto que había cometido. Me informé del lugar en que estaba; pedí permiso para visitarlo en la Abbaye, donde lo habían encerrado, lo obtuve y fui a verle.
    Una sentencia del tribunal revolucionario acababa de condenarle a tres meses de prisión. Él no comprendía que fuera condenado por una cosa tan natural como la que había hecho.
    Le pregunté qué había podido llevarle a cometer aquella acción.
    -¡Bonita pregunta! -dijo-. Soy maratista; acababa de castigarla por cuenta de la ley, quise castigarla por mi cuenta.
    -Pero -le dije- ¿no ha comprendido que hay casi un crimen en esta violación del respeto debido a la muerte?
    -¡Ah! -me dijo Legros mirándome fijamente-; pero ¿usted cree que están muertos porque se les haya guillotinado?
    -Desde luego.
    -Bueno, se ve que usted no mira en la canasta cuando están todos juntos; que no les ve volver los ojos y rechinar los dientes hasta cinco minutos después de la ejecución. Nos vemos obligados a cambiar de canasta cada tres meses, por la forma en que destrozan el fondo con los dientes. Es un montón de cabezas de aristócratas, que no quieren decidirse a morir; y no me extrañaría que un día alguna se pusiera a gritar: ¡Viva el rey!
    Sabía todo lo que quería saber: salí perseguido por una idea: que, en efecto, aquellas cabezas todavía vivían, y decidí asegurarme.


                                                                               Alexandre Dumas

Dejad a los muertos en paz

¡No intentéis jamás despertar a los muertos!
Que de niebla los muertos cubren la faz del día;
pues ya sobre esta tierra ninguna luz envía,
lo que en la tumba yace con los párpados yertos.
¡Que en su estrecho ataúd duerman eternamente!
Los muertos con voz pútrida desde el sepulcro llaman
y envenenan la sangre de los seres que aman;
ni los rayos del sol, ni el rocío paciente,
ni el mágico perfume de dulces primaveras,
han de hacer que su sangre se renueve de veras.
Si una vez de la vida fue apartada una cosa,
de la vida enemiga siempre va a resultar;
el necio que despierte al que en sueños reposa,
a la paz de su alma deberá renunciar.

Ernst Raupach; Traducción de Ricardo Ibarlucía