lunes, 17 de junio de 2013

La piedra de las estrellas

Hace 500 años, un meteorito cayó no muy lejos de la ciudad alemana de Enzisheim, en el alto Rin. La gente de la ciudad lo encadenó a la pared de su iglesia, de forma que nadie pudiera llevarse aquel regalo del cielo, y sobre el mismo cincelaron la inscripción: <<Muchos saben mucho acerca de esta piedra, todo el mundo sabe algo, pero nadie sabe lo suficiente.>>
    A menudo, cuando pienso en la historia del meteorito del Pamir, recuerdo esta vieja inscripción. Sí, sé mucho de él, quizá más que nadie, pero en absoluto lo sé todo. No obstante, los hechos más sobresalientes de este espectacular fenómeno permanecen muy claros en mi memoria.
    Fue hace seis meses cuando las primeras noticias acerca del meteorito aparecieron en los periódicos: una breve reseña acerca de que un gran meteorito había caído en el Pamir. De inmediato sentí despertarse mi curiosidad.
    Uno podría pensar que la caída de un meteorito apenas si puede interesar a un bioquímico. Sin embargo, los bioquímicos esperamos ansiosos los informes sobre caídas de meteoritos, pues esos fragmentos de <<piedra celestial>> nos dicen mucho acerca del origen de la vida en la tierra. En otras palabras, estudiamos los hidrocarbonos hallados en los meteoritos.
    La siguiente información periodística acerca del meteorito del Pamir anunciaba que una expedición lo había localizado y lo había bajado con helicóptero desde donde se hallaba, a una altura de cuatro mil metros. Era un gran trozo de roca de unos tres metros de largo y que pesaba más de cuatro toneladas.
    Acababa de leer la noticia, tomando nota mentalmente de llamar a Nikonov por la mañana, cuando sonó el teléfono. Era Nikonov.
    Antes de proseguir, déjenme decirles que Eugeni Nikonov, al que conocía desde la escuela, era un hombre muy recatado y moderado. No recuerdo haberlo visto jamás excitado o nervioso. Pero ahora, en cuanto comenzó a hablar, pude darme cuenta de que había sucedido algo fuera de lo normal. Tenía la voz ronca, y su modo de hablar era tan incoherente que me llevó algún tiempo comprender lo que estaba diciendo.
    De lo único que me enteré fue de que debía ir de inmediato, sin demora alguna, al Instituto de Astrofísica.
    Llamé a un coche y, al cabo de unos minutos, recorríamos a toda prisa las tranquilas y desiertas calles. Caía una suave llovizna, y las luces coloreadas de los anuncios de neón se reflejaban sobre el pavimento. Mientras atravesábamos la dormida ciudad, pensé en todos aquellos que no dormían en aquella hora avanzada, aquellos que, con sus microscopios, tubos de ensayo y libros de notas repletos de hileras de fórmulas, estaban buscando tenazmente nuevos conocimientos. Pensé en todos los descubrimientos que se estaban haciendo, cambiando la forma de vivir y abriendo nuevos horizontes a la asombrada mirada del hombre.
    El alto edificio del Instituto de Astrofísica estaba profusamente iluminado. Se me ocurrió que quizá el meteorito del Pamir tuviera que ver con aquella actividad, pero deseché la idea. ¿Qué podía haber de inusitado en un meteorito para ocasionar tal ansiedad?
    El Instituto zumbaba como un nido de avispas. La gente corría arriba y abajo por los pasillos, con un aire de excitación mal reprimida. Por las puertas semiabiertas se podía oír el sonido de animadas voces. Fui directamente a la oficina de Nikonov. Me recibió en la puerta. Debo admitir que hasta aquel momento no había dado mucha importancia a su llamada nocturna. Después de todo, los científicos acostumbramos exagerar nuestros éxitos y nuestros fracasos. Yo mismo he deseado a menudo gritar por los tejados cuando, tras interminables experimentos, he logrado al fin algún resultado ansiado.
    Pero Nikonov... Uno tenía que conocerlo tan bien como yo para darse cuenta de lo agitado que estaba.
    Me estrechó en silencio la mano y, con aquel rápido y nervioso saludo, me comunicó parte de su excitación.
    -¿El meteorito del Pamir? -pregunté.
    -Sí -respondió.
    Sacó un montón de fotografías y las extendió ante mí. Eran fotos del meteorito. Las examiné cuidadosamente, no sabiendo qué esperar, aunque ya estaba preparado a que fuese algo extraordinario.
    No obstante, el meteorito tenía el mismo aspecto que docenas de otros que había visto personalmente o en foto: un trozo irregular de lo que parecía ser una piedra porosa, con las aristas fundidas.
    Le devolví las fotos a Nikonov. Éste agitó la cabeza y me dijo, con una voz extraña y apagada:
    -No es un meteorito. Bajo la piedra que sirve de cobertura hay un cilindro de metal. Dentro de ese cilindro hay un ser vivo.

Recordando los acontecimientos de aquella noche memorable, me sorprende el que tardase tanto en comprender el significado de las palabras de Nikonov. Sin embargo, era bastante simple, aunque la misma simplicidad hacía que el asunto pareciera tan irreal, tan fantástico.
    El meteorito resultó ser una nave espacial. La envoltura pétrea exterior, que sólo tenía unos siete centímetros de grueso, servía de escudo a un cilindro hecho de algún metal oscuro y pesado. Nikonov supuso (como se confirmó luego) que el escudo de piedra estaba destinado a servir como protección contra los meteoritos y para evitar el sobrecalentamiento. Lo que yo había tomado por porosidad de la piedra eran los impactos producidos por los meteoritos. A juzgar por el gran número de los que se veían en la nave espacial, ésta debía de haber estado muchos años en camino.
    -Si el cilindro fuera de metal sólido -me dijo Nikonov- pesaría como mínimo veinte toneladas. Tal como están las cosas, pesa algo menos de dos. Hay algunos cables delgados en tres puntos del mismo. Están rotos, lo que sugiere que algún aparato situado fuera del cilindro resultó arrancado durante la caída. Un galvanómetro conectado a los extremos rotos de los cables señaló impulsos eléctricos débiles.
    -Pero, ¿por qué está tan seguro de que hay un ser vivo dentro del cilindro? -objeté-. Lo más probable es que se trate de algún mecanismo automático.
    -No, está vivo -respondió rápidamente-. Da golpes.
    -¿Golpes? -hice eco, asombrado.
    -Sí. -La voz de Nikonov temblaba-. Cuando uno se acerca al cilindro, lo que sea que está dentro empieza a golpear. Parece ser capaz de ver, de alguna manera...
    Sonó el teléfono. Nikonov tomó el receptor. Vi como su rostro cambiaba.
    -El cilindro ha sido sometido a pruebas con ultrasonidos -dijo, colgando lentamente el auricular-. El metal tiene menos de veinte milímetros de grosor. No hay metal dentro...
    Me pareció que había algún fallo en el razonamiento de Nikonov.
    -Pero no creerá -objeté- que un cilindro de menos de tres metros de largo y de unos sesenta centímetros de diámetro es lo bastante grande como para acomodar a un ser vivo, y no hablemos del agua, comida y acondicionamiento especial de aire que le serán necesarios.
    -Espere -dijo Nikonov-. En unos quince minutos iremos a verlo por nosotros mismos. Estamos esperando a otra persona. El cilindro está siendo instalado en una cámara sellada.
    -Pero tiene que admitir que su suposición es un tanto fantástica -insistí-. No puede haber seres humanos en su interior.
    -¿Qué es lo que quiere decir exactamente con eso de seres humanos?
    -Bueno, seres pensantes.
    -¿Con brazos y piernas? -por primera vez, Nikonov sonrió.
    -Bueno, pues sí -repliqué.
    -No, naturalmente que no hay seres así en la nave espacial -dijo-. Pero de todas maneras hay seres vivos. Aunque será difícil imaginarse qué aspecto deben de tener.
    No podía estar de acuerdo. Le recordé cómo los europeos, antes de la época de los grandes descubrimientos, se habían imaginado a los habitantes de las tierras desconocidas. Habían pintado hombres con seis brazos, con cabeza de perro, enanos, gigantes. Y se encontraron con que en Australia y en América y en Nueva Zelanda la gente era exactamente igual que en Europa. Las mismas condiciones de vida y las leyes de la evolución llevan a idénticos resultados.
    -Exactamente -dijo Nikonov-. Pero, ¿qué le hace pensar que aquí nos encontramos con condiciones de vidas similares a las nuestras?
    Le expliqué que la existencia y desarrollo de las formas superiores de proteínas sólo es posible dentro de unos estrechos márgenes de temperatura, presión y radiación. Por consiguiente, se puede suponer que la evolución del mundo orgánico siga tramas similares en todas partes.
    -Mi querido amigo -me dijo Nikonov-, es usted un importante bioquímico, la mayor autoridad en síntesis bioquímica -me hizo una burlona reverencia, poseído de nuevo por su habitual estado tranquilo y flemático-. En lo que se refiere a la síntesis de las proteínas, estoy totalmente de acuerdo con usted. Pero me perdonará si le digo que uno puede saber mucho acerca de hacer ladrillos sin saber bastante de arquitectura.
    No me ofendí. Hablando francamente, nunca había pensado demasiado en la evolución de la materia orgánica en otros planetas. Después de todo, aquél no era mi campo.
    -La concepción medieval de los hombres con cabeza de perro que vivían en el otro extremo del mundo resultó ser una tontería -prosiguió Nikonov-. Pero, con excepción del clima, las condiciones de nuestro planeta son más o menos iguales en todas partes. Y, donde son distintas, el hombre también es distinto. En los Andes peruanos, a una altitud de tres kilómetros y medio, vive una tribu de indios enanos cuyo peso medio no es superior a los cincuenta kilos, pero cuya capacidad pectoral es vez y media la de un europeo. El proceso de adaptación de la vida a la tenue atmósfera de las montañas ha cambiado gradualmente las características físicas del organismo. Ahora imagínese cuán diferentes a las de nuestro planeta pueden ser las condiciones de vida de otros mundos. Para empezar, tenemos la fuerza de la gravedad. En Mercurio, por ejemplo, la fuerza de la gravedad es una cuarta parte de la de la Tierra. Si existiera gente en Mercurio, no tendría necesidad de unas extremidades inferiores muy desarrolladas. Y en Júpiter la fuerza de la gravedad es muy superior a la de la Tierra. Por lo que sabemos, bajo tales condiciones, la evolución de los vertebrados no habría llevado en absoluto a una posición vertical del cuerpo.
    Vi un fallo obvio en aquella argumentación, y aproveché la oportunidad:
    -Mi querido amigo -le dije-, es usted un prominente astrofísico, la mayor autoridad que existe sobre análisis espectral de las atmósferas estelares. Mientras se limite a los planetas, estoy totalmente de acuerdo con usted, pero uno puede saberlo todo acerca de cómo hacer ladrillos... Lo que quiero decir es que ha olvidado las manos: sin manos no puede haber trabajo, y es el trabajo el que ha creado al hombre. Pero si el cuerpo tiene la posición horizontal, se necesitarían las cuatro extremidades como apoyo.
    -Sí, pero ¿por qué tiene que ser cuatro el límite?
    -¿Hombres con seis miembros?
    -Quizá. En los planetas en los que la fuerza de la gravedad es muy grande, probablemente los vertebrados se desarrollarían en este sentido. Pero hay otros factores. Por ejemplo, las condiciones de la superficie del planeta. Si la Tierra hubiera estado permanentemente cubierta por los océanos, la evolución del mundo animal hubiera tomado un camino completamente distinto.
    -¿Sirenas? -sugerí jocosamente.
    -Es posible -replicó imperturbable Nikonov-. La vida en el océano está evolucionando constantemente, aunque lo haga con más lentitud que en tierra firme. Hay ciertas cosas esenciales a todos los seres racionales, vivan donde vivan: un cerebro desarrollado, un sistema nervioso complejo, y órganos que les permitan trabajar y moverse. Pero esto no nos sirve en absoluto para hacernos una verdadera idea de su apariencia en general.
    -Pero seguramente -insistí no queriendo darme por vencido-, ¿no es bastante probable el que seres vivos similares a nosotros puedan vivir en planetas con condiciones semejantes a las del nuestro?
    -No es imposible -admitió-, pero es altamente improbable. No considera un factor muy importante: el tiempo. La apariencia del hombre cambia. Hace diez millones de años, nuestros antepasados tenían cola y una frente estrecha. ¿Cómo podemos saber qué aspecto tendrán los hombres dentro de diez millones de años? Sería absurdo suponer que el aspecto del hombre ya no cambiará más. Ha hablado usted de aspectos similares. Ciertamente, hay planetas con condiciones similares a las nuestras, pero es bastante poco probable que la evolución de los seres racionales en esos planetas coincida con la nuestra en el tiempo. En otras palabras, mi querido amigo: <<Hay más cosas en el cielo y en la tierra...>>

No puedo recordar todos los detalles de aquella conversación. Hubo numerosas interrupciones: el teléfono sonaba constantemente, la gente entraba y salía a la carrera de la habitación, y Nikonov no dejaba de consultar su reloj. No obstante, recordándolo ahora, me parece que aquella conversación fue en sí misma muy significativa. Por fantásticas que parecieran nuestras hipótesis, la realidad excedió nuestra más loca imaginación.
    Ahora, todo me parece muy simple. Si una nave de otro sistema planetario nos había alcanzado tras atravesar el espacio sin límites, eso quería decir que los conocimientos de ese ignorado planeta habían llegado claramente a un grado mucho más allá de nuestras concepciones terrestres. Este solo hecho debería habernos advertido que no saltásemos a conclusiones apresuradas.
    La llegada del académico Astajov, especialista en medicina astronáutica, interrumpió nuestra conversación.
    -¿Qué clase de motor tiene? -preguntó desde la puerta.
    Se quedó en ella, con la mano haciendo bocina tras su oído, esperando la respuesta.
    Me irrité conmigo mismo por no haber hecho aquella pregunta tan obvia. La respuesta podía decirnos muchas cosas: el nivel técnico de los recién llegados, la distancia que habían recorrido, cuánto tiempo habían pasado en el espacio, qué límites de aceleración podían soportar sus cuerpos.
    -No hay motor -dijo Nikonov-. El cilindro metálico dentro de la piedra es totalmente liso.
    -¿No hay motor? -repitió Astajov. Meditó en silencio durante unos minutos, con una expresión de profundo asombro en su rostro-. Pero en ese caso... en ese caso tiene que poseer un motor gravitatorio.
    -Sí -asintió Nikonov-. Probablemente ésa sea la respuesta.
    -¿Puede moverse una nave mediante la gravitación? -pregunté.
    -Teóricamente sí -replicó Nikonov-. No hay ninguna fuerza natural que el hombre no pueda llegar a comprender y dominar. Sólo es cuestión de tiempo. Cierto, hasta ahora sabemos bien poco acerca de la gravitación. Conocemos la ley de Newton: cada cuerpo en el universo atrae a todos los demás cuerpos con una fuerza que es directamente proporcional al producto de sus masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre sus centros. Sabemos, al menos teóricamente, que el único límite a la aceleración gravitatoria es la velocidad de la luz. Pero eso es casi todo. La causa, la naturaleza de la gravitación... eso es algo que desconocemos.
    El teléfono sonó de nuevo. Nikonov tomó el receptor, habló brevemente y colgó.
    -Vengan -nos dijo-. Nos están esperando.
    Salimos al pasillo.
    -Algunos físicos creen que la gravitación es una propiedad de un tipo específico de partículas llamadas gravitones. No estoy muy seguro de esa hipótesis. Pero si es cierta, entonces los gravitones deberían ser tan pequeños comparados con los núcleos atómicos como lo son los núcleos atómicos en comparación con los objetos visibles. La concentración de energía tendría que ser inconmensurablemente mayor en tales diminutas dimensiones que en el núcleo atómico.
    Nos apresuramos a bajar una empinada escalera en espiral que llevaba hasta el piso bajo, y luego seguimos por un estrecho pasillo. Un grupo de personal del Instituto estaba esperándonos junto a una enorme puerta metálica. Alguien apretó un botón, y la puerta se descorrió lentamente.
    Allí estaba la astronave: un cilindro de algún metal oscuro y muy liso, sostenido sobre dos pilastras. La cobertura exterior de la piedra, agrietada por varias partes, había sido retirada. Tres finos cables colgaban de la base del cilindro.
    Nikonov, que estaba más cerca que nadie del cilindro, dio un paso hacia él, y de inmediato sonó un apagado golpear que procedía de su interior. Sugería la presencia de alguna criatura viva. Se me ocurrió que podía ser algún animal... después de todo, ¿no habíamos enviado nosotros monos, perros y conejos en nuestras propias naves espaciales?
    Nikonov se apartó, y los golpes cesaron. En el silencio que siguió se pudo oír claramente la ronca respiración de alguien.
    Cosa extraña, en ningún momento pasó por mi mente la idea de que había amanecido una nueva era para la ciencia. Fue sólo más tarde, al recordar la escena, cuando me di cuenta de que tenía grabado cada detalle en mi memoria: la habitación de techo bajo bañada por la luz eléctrica, y en el centro de la estancia el oscuro y brillante cilindro y las tensas y excitadas caras de los hombres reunidos a su alrededor.
    Nos pusimos a trabajar de inmediato. Era tarea de los ingenieros el determinar qué era lo que había dentro del cilindro; la de Astajov y mía el cuidar de una protección biológica en ambos sentidos: proteger a los seres vivos del interior de nuestras bacterias terrestres, y a nosotros mismos de cualquier bacteria que pudiera contener la nave espacial.
    No sé exactamente cómo llevaron a cabo los ingenieros su parte del trabajo. No tuve tiempo para mirar lo que estaban haciendo. Sólo recuerdo que sometieron al cilindro a ultrasonidos y a radiaciones gamma. Astajov y yo nos dedicamos a trabajar en el problema biológico. Tras algunas discusiones (la sordera de Astajov complicaba la situación), se decidió abrir el cilindro con manipuladores operados a distancia. La cámara sellada en que se hallaba la nave espacial sería sometida a rayos ultravioleta.
    Trabajamos a toda velocidad, conscientes de que el ser vivo del interior esperaba nuestra ayuda. Hicimos todo lo que humanamente era posible.
    Los manipuladores, utilizando un soplete de hidrógeno, cortaron cuidadosamente el casco metálico exterior de la nave. A través de troneras en la pared de cemento de la habitación, contemplamos la maravillosa exactitud y precisión con que trabajaban las grandes manos mecánicas. Lentamente, centímetro tras centímetro, la llama del soplete cortó el extraño y altamente refractario metal, hasta que pudo ser extraída la base del cilindro.
    Lo que yacía en su interior era, si no un ser vivo, sí al menos materia viva: un gigantesco cerebro, pulsante de vida.

Uso la palabra <<cerebro>> únicamente por falta de otro término que describa lo que vi. Durante un instante me pareció una réplica exacta, aunque aumentada, de un cerebro humano. No obstante, tras un examen más profundo, vi que me había equivocado: era sólo parte de un cerebro. Lo que faltaba, como descubrimos más tarde, eran todas esas partes, todos esos centros que gobiernan las emociones y los instintos. Además, sólo tenía unos pocos de los innumerables centros <<pensantes>> del cerebro humano, aunque éstos estaban tremendamente aumentados.
    Para ser más exactos, era una máquina computadora que utilizaba materia cerebral artificial en lugar de los habituales componentes electrónicos. Me di cuenta de esto de inmediato, a través de un gran número de pequeñas indicaciones, y luego mi suposición demostró ser correcta.
    En algún lugar, en algún planeta desconocido, la ciencia había avanzado mucho más que la nuestra. En la Tierra, sólo hemos empezado a sintetizar las moléculas proteínicas más simples. Ellos han logrado sintetizar las formas más superiores de materia orgánica. Nosotros, los bioquímicos, también estamos trabajando hacia ese fin, pero aún estamos muy lejos de la meta.
    Debo admitir que el contenido de la astronave constituyó una gran sorpresa para nosotros. Para todos, excepto para Astajov. Éste fue el primero que recuperó la palabra.
    -¡Ahí lo tienen! -exclamó-. ¡Exactamente lo que yo había predicho! Recordarán que hace dos años escribí que las distancias interestelares eran demasiado grandes para el hombre, que sólo las naves espaciales que operan de una forma totalmente automática pueden llevar a cabo viajes desde un universo-isla a otro. ¡Automáticas! ¿Con máquinas electrónicas? No, demasiado complicado. No hay nada que hacer. Lo que se necesita es el más perfecto de los mecanismos: el cerebro. Hace dos años escribí acerca de esto, pero algunos bioquímicos no estuvieron de acuerdo. Dije que para los viajes interestelares necesitábamos bioautómatas, capaces de una regeneración celular...
    Desde luego, Astajov había publicado hacía dos años un artículo en el que presentaba esta idea. Confieso que me había parecido totalmente fantástico. Y sin embargo, había tenido razón. Había previsto la necesidad de sintetizar la forma más alta de la materia: el tejido cerebral, anticipando así el progreso científico en muchos siglos.
    Debe admitirse que los científicos que trabajamos en campos muy especializados mostramos poca imaginación en predecir el futuro. Estamos demasiado ocupados con lo que estamos haciendo en el momento actual para prever cómo serán las cosas del porvenir. Hay automóviles hoy en día, y dentro de cien años también los habrá. Sólo que con velocidades mucho mayores. Similarmente, no podemos imaginar que el aeroplano del futuro difiera gran cosa del actual, excepto en el asunto de la velocidad. Pero, ay, eso sólo muestra lo limitada que es nuestra visión. Y es por esto por lo que la forma del futuro puede ser prevista de un modo más claro por los no especialistas.
    A veces, ese futuro parece totalmente increíble, absolutamente fantástico e inalcanzable. ¡Sin embargo, llega! Heinrich Hertz, que fue el primero que estudió las vibraciones electromagnéticas, rechazó la idea de la comunicación inalámbrica, y sin embargo, unos años más tarde, Alexander Popov inventó la radio.
    Sí, yo no había creído en la idea de Astajov. Para lograr producir bioautómatas, deberían ser resueltos algunos problemas tremendamente complejos. Tendríamos que aprender a sintetizar las formas más elevadas de proteínas, aprender a controlar los procesos bioelectrónicos, inducir a la materia viva y a la inerte a que trabajasen juntas. Todo esto me parecía pertenecer al campo de la más descabellada fantasía. Sin embargo, allí mismo, ante nuestros ojos, se hallaba el lejano futuro. Ciertamente, era el fruto de la labor de los hombres de un planeta que no era el nuestro, pero no obstante constituía una confirmación tangible de la gran verdad de que no se pueden hallar límites para el conocimiento humano, ni idea demasiado atrevida que no pueda ser llevada a cabo.
    No sabíamos nada acerca de la atmósfera del interior del cilindro y cómo la nuestra podía afectar al cerebro artificial. Por consiguiente, habíamos dispuesto compresores y depósitos de gas para ajustar la atmósfera dentro de la cámara sellada a la del cilindro. Cuando se abrió éste, resultó que la atmósfera de su interior consistía en un quinto de oxígeno y cuatro quintos de helio, a una presión una décima parte mayor que la de la Tierra. El cerebro continuó pulsando, aunque quizá un poco más aprisa que antes.
    Se oyó un sonido gimiente cuando los compresores entraron en acción para elevar la presión. Había terminado la primera etapa del trabajo.
    Subí a la oficina de Nikonov. Llevé su sillón hasta la ventana y alcé las cortinas. En el exterior, el atardecer caía sobre la ciudad. Llegaba de nuevo la noche, la segunda desde que había sido llamado al Instituto. Y sin embargo me parecía llevar allí tan sólo unas pocas horas.
    Así que la atmósfera de la nave espacial era de un veinte por ciento de oxígeno: la misma que la atmósfera de la Tierra. ¿Era eso fortuito? No. Ésa era exactamente la concentración que el organismo humano necesita. Por consiguiente, debía haber algún tipo de sistema circulatorio en la nave espacial. Pero si una parte de ese cerebro moría, la circulación quedaría rota y todo el cerebro moriría.
    Esa idea me hizo apresurarme a bajar de nuevo.

Mientras recuerdo nuestros esfuerzos por salvar al cerebro artificial, me siento de nuevo embargado por una sensación de impotencia y amargura.
    ¿Qué podíamos hacer? Nada. Nada excepto mirar, inermes, mientras el cerebro que nos había llegado del espacio exterior, el cerebro creado por los habitantes de otro mundo, expiraba con lentitud.
    La parte inferior se secó y ennegreció. Sólo la parte superior permaneció pulsantemente viva. Cuando alguien se acercaba a ella, la pulsación se hacía rápida y febril, como si el cerebro estuviera pidiendo frenéticamente ayuda.
    Ahora ya sabíamos cómo recibía su suministro de oxígeno. Como yo había supuesto, respiraba con ayuda de un compuesto químico semejante a la hemoglobina. También estudiamos los aparatos que lo alimentaban, generaban el oxígeno y retiraban el anhídrido carbónico de la atmósfera.
    Y, a pesar de ello, no podíamos hacer nada para detener la destrucción de las células cerebrales. En algún lugar, en algún planeta desconocido, unos seres pensantes habían sido capaces de sintetizar la materia más altamente organizada: la materia cerebral. Habían creado un cerebro artificial, y lo habían enviado al espacio. No cabía duda de que muchos de los secretos del universo estaban almacenados en aquellas células cerebrales. Pero no podíamos descubrirlos: el cerebro moría ante nuestros propios ojos.
    Lo intentamos todo, desde los antibióticos hasta la cirugía. Nada sirvió.
    En mi calidad de Presidente de la Comisión Especial de la Academia de Ciencias, reuní en conferencia a mis colegas para tratar si cabía hacer alguna cosa más.
    Eran las horas inmediatamente anteriores al amanecer. Los científicos estaban sentados en la pequeña sala de conferencias en triste silencio, con sus rostros demacrados por la fatiga.
    Nikonov se pasó una mano por la cara como para alejar de sí el cansancio.
    -No podemos hacer nada -dijo con voz átona.
    Los demás confirmaron el trágico hecho.

Durante los seis días siguientes, mientras las pocas células restantes del cerebro artificial aún seguían viviendo, mantuvimos una observación constante. Es difícil enumerar lo que aprendimos en ese tiempo, pero lo más interesante fue el descubrimiento de la sustancia que protegía al tejido vivo de la radiación.
    La capa exterior de la espacionave era comparativamente delgada, y podía ser penetrada con facilidad por los rayos cósmicos. Esto nos había llevado desde el principio a buscar alguna sustancia protectora en las células del mismo bioautómata. Y la encontramos. Una diminuta concentración de esa sustancia inmuniza al cuerpo contra la radiación más poderosa. Este descubrimiento nos permitirá simplificar el diseño de nuestras propias naves espaciales. Elimina la necesidad de pesados escudos metálicos que cubran el reactor atómico, y acerca sobremanera la era de los viajes espaciales en naves movidas por energía atómica.
    También era extremadamente interesante el sistema de regeneración de oxígeno: una colonia de algas desconocidas para nosotros, y que pesaban menos de un kilogramo, que absorbían el anhídrido carbónico y expelían oxígeno, habían provisto a la nave de un apropiado <<acondicionamiento de aire>> durante muchos años.
    Pero éstos son descubrimientos puramente biológicos. Quizás aún sea más importante el conocimiento adquirido en la esfera de la ingeniería. Como Astajov había supuesto, la nave espacial era movida por un motor gravitatorio. Los ingenieros aún no han logrado comprender el principio del mecanismo, pero puede asegurarse ya que nuestros físicos tendrán que revisar sustancialmente sus ideas acerca de la naturaleza de la gravitación. Evidentemente, la época de la ingeniería atómica se verá sucedida por otra de la energía gravitatoria, cuando los hombres tengan una fuente de energía y unas velocidades mucho mayores a su disposición.
    El casco exterior de la nave espacial consistía en una aleación de titanio y berilio. A diferencia de las aleaciones habituales, toda la carcasa estaba hecha de un único cristal metálico. Hablando en forma simple, se puede decir que nuestros metales consisten en miríadas de cristales, y aunque cada uno de ellos es lo bastante fuerte, no se cohesionan demasiado bien. El futuro pertenece a los metales monocristalinos, que tendrán propiedades que aún debemos descubrir. Además, gobernando los sistemas de cristalización, el hombre dirigirá las propiedades ópticas, la durabilidad y la conductibilidad calórica a su voluntad.
    Sin embargo, el descubrimiento más importante de todos, aunque no haya sido descifrado todavía, se relaciona con el cerebro artificial. Los tres cables unidos al cilindro resultaron estar conectados al cerebro mediante un sistema de amplificación bastante complicado. Durante seis días, unos oscilógrafos muy sensibles registraron las corrientes del bioautómata. Estas corrientes no se parecían en nada a las del cerebro humano. Y fue en esto en lo que se manifestaba la diferencia entre el cerebro humano y el artificial. Después de todo, el cerebro de la espacionave no era esencialmente más que un artefacto cibernético, en el que las células vivas tomaban el lugar de los componentes electrónicos. A pesar de su estructura compleja, ese cerebro era inconmensurablemente más simple y especializado que el cerebro humano. Por consiguiente, sus señales eléctricas se parecían más a un código que a la trama extraordinariamente compleja de las biocorrientes del cerebro humano.
    En aquellos seis días se grabaron millones de metros de oscilograma. ¿Será posible descifrarlos? ¿Qué nos contarán? ¿Quizá la historia del viaje a través del espacio?
    Es difícil contestar a esas preguntas. Seguimos estudiando la espacionave, y cada día nos proporciona algún nuevo descubrimiento.
    Hasta ahora, muchos saben mucho acerca de esta piedra. Todo el mundo sabe algo, pero nadie sabe lo suficiente. Pero no está muy lejos el día en que se diluciden los últimos secretos de la piedra de las estrellas.
    Entonces, las naves espaciales movidas por motores gravitatorios partirán de la Tierra hacia las extensiones sin límites del universo. No irán tripuladas por seres humanos, pues la vida del hombre es breve y el universo es infinito. Las naves interestelares irán tripuladas por bioautómatas. Y, tras viajar millares de años por el espacio, tras alcanzar lejanos universos-isla, las naves regresarán a la Tierra, trayendo consigo la inextinguible llama del conocimiento.


                                                                                                         Valentina Zuravleva

domingo, 16 de junio de 2013

XENOSALUDES: Stephen Hawking recomienda no contactar con extraterrestres



El científico británico y astrofísico Stephen Hawking ha declarado en una serie televisiva para el canal Discovery que los extraterrestres "casi seguramente existen" aunque aconseja que los humanos eviten mantener el contacto con ellos.
El experto dijo que era "perfectamente racional" asumir vida inteligente en otros lugares, aunque advirtió de que los aliens posiblemente harían incursión en la Tierra para proveerse de recursos y luego se irían.
En esta línea, añadió que si los extraterrestres visitaran la Tierra el resultado sería similar a cuando Cristóbal Colón llegó a América, un encuentro en el cual los nativos del continente americano no fueron los más beneficiados.
Así, el profesor piensa que en lugar de tratar de comunicarse activamente con seres alienígenas los humanos deberían hacer todo lo posible por evitar el contacto. A su juicio, las personas sólo tienen que observarse a sí mismas para darse cuenta de cómo un organismo inteligente puede tornarse en algo que no se quisiera conocer.
Según explica la BBC, en el pasado se han enviado sondas al espacio con información acerca del planeta Tierra y de los seres humanos. Además, se han lanzado al Universo transmisiones de radio, con la esperanza de que sean captadas por alguna civilización alienígena.
"Para mi cerebro matemático sólo los números me hacen creer que la existencia de los extraterrestres es perfectamente posible. El gran reto es predecir qué forma tendrían los extraterrestres", agregó el científico británico, aunque indicó que, probablemente, la mayor parte de la vida en otros rincones del universo consistirá en simples microbios.

Europa Press; Madrid, 26/04/2010.

sábado, 15 de junio de 2013

Declaración de Don ...


    En Madrid, a 3 de abril de 1969.
    Ante S.S., con mi asistencia, compareció el expresado al margen, quien, enterado de la obligación que tiene de decir verdad y de las penas señaladas a los reos de falso testimonio, juró ser veraz en sus manifestaciones; preguntado por sus datos personales, dijo que se llamaba como ha expresado, de 32 años, profesión piloto de transporte, con domicilio en Madrid, calle ... nº ...
    PREGUNTADO por los hechos que han motivado esta información, dijo que, al alcanzar el nivel de vuelo 26.000 pies, el segundo piloto observó una luz extraña a la misma altura; se lo hizo notar al declarante, que llamó al Control de Barcelona para ver si había algún tráfico en su ruta. A lo que el Control contestó negativamente. Al observar la luz más detalladamente, vieron que cambiaba de intensidad alternativamente, pasando de un color rojo brillante a un color blanco brillante, con una periodicidad de unos 10 a 15 segundos. Intentaron enlazar con el Radar Militar en frecuencia 125/5 (Canal de Emergencia), no consiguiendo enlazar con ningún centro-radar. Solamente con las torres de control civil. A través de las torres de Barcelona, que estaban en contacto por teléfono con Embargo, notificaron a éste su posición y la situación aproximada del objeto que estaban viendo, hasta poco antes de desaparecer el objeto que enlazaron con Embargo directamente en frecuencia 123/1. El objeto se mantuvo durante unos 15 minutos a la altura aproximada del avión. Al cabo de los cuales realizó un descenso rápido, aparentemente hasta el suelo, volviendo a la posición que tenía antes con respecto al avión. Se alejó aparentemente hasta que vieron un punto muy lejano, volviéndose a acercar un poco más de un minuto a una posición más cercana de la que antes tenía; dice esto porque antes no apreciaron forma y en esta ocasión ofrecía la de un triángulo con los vértices iluminados. Se mantuvo durante tres o cuatro minutos aparentemente a la misma marcha del avión y desapareció definitivamente, disminuyendo paulatinamente de intensidad hasta parecer un punto en la lejanía.
    PREGUNTADO por el día y la hora, contestó: que fue el día 25 de febrero último a las 22:20 horas locales (21:20 Z).
    PREGUNTADO cómo empezó a verlo, contestó: que le avisó el segundo piloto y lo vio situado con respecto al eje longitudinal del avión de <<doce y media a una>>.
    PREGUNTADO qué rumbo magnético mantenía en ese momento, dice: que 288º.
    PREGUNTADO quién llevaba los mandos del avión en dicho momento del avistamiento contesta: que el piloto automático, vigilado por el segundo piloto.
    PREGUNTADO si durante todo el tiempo de la observación del objeto extraño quitaron el piloto automático, dice: que no, que continuó puesto.
    PREGUNTADO si llevaba corrección de deriva, contesta: que no.
    PREGUNTADO por el nivel de vuelo, dice: que 260 (26.000 pies).
    PREGUNTADO qué situación meteorológica encontraron en la ruta hasta el momento del fenómeno, contesta: que despejado y noche clara.
    PREGUNTADO qué situación tenía el avión, dice: que a 80 millas de la costa.
    PREGUNTADO por la situación meteorológica en el resto del viaje, dice: que había algunos bancos de niebla o nubes bajas pegadas al suelo.
    PREGUNTADO a qué hora llegaron a Madrid, contesta: que a las 22:00 (Z).
    PREGUNTADO si permaneció el objeto siempre en la misma situación, manifiesta: que daba la sensación de que se alejaba un poco hacia la derecha.
    PREGUNTADO por qué notaba la sensación de alejamiento, dice: que porque disminuía la luz.
    PREGUNTADO si vio algún otro objeto brillante por esa zona, contesta: que no.
    PREGUNTADO por el tamaño, manifiesta: que unos 10 centímetros, aproximadamente.
    PREGUNTADO si fueron cronometrados los destellos o cambios de luz, dice: que los cambios de luz tenían lugar cada 10 o 15 segundos, pasando de rojo brillante a blanco brillante.
    PREGUNTADO en qué se funda para decir que bajó de altura hasta el suelo y volvió a subir verticalmente, contesta: que la sensación visual fue de que el objeto extraño descendía, no pudiendo precisar si era hasta el suelo, y volvía otra vez a la situación anterior.
    PREGUNTADO por el tiempo que duró el fenómeno, dice: que aproximadamente unos veinte minutos.
    PREGUNTADO cómo dejó de verlo, manifiesta: que poco a poco, a una velocidad bastante grande, aparentemente, dirigiéndose hacia el NE.
    PREGUNTADO qué otros miembros de la tripulación vieron el fenómeno, contesta: que lo vieron el segundo piloto y el mecánico y cree que también una azafata.
    PREGUNTADO si igualmente declaró alguna vez que del objeto salían extraños reflejos que se podían observar como si fueran ventanillas u otra salida, ya que a cada zona luminosa correspondía intercalada una zona oscura, contesta: que no y que no es verdad que se viera así.
    PREGUNTADO si dijo alguna vez que el objeto volviera a reaparecer en las proximidades del punto final del vuelo, manifiesta: que no.
    PREGUNTADO si puede dar algún dato más aclaratorio, dice: que las estrellas se veían bastante difuminadas porque había luna casi llena y la teníamos situada en cola.
    PREGUNTADO si tiene algo más que manifestar, dijo: que no.
    En este estado, el señor Juez dio por terminada esta declaración y leída por mí, el Secretario, por haber renunciado a hacerlo por sí, después de enterado del derecho que le asiste, se afirma y ratifica en ella y la firma con S.S., de lo que doy fe.


                Extracto sobre el informe de un fenómeno aéreo observado el día 25 de febrero de 1969, durante un vuelo Palma-Barajas. (fragmento)

jueves, 13 de junio de 2013

Roswell Daily Record


8 de Julio de 1947

Contesta von Däniken

Pregunta nº 86 formulada a Erich von Däniken en una de sus conferencias públicas en foro universitario: ¿Por qué ataca usted siempre a los arqueólogos? ¿Qué tiene contra ellos?

Se equivoca usted, señor mío. No tengo nada contra <<los arqueólogos>>, así, en general. Soy muy escrupuloso, tal vez más que mis adversarios, en cuanto a respetar las opiniones de los demás. He conocido a muchos arqueólogos que son personas íntegras y tratables. Son mis más constantes interlocutores. No obstante, muchos tienen una idea algo exagerada de su profesión. Y otra cosa: ningún arqueólogo ataca a otro. A veces se diría que apoyan las opiniones de sus colegas sólo por serlo, aun sospechando que sean erróneas. Contra la arqueología en general, en tanto que ciencia, poco tengo que objetar. Muy al contrario, puesto que me interesa ganarla para mi causa. Permítanme aducir un pequeño ejemplo para explicar mejor lo cerca que estoy de la arqueología: Supongan ustedes que mañana por la tarde aterriza en la plaza principal de Zurich un vehículo espacial extraterrestre. Las gentes se agolpan a millares para verlo. Entonces se abre el objeto volador desconocido, y salen diez hombrecillos verdes que se encaminan directamente al Ayuntamiento. Allí conversan durante cinco o séis horas con nuestros políticos, científicos, ingenieros y teólogos. Al anochecer, los hombrecillos verdes regresan a su nave espacial y desaparecen para siempre jamás.
    Pasan tres mil años.
    Zurich será ya sólo un montón de ruinas. Al menos, eso es lo que nos enseña la experiencia histórica. Van los arqueólogos y desentierran los restos de lo que fue la ciudad de Zurich en 1978. Aquí y allá encuentran pedazos de ropas, con los que reconstruyen las modas suizas de 1978. Rascan ollas y sartenes para analizar los residuos de alimentos, o encuentran una nevera enterrada. Así rehacen los arqueólogos el menú de los hábitos alimenticios de 1978. Desentierran máquinas y herramientas que les permiten sacar conclusiones acerca del nivel técnico suizo de 1978. Analizan los restos de las paredes y determinan cómo se construía en Zurich en 1978. Ya conocemos esos métodos. Poco a poco, los laboriosos arqueólogos conseguirán hacerse una idea de cómo era Zurich en 1978. Hay que descubrirse ante los resultados. Hasta aquí no tengo nada que objetar.
    Ahora bien: por más que busquen, los arqueólogos de dentro de tres mil años nunca podrán averiguar que en 1978 aterrizó en medio de Zurich un vehículo espacial. Tal acontecimiento escapará a sus pesquisas. Ningún resto permite deducir que los hombrecillos verdes tuvieron una reunión en el Ayuntamiento con las fuerzas vivas de la ciudad. Posiblemente observarán que a partir de determinada época cambió de orientación toda la investigación técnico-científica, que súbitamente adquirió dimensiones muy diferentes el pensamiento religioso. También sería posible que los arqueólogos del futuro hallasen algún testimonio artístico del suceso. Quizá se rasquen la coronilla frente a algún relieve, preguntándose cómo los artistas de 1978 representaron un extraño objeto volador en medio de la ciudad, o flotando sobre la silueta de la ciudad.
    Como los métodos no habrán cambiado ni siquiera dentro de tres mil años (probablemente), acabarán por convenir en que aquella representación extraña era el símbolo abstracto de alguna divinidad. De este modo quedará relegada a los dominios de la mitología.
    ¡Ya ven ustedes qué poco es lo que me separa de las conclusiones de la ciencia arqueológica! Acepto las interpretaciones en base a piezas materiales que permiten reconstruir la vida cotidiana de nuestros antepasados. Sólo que los acontecimientos inusitados, por desgracia, no tienen cabida en el esquema de este rompecabezas. Siempre que en nuestro pasado han ocurrido súbitas revoluciones científicas y técnicas, siempre que ha ocurrido algo incomprensible, se ha tratado de explicar lo inexplicable transfiriéndolo al sector de las religiones o mitologías. Nos llevaría demasiado tiempo el tratar de relacionar aquí todos los puntos de cambio súbito y misterioso del pasado humano, pero son suficientemente conocidos. Y todos han pasado al reino incontrolable de la fábula y la leyenda... pese a tener su origen en hechos de lo más sólido.
    Tal es, señor mío, <<la petite différence>>, como diría un francés, que me separa de los arqueólogos. Yo estaría de acuerdo con todas sus conclusiones si ellos se aviniesen a aceptar que en alguna época, en algún lugar de nuestro pasado tuvieron que producirse visitas extraterrestres, aunque no se hayan desenterrado aún los testimonios de tales visitas. ¿Quién nos dice que tales testimonios se encuentren enterrados? Si los arqueólogos hubiesen dejado espacio para esa posibilidad en su edificio lógico, no me sería preciso discutir con ellos. ¡Y por otra parte, esa <<concesión>> no rebajaría en nada el mérito de sus trabajos!

martes, 11 de junio de 2013

Adamski

¿Y si Adamski tuviera razón? Me he hecho esta pregunta en muchas ocasiones. Y debo reconocer que no sé qué pensar. No tengo pruebas de peso que borren mi desconfianza, pero tampoco quiero caer en el fanatismo seudocientífico de aquellos que niegan estos posibles contactos con seres del espacio, sin conceder siquiera la oportunidad de una exposición abierta de los hechos.
    ¿Qué puedo pensar entonces de lo sucedido en aquel jueves, 20 de noviembre de 1952, en el desierto de California?
    Según George Adamski -que había continuado con sus experiencias fotográficas desde Monte Palomar-, fue hacia las 12:30 de dicho jueves cuando tuvo su primer contacto personal con un hombre de otro mundo.
    <<Llegó en un platillo volante -cuenta Adamski- y el encuentro se celebró en el desierto de California, a 16 kilómetros de Desert Centre, en dirección a Parker (Arizona).>>
    Afirma el astrónomo aficionado que a lo largo de ese año de 1952, además de sus fotos, había hecho múltiples visitas al desierto, siempre pendiente de los posibles lugares donde podían haber descendido los ovnis.
    <<Pero siempre regresé con las manos vacías...>>
    En los últimos días de agosto, Adamski recibió en Palomar Gardens la visita del señor y la señora Bailey, de Winslow, Arizona. Eran grandes aficionados al tema de los <<platillos>> y, según le explicaron, los habían visto en algunas ocasiones. Le hablaron de otro matrimonio amigo -el doctor George Williamson y su esposa- igualmente interesados por el fenómeno.
    <<Poco después -explica Adamski-, mis cuatro nuevos amigos me visitaron en Palomar. Y tras permanecer unos días en mi casa me rogaron que les avisara si intentaba hacer un contacto con los "platos voladores".
    >>Así que el día 18 de noviembre por la noche les telefoneé, comunicándoles que pensaba marchar al día siguiente por la noche hacia Blythe, en California. Aceptaron y quedamos en encontrarnos el jueves, 20, por la mañana.>>
    Así fue. Adamski, que viajaba en compañía de su secretaria, Lucy McGinnis, y de la señora Alice K. Wells, encargada del café de Palomar Gardens, encontró a los dos matrimonios en el punto convenido de Blythe. Desayunaron y conversaron sobre la zona más propicia para emprender la aventura. Por fin se decidieron por Desert Centre. Tomaron la carretera que conduce a Parker y cuando habían recorrido unos 17 kilómetros, George propuso aparcar los coches y caminar por el desierto.
    Antes de emprender la exploración, el grupo resolvió tomar un bocado. Fue entonces cuando escucharon el ruido de un avión -un bimotor- que volaba sobre la cadena montañosa existente al otro lado de la carretera. Al alejarse, los expedicionarios vieron un gran objeto plateado, en la misma dirección por donde había surgido el avión. Tenía forma de cigarro puro y se mantenía a una gran altura, en completo silencio.
    De pronto, la gigantesca nave cambió a un color anaranjado. Adamski y sus compañeros la contemplaron con prismáticos y observaron que llevaba una marca oscura en uno de sus flancos. Parecía un distintivo.
    El doctor Williamson, que había servido en las Fuerzas Aéreas durante la guerra, expresó que aquel signo no tenía nada que ver con los de los aviones americanos o de otros países.

EL VENUSINO
Adamski añade <<que en aquel momento tuvo el convencimiento de que la misteriosa nave le buscaba...>>.
    Así que pidió a Lucy que le llevara hasta un lugar más apartado, y subieron al coche, juntamente con Bailey. Tras recorrer un kilómetro por la carretera se apartaron de ésta, adentrándose en el desierto.
    Cuando el coche no pudo continuar, Adamski sacó su equipo fotográfico, así como su inseparable <<telescopio de seis pulgadas>>, y procedió a montarlo. Rogó entonces a sus acompañantes que volvieran con el resto del grupo y que observaran a distancia.
    <<Transcurrida una hora, volved...>>
    Ayudado por Bailey, Adamski montó su cámara Kodak Brownie, así como el telescopio.
    Al alejarse el vehículo, la nave -que había permanecido inmóvil sobre las cabezas de Adamski y sus amigos- se alejó hacia el horizonte. Al parecer, se aproximaban aviones de combate.
    Al poco, Adamski observó un destello en el cielo. Se trataba de una pequeña nave circular de la que llegó a tomar hasta siete fotografías. <<Pero -siempre según George Adamski- la súbita presencia de otros dos cazas obligó a alejarse al vehículo espacial.>>
    Los aviones describieron dos círculos y terminaron por alejarse.
    <<Tomé otras dos fotografías con mi Brownie, para tener una exacta situación del terreno, en el caso de que mis anteriores fotografías hubiesen salido bien. Al concluir, caí en una serie de reflexiones sobre lo que había visto... Pero mis pensamientos se vieron interrumpidos por alguien que, desde unos cuatrocientos metros, me hacía señales. Parecía un hombre y me indicaba que me acercase.
    >>Me pregunté quién podía ser y qué hacía allí, en pleno desierto. Estaba seguro de no haberlo visto antes. Además, ¿por dónde había llegado? ¿Por las montañas? Imposible. ¿Por la carretera? Tampoco, puesto que mis amigos o yo lo habríamos visto.
    >>Por un momento pensé que era alguien que necesitaba ayuda. Así que me dirigí hacia él.
    >>Mientras me acercaba, tuve la extraña sensación de que debía ser prudente. Miré a mi alrededor para asegurarme de que los dos éramos perfectamente visibles para mis compañeros. No tenía razón alguna en sentir temor ya que el hombre no parecía tener nada fuera de lo normal. Me di cuenta de que era más bajo y mucho más joven que yo. Había solamente dos cosas que me llamaron la atención al acercarme: sus pantalones no eran como los míos. Parecían más bien como los que se utilizan para esquiar. Y me pregunté qué haría con semejante atuendo en pleno desierto...
    >>Sus cabellos, además, eran largos hasta los hombros y el viento los agitaba.>>
    Adamski señala que en ese momento perdió todo temor.
    <<Ya no me preocupé de mis amigos, ni de saber si estaban contemplando la escena, tal y como yo les había pedido. Aquel hombre estaba ya a un metro de mí...
    >>Entonces lo comprendí todo. Era un ser de otro mundo. Pero yo no había visto su astronave...>>


                                                                   J.J. Benítez; Los Visitantes
Diversas fotografías tomadas por Adamski:

lunes, 10 de junio de 2013

XENOSALUDES: La clasificación de Hynek



            (…) Vamos finalmente a estudiar la propuesta del Sr. Hynek. Crea su método de clasificación atendiendo a la interacción fenómeno-testigo (The UFO Experience), enfrentándonos con la posibilidad de que este nuevo protagonismo sea capaz de crear nuevos esquemas explicativos. Su modelo básico se divide en dos importantes grupos: observaciones a distancia y observaciones cercanas.


Luces nocturnas
· LN

A distancia
Discos diurnos
· DD


Radar-ópticos
· RO
Observaciones OVNI





Encuentros de 1ª fase
· EC 1

Cercanas
Encuentros de 2ª fase
· EC 2


Encuentros de 3ª fase
· EC 3
Veamos sus argumentaciones:
            LN: El mayor número de avistamientos se incluye dentro de este tipo, aunque por su ambigüedad y dificultades de discriminación quepan en él multitud de casos que apenas resisten un primer examen crítico. Ver una luz en la obscuridad es casi “no ver nada”; sin embargo, un LN puede contener un alto índice de extrañeza si nuestros conocimientos sobre los límites de posibilidad de fenómenos naturales e ingenios de la técnica del hombre están claros en nuestra mente, y el testigo que reporta el informe cumple los requisitos elementales de cordura, sociabilidad, madurez y prudencia crítica, apetecibles por los esquemas psicológicos de la fiabilidad.
            DD: Observaciones de ingenios a plena luz del día, con mejores juicios valorativos, dadas las condiciones ópticas de observancia del fenómeno. Ya no “todos los gatos son pardos”, como en los LN. Si mientras en la oscuridad el análisis de la causa es a veces imposible, debiéndonos contentar con la simple observación de un efecto lumínico, los DD nos permiten la observación y reflexión simultánea de la causa, puesto que las formas adquieren corporeidad y naturaleza.
            RO: Sucesos captados por la técnicas de rastreo humanas (radar), simultaneados por la observación visual y directa del ingenio.
            EC 1: Observación de objetos dentro de un radio de 150 metros del observador, sin interacción entre ovni-testigo u ovni-entorno.
            EC 2: Observaciones de objetos que han dejado constancia o evidencia de su paso (huellas, quemaduras, efectos secundarios, etc.) ya sea en el medio troposférico inmediato, en los seres testigos de los hechos, o en especímenes zoológicos del lugar.
            EC 3: Este apartado comprende aquellos casos en que se produce la presencia material de seres dotados de movimiento y aparente inteligencia, aunque su aspecto y comportamiento no encaje dentro de los patrones biológicos y sociales e nuestro mundo habitual.
            Creemos que no es necesario insistir más sobre esta tipología Hynek, por demás sencilla, y que a nuestro modesto entender, su mayor defecto, si puede llamarse así, es su enorme simplicidad que nos obliga a incluir en un mismo apartado casuísticas de muy diversa matización y riqueza.
            Para redondear y precisar qué, cómo, cuándo y dónde un objeto puede ser sujeto de estudio científico y ser considerado como ovni, las Fuerzas Aéreas USA han elaborado una guía UFOB para ser utilizada en la determinación y en la identificación de los objetos o fenómenos concernidos.

AA.VV.; Ufología. Todo sobre los ovnis.