-Siéntese, joven -dijo el Funcionario.
-Gracias. -El joven se sentó.
-Me han llegado rumores sobre usted -dijo, afable, el Funcionario-. Bueno, poca cosa. Su nerviosismo. Que no se siente bien. Me hablaron de usted hace meses, y pensé en llamarlo. Pensé que tal vez le gustaría cambiar de trabajo. ¿Qué le parece ir al extranjero y trabajar en alguna otra Zona de Guerra? ¿El trabajo lo aburre, le gustaría meterse en la vieja lucha?
-No creo -dijo el joven sargento.
-¿Qué quiere?
El sargento se encogió de hombros y se miró las manos. -Vivir en paz. Descubrir que de alguna manera, durante la noche, las armas del mundo se han oxidado, que las bacterias se han vuelto estériles dentro de esas envolturas que parecen bombas, que los tanques se han hundido como monstruos prehistóricos en carreteras que de pronto no son más que fosos de alquitrán. Eso quisiera.
-Eso es lo que todos quisiéramos, desde luego -dijo el Funcionario-. Ahora déjese de toda esa cháchara idealista y dígame adónde quiere que lo manden. Puede escoger entre la Zona de Guerra Occidental o la Nórdica. -El Funcionario golpeó con el dedo un mapa rosa que tenía sobre el escritorio.
Pero el sargento hablaba con sus propias manos, haciéndolas girar y mirándose los dedos: -¿Qué harían ustedes, los oficiales, qué haríamos nosotros, los hombres, que haría el mundo si mañana, al despertar, encontrásemos que por arte de magia todas las armas se han averiado?
El Funcionario vio que tenía que ser cauteloso con el sargento. Sonrió con calma. -Una pregunta interesante. Me gusta hablar de esa clase de teorías, y mi respuesta es que se desataría un pánico general. Cada nación se creería la única nación desarmada del mundo, y culparía a las demás por el desastre. Habría olas de suicidios, caídas de acciones, un millón de tragedias.
-Pero después -dijo el sargento-, después que comprobasen que era cierto, que todas las naciones estaban desarmadas y que no había nada más que temer, que estábamos todos limpios para volver a empezar, ¿qué pasaría entonces?
-Volverían a armarse con la mayor rapidez posible.
-¿Y si se pudiera impedir ese rearme?
-Entonces, si la situación llegase a ese límite, se golpearían con los puños. En las fronteras nacionales se reunirían inmenso ejércitos de hombres con guantes de boxeo erizados de púas de acero. Y si les quitaran los guantes utilizarían las uñas y los pies. Y si les quitaran las piernas se escupirían unos a otros. Y si les cortaran la lengua y les taponaran la boca con corchos llenarían la atmósfera de tanto odio que los mosquitos se desplomarían y los pájaros caerían muertos desde los cables de teléfono.
-Entonces ¿usted cree que no serviría para nada? -dijo el sargento.
-Claro que no. Sería como arrancarle el caparazón a una tortuga. La civilización, boquiabierta, moriría del susto.
El joven meneó la cabeza. -¿No se estará mintiendo usted, y mintiéndome a mí porque tiene un trabajo agradable y cómodo?
-Digamos que hay un noventa por ciento de cinismo y un diez por ciento de afán de raciocinio. Guarde su Óxido y olvídese.
El sargento levantó la cabeza.
-¿Cómo se enteró usted de que lo tengo? -dijo.
-¿Que tiene qué?
-El Óxido, por supuesto.
-¿De qué está hablando?
-Yo puedo hacerlo, ¿sabe? Si quisiera podría emplear el Óxido esta misma noche.
El Funcionario se echó a reír.
-No lo dice en serio.
-Sí, lo digo. Quería venir a hablar con usted. Me alegro de que me haya llamado. He trabajado mucho tiempo en este invento, que ha sido uno de mis sueños. Tiene que ver con la estructura de ciertos átomos. Si usted los estudia, descubre que la disposición de los átomos en un blindaje de acero es tal y tal. Yo buscaba un factor de desequilibrio. Usted sabe, me especialicé en física y en metalurgia. Se me ocurrió que hay en el aire, y todo el tiempo, un factor Óxido. Vapor de agua. Tenía que encontrar la manera de provocar un <<colapso nervioso>> en el acero. Luego utilizaría el vapor de agua de todo el mundo. No sobre todo el acero, por supuesto. Nuestra civilización está construida sobre acero, y no me gustaría destruir la mayoría de los edificios. Yo sólo eliminaría las armas de fuego y los proyectiles, los tanques, los aviones, los buques de guerra. Si fuese necesario, también puedo hacer que la máquina actúe sobre el cobre y el bronce y el aluminio. Con sólo acercarme y pasar al lado de esas armas, las eliminaría.
El Funcionario se había inclinado sobre el escritorio y miraba al sargento: -¿Puedo hacerle una pregunta?
-Sí.
-¿Pensó alguna vez que era Cristo?
-No lo puedo asegurar. Pero he pensado que Dios tuvo conmigo la bondad de permitirme encontrar lo que andaba buscando, si se refiere a eso.
El Funcionario metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una lapicera cara, con tapa de cápsula de rifle. Blandió la lapicera y escribió en un formulario.
-Quiero que le lleve esto al doctor Matthews esta misma tarde para que le haga un examen médico completo. No es que yo espere descubrir algo realmente malo, entiéndame. Pero ¿no siente que debería ver a un médico?
-Usted piensa que lo de mi máquina es una mentira -dijo el sargento-. No es así. Es tan pequeña que se la puede esconder en este paquete de cigarrillos. El efecto se extiende hasta mil quinientos kilómetros. Podría recorrer este país en unos pocos días con la máquina puesta para cierto tipo de acero. Las demás naciones no podrían aprovecharse de nosotros porque les oxidaría las armas a medida que se acercasen. Luego yo viajaría a Europa. Dentro de un mes, el mundo se vería libre de guerras para siempre. No sé cómo encontré este invento. Es imposible. Tan imposible como la bomba atómica. He esperado todo un mes, tratando de reflexionar. Me preocupaba lo que sucedería si yo le quitaba el caparazón, como dice usted. Pero ya me he decidido. Mi conversación con usted ha ayudado a clarificar las cosas. Nadie pensó que un aeroplano volaría alguna vez, nadie pensó que una bomba atómica explotaría alguna vez, nadie piensa que alguna vez habrá Paz, pero la habrá.
-Por favor llévele ese formulario al doctor Matthews -dijo el Funcionario, impaciente.
El sargento se levantó. -Entonces ¿no me va a destinar a ninguna Zona nueva?
-No, no por el momento. He cambiado de idea. Dejaremos que Matthews decida.
-Entonces decidiré yo -dijo el joven-. Me voy de la Guarnición en los próximos minutos. Tengo un pase. Gracias por dedicarme su valioso tiempo, señor.
-Vamos, sargento, no se tome las cosas tan en serio. No tiene que irse. Nadie le va a hacer daño.
-Es cierto. Porque nadie me creería. Adiós, señor. -El sargento abrió la puerta de la oficina y salió.
La puerta se cerró y el Funcionario se quedó solo. Estuvo un momento mirando la puerta. Suspiró. Se restregó la cara con las manos. Sonó el teléfono. Lo atendió distraído.
-Ah, hola, doctor. Iba a llamarlo. -Una pausa.- Sí, iba a mandárselo. Dígame, ¿ese joven está en condiciones de andar por ahí suelto? ¿Está en condiciones? Si lo dice usted, doctor. Quizá necesite un descanso, un descanso largo y reparador. El pobre tiene un delirio muy interesante. Sí, sí. Es una lástima. Pero supongo que eso es lo que puede hacerle a uno una guerra de dieciséis años.
La voz del teléfono respondió con un zumbido.
El Funcionario escuchó y asintió. -Tomaré nota. Un segundo. -Buscó la lapicera. -Espere un momento. Siempre extravío las cosas. -Se palmeó el bolsillo. -Tenía aquí la pluma hace un momento. Espere. -Apoyó el teléfono y buscó sobre el escritorio y dentro de los cajones. Volvió a revisar el bolsillo de la camisa. Se detuvo. Las manos se le crisparon entrando de nuevo, muy despacio, en el bolsillo. Metió el pulgar y el índice hasta el fondo y sacó una pizca de algo.
Lo esparció sobre el papel secante del escritorio: un poco de polvo de óxido amarillo rojizo.
Se quedó mirándolo un momento. Luego levantó el teléfono. -Matthews -dijo-, corte, rápido. -Se oyó un chasquido y el Funcionario discó otro número. -¡Hola, cuartel de la guardia, escuche, en cualquier momento un hombre va a pasar por ahí, usted lo conoce, se llama sargento Hollis, deténgalo, dispárele, mátelo si es necesario, no haga preguntas, mate al hijo de perra, me oyó, habla el Funcionario! ¡Sí, mátelo, ya sabe!
-Pero, señor -dijo una voz azorada del otro lado de la línea-. No puedo, sencillamente no puedo...
-¿Qué es eso de que no puede?
-Porque... -La voz se apagó. Se oía la respiración del guardia en el teléfono a un kilómetro de distancia.
El funcionario sacudió el tubo. -¡Escuche, escuche bien, prepare su arma!
-No puedo disparar a nadie -dijo el guardia.
El Funcionario se desplomó en la silla. Se quedó medio minuto parpadeando, boquiabierto.
En ese instante allá afuera -no necesitaba mirar, no hacía falta que se lo dijesen- los hangares se desplomaban en suaves nubes de óxido rojo, y los aviones se disipaban en corrientes de aire de color óxido pardo, y los tanques se hundían, se hundían muy despacio en las ardientes carreteras asfaltadas, como dinosaurios (¿no era eso lo que había dicho el hombre?) que se entierran en primordiales fosos de alquitrán. Los camiones se dispersaban en bocanadas de humo ocre, dejando caer al suelo a los conductores: por las carreteras ahora sólo corrían las ruedas.
-Señor... -dijo el guardia, que veía todo eso, muy lejos-. Dios mío...
-¡Escuche, escuche! -gritó el Funcionario-. Persígalo, deténgalo, estrangúlelo con las manos, golpéelo con los puños, use los pies, rómpale las costillas, mátelo a patadas, haga algo, pero detenga a ese hombre. ¡Salgo ahora mismo! -Colgó el teléfono.
Por instinto abrió el cajón inferior del escritorio para sacar su pistola reglamentaria. Un montón de óxido pardo llenaba la funda nueva de cuero. Soltó un juramento y de un salto se puso de pie.
Mientras salía de la oficina agarró una silla. La madera, pensó. Vieja y anticuada madera, viejo y anticuado arce. Arrojó la silla dos veces contra la pared, y la silla se rompió. Luego recogió una de las patas, la empuñó con fuerza, el rostro encendido, resoplando por la nariz, la boca abierta. Se golpeó la palma de la mano con la pata de la silla, probándola. -¡Muy bien, maldito sea! ¡Allá vamos! -gritó.
Salió como un ciclón, aullando, dando un portazo.
Ray Bradbury
jueves, 10 de enero de 2013
miércoles, 9 de enero de 2013
Canto de las vírgenes celtas
Galicia la bella:
dirige hoy a ti
la gran Compostela
saludo feliz.
Salud, oh Galicia
Galicia gentil;
Virgen de Occidente,
de grácil sonreir.
Tus hijos te adoran,
oh patria gentil;
tus vírgenes oran
al cielo por ti.
El Véspero ardiente,
con destellos mil,
adorna tu velo
gracioso y sutil.
Virgen de los celtas:
cual aura de Abril
tu aroma gozando,
es dulce vivir.
Tus vates te llaman
muy bien verde Erin;
quien ve tu hermosura,
suspira por ti.
Quien vive en tu seno,
Galicia, es feliz;
morir en tus flores,
es dulce morir.
Eduardo Pondal
dirige hoy a ti
la gran Compostela
saludo feliz.
Salud, oh Galicia
Galicia gentil;
Virgen de Occidente,
de grácil sonreir.
Tus hijos te adoran,
oh patria gentil;
tus vírgenes oran
al cielo por ti.
El Véspero ardiente,
con destellos mil,
adorna tu velo
gracioso y sutil.
Virgen de los celtas:
cual aura de Abril
tu aroma gozando,
es dulce vivir.
Tus vates te llaman
muy bien verde Erin;
quien ve tu hermosura,
suspira por ti.
Quien vive en tu seno,
Galicia, es feliz;
morir en tus flores,
es dulce morir.
Eduardo Pondal
El entierro de los reyes escitas
La sepultura de los reyes escitas está en el país de los Gerrhi, donde el río Borístenes (Dniéper) empieza a ser navegable. En este país, cuando muere el rey, hacen una gran excavación cuadrada; en cuanto ésta está lista, extraen el cuerpo que previamente han cubierto de cera y han abierto, limpiado, rellenado de juncia prensada, de perfumes, de grano de perejil y de anís; después de recosido, conducen el cadáver en un carro hacia otra tribu, donde los que lo reciben se dedican a las mismas demostraciones de dolor que ya han practicado los escitas reales que lo transportan: se cortan un pedazo de oreja, se rapan la cabeza, se hieren con varias incisiones ambos brazos, se despellejan la frente y la nariz, y se hunden puntas de flecha en la mano izquierda. Después, transportan otra vez en carro el cuerpo del rey a otra de las tribus de su gobierno, acompañados ahora por los súbditos que acaban de visitar. Cuando ya han llevado el cuerpo a todas las tribus, acaban por los Gerrhi más alejados de los que les están sometidos, y llegan a las sepulturas. Entonces, depositan el muerto en el foso, extendiéndolo sobre un lecho de hierba; lo sujetan por ambos lados mediante dardos clavados en el suelo, y extienden por encima una serie de vigas que recubren con cañizos. En el espacio que queda vacío entierran a una de sus concubinas, expresamente estrangulada, a un copero, a un cocinero, a un palafrenero, a uno de sus servidores personales, a un mensajero, varios caballos, primicias de todas sus riquezas y copas de oro, porque los escitas no usan ni plata ni bronce. Para terminar, y rivalizando en ardor, llenan el foso con tierra y se dedican a cubrirlo con un montículo de gran altura.
Transcurrido un año hacen lo siguiente: se llevan a los más fieles de los servidores que han quedado (todos ellos escitas de nacimiento, pues sirven a su rey en todo lo que él les ordene y no hay entre ellos ningún esclavo comprado con dinero) y estrangulan a cincuenta de ellos; también estrangulan cincuenta caballos de entre los mejores. De todos estos cuerpos retiran las entrañas; los limpian, los llenan de paja y los cosen. Acto seguido, sostienen con dos estacas media rueda cuya circunferencia se apoya en el suelo; sostienen de la misma forma la otra mitad de la rueda, y así, hasta alcanzar gran número de ellas. Al mismo tiempo, atraviesan con otras estacas largas y fuertes los cuerpos de todos los caballos, hasta el cuello, y los colocan encima de las medias ruedas dejando que las patas cuelguen por ambos lados; a estos caballos así mantenidos de pie les colocan los frenos y las bridas, que tienden con la ayuda de palos. Por fin, sobre cada caballo, montan a uno de los jóvenes estrangulados, a los que previamente han introducido a lo largo de la espina dorsal una estaca que por arriba les llega hasta el mentón, y por abajo encaja con la pieza que atraviesa al caballo. Cuando han colocado esta singular caballería en círculo alrededor de la tumba, se alejan. Éstos son los funerales que los escitas dedican a sus reyes.
Heródoto
Gylfaginning, estrofa 24
Se llama Folkvang
donde Freyja en su sala
Los puestos asigna;
Ella y Odhinn
- su mitad cada uno -
Se escogen los muertos por armas.
donde Freyja en su sala
Los puestos asigna;
Ella y Odhinn
- su mitad cada uno -
Se escogen los muertos por armas.
martes, 8 de enero de 2013
La rebelión de los gigantes
De entre todas las estrellas del firmamento -escribe Theodor Gaster en su obra ya citada en este capítulo- pocas son más brillantes e impresionan más a la imaginación como las que forman la constelación de Orión. Era, por tanto, natural que nuestros antepasados vieran en ésta un retrato particularmente conocido o apreciado (...). Esta constelación representaba el Gigante cazador, el más alto, el más fuerte y el más bello de todos los hombres, que había osado ultrajar a la diosa de la caza y a quien ella por tanto condenó a muerte...
Las leyendas de los titanes rebeldes a las divinidades son comunes a casi todos los pueblos del mundo. Es también Gaster quien vuelve a exhumar la hitita, según la cual un ministro de los seres celestes, Kumarbi, echado del trono que, a su vez, había usurpado, recurrió al <<señor del mar>> que accedió a ayudarle. -Ve a la montaña -le dijo-. Túmbate sobre ella y pídele que para un hijo. Dentro de pocos meses la montaña parirá una criatura hecha de piedra. Tan pronto esta criatura haya visto la luz, llévala a los abismos bajo las profundidades del mar y ponla sobre la espalda de Upelluri, el gigante que vive allí y sostiene el peso de la Tierra y del Cielo. Día tras día la criatura crecerá en altura, hasta que su cabeza choque con el pavimento del cielo: entonces todos los dioses saltarán de sus tronos y huirán, aterrorizados.
La profecía se cumplió. Así nació Ullikummi, el titán de roca contra el cual toda defensa de las divinidades es vana, hasta que Ea, el <<señor de la sabiduría y de la prudencia>>, tiene la genial idea que resuelve la situación. Sugiere recurrir al mágico cuchillo que en tiempos sirviera para <<separar la Tierra del Cielo>> y, efectivamente, el arma destruye al tremendo Ullikummi.
Peter Kolosimo
lunes, 7 de enero de 2013
Furisodé
Recientemente, al atravesar una callejuela ocupada sobre todo por comerciantes de mercancías viejas, me fijé en un furisodé, o manto de mangas largas, en rico tinte púrpura llamado murasaki, expuesto a la entrada de una de las tiendas. Era un manto como el que pudiera haber vestido una dama de rango en la época de los Tokugawa. Me detuve a contemplar los cinco emblemas que lo adornaban; y al instante me vino a la memoria esta leyenda de un manto similar del que se dice que causó la destrucción de Yedo.
Pero la imagen de él permaneció vívida en su memoria, incluso el más mínimo detalle de su ropa. El atuendo de fiesta que usaban entonces los jóvenes samuráis apenas era menos vistoso que el de las muchachas; y la parte superior de la indumentaria de este apuesto desconocido, le había resultado maravillosamente hermosa a la enamorada doncella. Se imaginó que, poniéndose un manto de semejante calidad y color, que tuviese un emblema similar, podría ella atraer su atención en alguna ocasión futura.
Por lo tanto, se procuró un manto parecido, con mangas muy largas, según la moda de aquel tiempo; y lo tenía en gran estima. Lo llevaba puesto cada vez que salía; y cuando estaba en casa lo colgaba en su habitación, y trataba de imaginar la forma de su enamorado desconocido dentro del vestido. A veces pasaba horas ante él, soñando o llorando. Y rezaba a los dioses y a los Budas por ganar el afecto del joven, repitiendo a menudo la invocación de la secta Nichiren: Namu myō hō rengé kyō!
Pero no volvió a ver al joven; y languideció por añoranza de él, y enfermó, y murió, y fue enterrada. Después de su entierro, el manto de mangas largas que ella tanto había estimado se entregó al templo budista del que los miembros de su familia eran feligreses. Es una vieja costumbre disponer así las prendas de los muertos.
El sacerdote consiguió vender el manto a buen precio; pues era una seda valiosa, y no mostraba traza de las lágrimas que habían caído sobre ella. Lo compró una chica que tenía más o menos la misma edad que la dama muerta. Se lo puso un día sólo. Luego cayó enferma, y empezó a comportarse de manera extraña, diciendo a gritos que estaba hechizada por la visión de un hermoso joven, y que por amor de él iba a morir. Y al poco murió; y el manto de mangas largas fue por segunda vez donado al templo.
El sacerdote volvió a venderlo; y volvió a adquirirlo una joven muchacha, que se lo puso una vez sólo. Luego enfermó también, y habló de una sombra hermosa, y murió, y fue enterrada. Y el vestido fue entregado por tercera vez al templo; y el sacerdote caviló y dudó.
Sin embargo, se aventuró a vender la funesta prenda una vez más. Una vez más fue comprada por una muchacha y vestida una vez más; y la que se lo puso languideció y murió. Y el manto fue entregado por cuarta vez al templo.
Entonces el sacerdote sintió con seguridad que una influencia maligna operaba; y dijo a sus acólitos que hicieran fuego en el patio del templo, y quemaran el manto.
Así que hicieron fuego, y arrojaron el manto. Pero mientras la seda comenzaba a quemarse, aparecieron de repente, sobre ella, deslumbrantes caracteres en llamas -los caracteres de la invocación, Namu myō hō rengé kyō-, y éstos, uno por uno, saltaron como enormes chispas al tejado del templo; y el templo se incendió.
Los rescoldos del templo ardiente cayeron al poco sobre los tejados vecinos; y toda la calle pronto fue presa del fuego. Luego un viento marino, elevándose, sopló la destrucción hacia calles más apartadas; y el incendio se extendió de calle en calle, y de distrito en distrito, hasta que casi la ciudad entera fue consumida. Y esta calamidad, que sucedió el decimoctavo día del primer mes del primer año de Meiréki (1655), se recuerda aún en Tōkyō como el Furisodé-Kwaji: el Gran Fuego del Manto de Mangas Largas.
Según un libro de cuentos titulado Kibun-Daijin, el nombre de la muchacha que encargó el manto era O-Samé; y era la hija de Hikoyémon, un mercader de vinos de Hyakushō-machi, en el distrito de Azabu. A causa de su belleza la llamaban también Azabu-Komachi, o la Komachi de Azabu. El mismo libro dice que el templo de la tradición fue un templo Nichiren llamado Honmyōji, en el distrito de Hongo; y que el emblema sobre el manto era una flor kikyō. Pero hay muchas versiones distintas de la historia; y yo no me fío del Kibun-Daijin, porque afirma que el apuesto samurái no era en realidad un hombre, sino un dragón transformado, o serpiente de agua, que solía habitar el lago de Uyéno, Shinobazu-no-Iké.
Lafcadio Hearn
Democracia
En todas partes hemos visto que los diversos incidentes de la vida de los pueblos se producen en provecho de la democracia; todos los hombres la han ayudado con sus esfuerzos; los que tenían como meta contribuir a sus éxitos y los que no pensaban en servirla; los que han combatido por ella y hasta aquellos que se declaraban enemigos suyos; todos han sido empujados, mezclados, por el mismo camino, y todos han trabajado en común, algunos a su pesar, otros a su placer, ciegos instrumentos de la mano de Dios. El desarrollo gradual de la igualdad de las condiciones es, pues, un hecho providencial, tiene sus principales caracteres: es universal, duradero, escapa siempre al poder humano; todos los acontecimientos, igual que todos los hombres sirven a su desarrollo.
(...)
Querer detener a la Democracia parecería entonces luchar contra Dios mismo, y no les quedaría a las naciones más remedio que acomodarse al estado social que les impone la providencia.
Alexis de Tocqueville
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